Imprescindible

Crítica a “Nada”, de Carmen Laforet

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Una nueva ilustración de Gemma Martínez que muestra a Andrea,
la protagonista, rodeada de su día a día

Título: Nada
Autor: Carmen Laforet
Género: Impresionismo
Fecha de composición original: 1944
Edición: Cuarta edición (septiembre de 2008)
Editorial: Espasa Calpe
Número de páginas: 353

“El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida”.

Carmen Laforet Díaz nació en Barcelona en 1921 y murió en Majadahonda (Madrid) en 2004. Fue una escritora española que realizó casi la totalidad de su trabajo durante el régimen franquista. Su papel en el panorama literario es sobresaliente y de forma paralela destaca en el ámbito social, pues, pese a las dificultades que tuvo que afrontar, se convirtió en una referente de igualdad y determinación.

Su obra destaca por el estilo directo y fresco de su prosa y también por el trasfondo de su temática. El tema central de la obra de Laforet es el choque de ideales, en concreto el enfrentamiento del idealismo propio de la juventud de sus protagonistas con la mediocridad del entorno en el que viven –O el idealismo juvenil como metáfora del espíritu que ocultaban las mujeres de la época en su interior más encerrado frente al monótono contexto creado por el machismo de la época–. Una forma excelente y sutil de sugerir un cambio que era necesario y de contraponer dos géneros obligados a ser sectores sociales distintos, uno dominante y el otro dominado.

Carmen Laforet logró acercar a la sociedad del momento un modelo nuevo de mujer luchadora, poderosa y distinta, capaz de romper con la sensiblería amorosa y las complacencias matrimoniales. Es así como nació, tanto de la autora como de sus protagonistas más destacadas, una oportunidad de destruir el estereotipo femenino que de un modo muy injusto imperaba en la época.

Carmen Laforet fue una referente del género tremendista por la crudeza y fuerza de sus tramas, por su presentación constante de personajes distintos (generalmente marginados) y por su uso desgarrador del lenguaje. El estilo tremendista nace en España en los años 40 y parece mostrar una inevitable relación con los oscuros episodios que los escritores vivieron durante la guerra; una época de su vida que, sin duda, endureció y complicó las situaciones ficticias que crearon en su arte.

Hija de una profesora toledana y de un arquitecto barcelonés, pasó su niñez y su adolescencia viviendo en la isla de Gran Canaria. En 1939, Carmen volvió a la Península para estudiar Filosofía en Barcelona y, más tarde, se marchó a Madrid para estudiar Derecho. La escritora no finalizó ninguna de las dos carreras que empezó.

En 1944 ganó el premio Nadal de la editorial Destino con la que sería tanto su ópera prima como su obra maestra: Nada se publicó un año más tarde y la elevó a la fama literaria siendo muy joven. Otras de sus obras destacadas son La isla y los demonios (1950), ambientada en las Canarias, dónde ella vivió gran parte de su vida y La mujer nueva (1955), obra en la que describió sus experiencias religiosas. En 1963 publicó La insolación, obra que significó el principio de una trilogía inconclusa. Mucho más tarde, e influenciada por sus viajes a Estados Unidos, publicó Mi primer viaje a USA (1981).

En 2003, Cristina Cerezales, hija de la autora, publicó Puedo contar contigo, un recopilatorio que recoge un total de setenta y seis cartas en las que la escritora explica, por encima de todo, las causas de su silencio literario. Carmen Laforet se había separado en 1970 de su marido, el periodista y crítico Manuel Cerezales, con quien había tenido cinco hijos, y su situación económica era muy irregular. El contexto social y político del momento era sinónimo de un marcado machismo caracterizado por infamias constantes en contra de las mujeres que le supusieron a Laforet un incremento de su patológica inseguridad. Todo esto concluyó en un deseo creciente de resguardo social por parte de la autora.

“Arriba, el cielo, casi negro de azul, se estaba volviendo pesado, amenazador aun sin una nube. Había algo aterrador en la magnificencia clásica de aquel cielo aplastado sobre la calle silenciosa. Algo que me hacía sentirme pequeña y apretada entre fuerzas cósmicas como el héroe de una tragedia griega”.

Nada no tardó en convertirse en la novela de referencia en la posguerra. La obra maestra de Laforet fue considerada ejemplo de renovación literaria y ayudó a abrir fronteras morales en contra de un machismo que, incluso años más tarde, todavía nos cuesta destruir.

Andrea, la protagonista y narradora de la historia, es una chica joven de provincias que llega a Barcelona para estudiar Filosofía y Letras. Su idealismo juvenil la hace ilusionarse con su nueva vida hasta que llega a la Ciudad Condal y choca, repentina, con la cruel realidad. Será entonces cuando Andrea descubra un tenso ambiente de toxicidad, decadencia y oscuridad representado por sus familiares lejanos (a los que no conocía) y que envolverá su entorno más cercano durante el siguiente año de su vida. No obstante, conocerá a Ena, una compañera de facultad y, a través de la amistad, empezará a crecer de nuevo la esperanza y la ilusión que tanto llenaron a Andrea en el inicio de su viaje.

La novela de Laforet es una obra que muestra, con constancia, un contraste puro y marcado entre el desencanto y la ilusión, entre la esperanza y la herencia de la guerra. Un paralelismo que construye relaciones conceptuales alimentadas de forma mutua y que suponen la asfixia de Andrea dentro de su único y cerrado universo personal.

Nada supuso un descubrimiento muy especial para mí. Recuerdo a mi profesora de Literatura española encargarnos su lectura y posterior estudio y, en cuanto la novela llegó a mis manos y leí sus primeras líneas, supe que se convertiría en una de mis favoritas. A día de hoy es la novela que más veces he releído –un libro debe encantarme para encontrarme de nuevo con él– y es para mí un ejemplo de bello desencanto. El impresionismo de Laforet y la realidad con la que plasma la decadencia de una sociedad derruida, añadido a su lirismo creciente, me hicieron identificarme con los sueños de la protagonista, con sus deseos de huida y con su búsqueda de una nueva realidad. Hay varios aspectos de Nada que destacaría pero, si debiera quedarme con algo de la novela, sería con el mensaje que nos lanza Carmen sobre la relatividad del tiempo: la protagonista empieza la novela como la finaliza, ilusionada. Ese pequeño hecho que no parece más que una convención para plasmar la verosimilitud de su cronología, se convierte de un modo inevitable en un símbolo de tiempo cíclico.

Andrea, como ya hemos comentado con anterioridad, es la protagonista y la narradora de los hechos. No obstante, su condición de personaje casi inexistente la convierte en un caso muy especial y digno de análisis. Juan Ramón Jiménez en sus Cartas literarias le dedicó a Laforet unas palabras: “Porque usted es una novelista de novela sin asunto, como se es poeta de poema sin asunto. Y en esto está lo más difícil de la escritura novelesca o poemática”. Con mucho acierto, el poeta español sugirió que la fuerza de la narración de la obra maestra de Laforet recae en el impacto que tiene la creación de una aparente nada (de ahí el título de la novela) que define la vida de Andrea y que es, a su vez, narrada por ella misma.

La protagonista de la novela se convierte así en un caso excepcional: supone un yo de apariencia difuminada, casi inexistente, que marca un ritmo constante de subjetividad durante toda la obra. Laforet consigue transmitirnos esas sensaciones, por ejemplo, dejando el aspecto físico de Andrea prácticamente sin definir, no dándonos datos sobre cómo se viste o se peina, creando una personalidad cerrada y tremendista (ejemplificada en sus máximas ilusiones y en su horrida realidad en la casa de la calle de Aribau vivida como si se tratase de una pesadilla) y mostrando a una chica inusual, extraña, de comportamiento y sentir poco frecuentes.

La sensibilidad de Andrea contrasta con la pesadilla que vive en el ambiente tóxico creado por sus familiares y su deseo de huida la lleva a definir sus propias sensaciones, así como todo lo que observa. Su mirada analítica la lleva incluso a admirar, en cierto momento, el aspecto de alguien con quien no había logrado comunicarse. Todo esto lo realiza con un toque poético muy distinguido.

“Un espíritu dulce y maligno a la vez palpitaba en la grácil forma de sus piernas, de sus brazos, de sus finos pechos. Una inteligencia sutil y diluida en la cálida superficie de la piel perfecta”.

Cabe destacar también la naturalidad, la espontaneidad con la que Andrea narra los hechos y luego los deshace o se olvida de ellos, recogiendo elementos concretos de su discurso aislado de la realidad (casi tanto como ella) y nos llena la verosímil ficción que presenta de cuestiones que, más tarde, pretende que olvidemos para acabar transportados a otro sitio, para pasar a la siguiente pregunta.

“Bajé las escaleras hasta la casa, corriendo, perseguida por la risa divertida de Román. Porque de hecho me escapé. Me escapé y los escalones me volaban bajo los pies. La risa de Román me alcanzaba, como la mano huesuda de un diablo que me cogiera la punta de la falda…”

La cronología de la obra es lineal y se encuentra enmarcada por dos principios de otoño (de nuevo observamos la condición de tiempo cíclico). Su contexto histórico nos sitúa en la Barcelona de poco después de la Guerra Civil y el avance de su tiempo lo definen y guían detalles como mencionar el mes o la estación del año en los que sucede cierta acción, y a veces, como bien destaca Rosa Navarro Durán en su introducción analítica de Nada, Andrea “acumulará noches en el recuerdo, y a través de ellas aparecerá el transcurso del tiempo”:

“Me acuerdo de las primeras noches otoñales y de mis primeras inquietudes en la casa, avivadas con ellas. De las noches de invierno con sus húmedas melancolías: el crujido de una silla rompiendo el sueño y el escalofrío de los nervios al encontrar dos pequeños ojos luminosos —los ojos del gato— clavados en los míos […]. Más tarde vinieron las noches de verano. Dulces y espesas noches mediterráneas sobre Barcelona, con su dorado zumo de luna, con su húmedo olor de nereidas que peinasen cabellos de agua sobre las blancas espaldas, sobre la escamosa cola de oro”.

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Los personajes de la obra son un claro ejemplo del contraste ideológico que hemos explicado con anterioridad. Si bien no todas las mujeres de la obra son ejemplo del idealismo juvenil que supone el centro temático de las obras de Laforet, el mundo femenino invade toda la creación. De hecho, la literatura de Carmen Laforet ha sido definida en ocasiones como “literatura esencialmente femenina”. Los hombres, símbolo de inmovilismo y de mediocridad, quedan relegados a un segundo plano. Los personajes se encuentran siempre definidos por la subjetividad de Andrea, quien evoluciona de un modo muy cerrado en contraste con la uniformidad del resto de personajes, que serán siempre iguales a ellos mismos.

Es destacable el papel de Ena, que, a la vez que es la antagonista de Andrea, es el personaje amistoso clave para convertir el tiempo de Andrea en Barcelona en una anécdota, en un retazo de tiempo que avanza envuelto en los múltiples sucesos que le ocurren al resto de protagonistas. Y ella observa, anonadada, esperando una mejora que no llega, una ilusión que no se cumple. Es interesante como Laforet, con su modelo de mujer nueva, creó en Ena a una antagonista con características de tópica protagonista: es guapa, inteligente, pícara y rica.

En definitiva, Nada es una novela que no destaca por sus personajes (con excepción de su narradora), ni tampoco por sus historias o su contexto. Quizás es su estilo fresco y novedoso que incluso a día de hoy se diferencia del resto del panorama literario español o su estilo poético narrado con rebeldía y cariño, que viaja a través de un instinto lírico que acierta y encaja en un momento histórico muy oportuno e impresiona de un modo inesperado la sensibilidad del lector.

Nada es sinónimo de las múltiples ilusiones de la protagonista que terminarán por no realizarse. Andrea no narra sus recuerdos infantiles ni juveniles, ni tampoco detalla lo que vive o lo que desea vivir, ni siquiera acerca su alma a los lectores. Andrea es un espectro de lo que podría ser, una alegoría hermética que queda definida con constantes incógnitas.

Para entender lo que sucede en Nada, lo que la obra realmente supone, mencionaremos a Virginia Woolf en Una habitación propia (A Room of One’s Own, 1929), que explicó que la narración femenina con asiduidad se relacionaba a la confidencia y que “el impulso hacia la autobiografía quizá ya se haya consumido. Quizá ahora la mujer está empezando a utilizar la escritura como un arte, no como un medio de autoexpresión”. Y así sucede en España a partir de Laforet.

Nada es una novela que expresa el fluir de la conciencia de su protagonista de un modo poético distinto y que perdura en el tiempo. La obra de Laforet se convierte así en una obra maestra de la literatura española de posguerra. Es diferente a todo lo que has leído y se convierte también en una obra imprescindible, pero muy especial, para aquellos lectores que disfrutan inundando su mente con creaciones escritas con el corazón y subrayadas con la tinta oscura del alma.

Valoración: Imprescindible

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