Excelente

Crítica a “Lo que no se puede decir, no se debe decir” de Larra

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Ilustración por Gemma Martínez

Título: Lo que no se puede decir, no se debe decir
Autor: Mariano José de Larra
Género: Ensayo
Fecha de su composición: 1834
Nota sobre su edición: El presente artículo, igual que una selecta colección creada por Larra han pasado a ser de dominio público. Al final de esta crítica, encontrarás un enlace para hacerte con una selección de ensayos políticos, de costumbres, literarios y dramáticos de forma gratuita.

“Hay verdades de verdades, y a imitación del diplomático de Scribe, podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y… Dejando a un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos a la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo”.

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 24 de marzo de 1809 – Madrid, 13 de febrero de 1837) fue un autor romántico liberal que cultivó varios géneros literarios (escribió artículos, obras teatrales y poesía) y que se centró en distintos temas (literarios y políticos, así como sociales o costumbristas, por ejemplo). Su heterogeneidad le define como uno de los máximos exponentes del romanticismo español. Personaje ecléctico, basó su mensaje en analizar a una sociedad perezosa, hipócrita, inconsciente e ilógica desde la reflexión crítica y hacia la corrección. Esto lo lograba introduciendo un método literario innovador: sus artículos parten de una idea o anécdota que se va alimentando con otras y así, estas, van hilvanando críticas. Gracias a esto, a su método de combatir la censura y a su perspectivismo fue considerado un adelantado a su época en cuanto a estilo.

Larra, que creía en la inteligencia propia como método de ascenso social, fue un hombre que vivió en una España concreta y que lo hizo con los ojos abiertos: Fígaro era un hombre angustiado y solitario pero luchador, un romántico del siglo XIX con vistas a la libertad, al progreso ante la tiranía política, religiosa e incluso costumbrista. Lo que no se puede decir, no se debe decir coincide con la época de florecimiento romántico en España. Publicado en 1835, se encuentra en la época final de la carrera profesional de Larra (1828-1837), que muy joven ya había alcanzado una madurez intelectual y moral que le hizo brillar.

En cuanto a las herramientas de su estilo, encontramos el perspectivismo, que lo diferenciaba de los costumbristas. Con esta técnica, Fígaro lograba en primer lugar que los tipos aparecieran descritos o criticados en sus obras y no como algo predeterminado. Esto reforzaba el carácter negativo de los defectos sociales criticados en sus textos.

El proceso del perspectivismo también tenía otras manifestaciones para reforzar la crítica. Una de ellas era la de introducir un hipotético interlocutor extranjero en el artículo al que Larra le mostraba las costumbres de la España de su época, que chocaban con la concepción del personaje (como se observa en Vuelva usted mañana [1833]). Así, con una yuxtaposición de perspectivas opuestas se podía censurar lo que no le gustaba mediante diálogos llenos de estupefacción y asombro.

Otra de las representaciones perspectivistas era la de introducir un personaje español capaz de producir este choque de pensamientos tan propio de Larra (que no era otro que el del deseo de libertad frente a la tiranía). Para lograrlo, se oponía al hombre cortesano con el hombre de campo (como observamos en El castellano viejo [1832]).

Finalmente, usaba el recurso caricaturesco, deformando unos rasgos y abultando otros (como observamos en Yo quiero ser cómico [1833] o en El casarse pronto y mal [1832]). La caricatura se puede considerar un rasgo adelantado propio del realismo.

Además del perspectivismo, una honda preocupación por el uso de la lengua define el estilo de Larra. Es censor de los que no hablan o escriben bien y critica los vulgarismos usándolos de forma irónica (se observa en Yo quiero ser cómico [1833]). Se posiciona también en contra de los neologismos, a los que considera innecesarios (se observa en El álbum [1835]). Por último, critica los arcaísmos en relación con las comedias heroicas, a las que entiende como dramas históricos inverosímiles.

Su procedimiento estilístico viene definido por la composición y la derivación, creando así palabras humorísticas para reforzar y nutrir sus caricaturas. También, con el mismo propósito, su fórmula literaria está llena de tecnicismos (como en La planta nueva, o el faccioso. Historia natural [1833] , que recurre al campo de la biología para definir una planta que representa a los carlistas). Utilizó también de forma frecuente recursos paremiológicos o refranes.

“Una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convenido con ellos en que Calomarde era el peor de todos; esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos… Vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?”

El artículo de Fígaro nos muestra una reflexión sobre la libertad de expresión del momento y sobre la verdad que se le oculta a la sociedad de su época en un tono irónico y sutil. Puede clasificarse en tres partes. El texto empieza dejando claras sus intenciones: se clasifica la verdad en dos “la verdad que no es verdad” y “la que no se puede decir”. A partir de ahí reflexiona sobre “la verdad verdadera”. En los párrafos segundo y tercero muestra una ideología completamente contraria a la suya con un tono fuertemente irónico para continuar con una mención a la ley. Llega a citar el artículo 12 de la Constitución, que habla sobre la censura. Insinúa que se le ocurren ideas “que conspiren a destruir la religión”, pero que las evita. El artículo concluye con un zarpazo (“respetaré el látigo que me gobierna”) a la política del momento. La solución para no ser censurado, para no atentar contra las ideas de gobernantes y religiosos es la de no escribir nada.

El envoltorio irónico del texto hace que Larra se libre de la censura y transmita un mensaje en el que se ve la necesidad de una transición social en una sociedad privada de libertades. Larra defendió la libertad de expresión y fue contrario a la censura, pero conoció bien como sortearla y lo logró. En el artículo encontramos diferentes ideas que criticó con intenciones de progreso, tales como la verdad oculta al pueblo, el gobierno del momento, la guerra, las facciones, la sumisión humana, la desigualdad de clases, el dominio de la religión, la ley opresora, la censura y, en consecuencia, la sumisión de los escritores. También encontramos otras que defendió, como la libertad de imprenta, la protesta social, la libertad de expresión, la voluntad de oponerse a la injusticia o las sátiras e invectivas como método anti-censura.

El sarcasmo y la ironía definen el texto de Larra, así como la mordacidad, la incisión y el carácter tajante. Su preocupación por el uso de la lengua se deja ver en el registro formal que utiliza y en las palabras, adecuadas al asunto que trata, que es el de la libertad expresiva (tecnicismos como sátira, invectiva, alegoría o anagrama). Hay tres recursos estilísticos básicos en el texto que se encuentran estrechamente ligados. El primero es la ironía (“El hombre ha de ser dócil y sumiso”), que funciona como base, el segundo es la pregunta retórica (“¿No es un horror?”), que funciona como refuerzo y el tercero es la ironía concreta de identificarse con el espíritu conservador, que funciona como personaje al que criticar desde su propia voz, planteando las palabras de éste de forma sarcástica y reforzando así su intención progresista.

Larra recrea una situación hipotética en la que se dispone a escribir un artículo, pero recuerda la ley y la repasa, llegando a la conclusión de que no puede escribir nada para que nada le prohíban. No hay libertad de expresión en la censura absolutista y esto es lo que Larra critica buscando un perfeccionismo modal, ético desde un compromiso de crítica y corrección que definían su patriotismo a pesar de las críticas. El texto es un ejemplo de la ausencia de miedo y de la efectividad de Larra contra los censores, a quienes combatía y de quienes criticaba sus métodos. Su preocupación por el lenguaje le hizo criticar el no hablar o escribir bien; aquí critica el no atreverse a hablar o a escribir.

“Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar a los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas a su Criador?”

Larra llegó a mí recomendado por una profesora de literatura española a la que guardo mucho aprecio. El innovador sistema literario que Larra construyó sigue resistiendo y sorprendiendo hoy en día. Si bien han avanzado y cambiado el estilo y el público, así como lo ha hecho el método de recepción de la información, ¿han cambiado los elementos criticables y mejorables hacia la corrección de la sociedad que nos rodea desde la época de Larra?

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Mariano José de Larra se adelantó estilísticamente a su época. Fue mordaz, incisivo, trabajó con la caricatura, con el perspectivismo, y fue tajante, siempre recurriendo a los recursos irónicos y con un tono acorde al asunto abordado. Es por eso que es considerado un autor muy actual, porque fue de los pocos de su época capaz de observar detenidamente lo que le sucedía a la sociedad y de proponer de forma clara soluciones hacia la mejora, hacia el progreso. Y una mentalidad progresista es sinónimo, cada vez más, de tiempo actual. Y es también un recurso necesario hoy día. Decimos que Larra es un autor imperecedero, pero, ¿queda tan atrás su época?

La vigencia de los artículos de Larra es todavía hoy en día (hoy en día, que ya hemos vivido el bicentenario de su nacimiento) algo vivo, algo aceptado, algo sólido y pleno en su efectividad. Y realmente es convincente el mensaje que transmitió, viviendo en una agitación externa desde una motivación interna muy personal que se tradujo en una precocidad y una visión crítica sin precedentes.

Fígaro adquirió un perfecto conocimiento de la situación del pueblo español de su época y, tras asistir a cafés y tertulias, asumió su objetivo de compromiso para la corrección de España. Su carácter reformista y sus reflexiones existencialistas fueron las raíces de este deseo de cambio, de esta inclinación por actuar de inmediato. Y en su producción consiguió aunar sus dotes ilustrados y su pasión romántica en una sola intención literaria. Luchó así, pluma en mano, contra los vicios de la corte y del pueblo desde un punto de vista equitativo y que rechazaba la generalización, siempre
caracterizado por su periodismo sarcástico.

La grandeza de su prosa, alabada por la mayoría, le ayudó a decir lo que quería y como quería. Su estilo era penetrante, atractivo, interesante y vibrante; motivos básicos para considerarlo un autor vigente y ejemplar en la actualidad.

Además, el uso de un ideal liberal, demócrata y progresista, permite hoy establecer un paralelismo y responder a la pregunta sobre su calidad de escritor imperecedero, de escritor comprometido y sincero, preocupado y mordaz. De artista capaz de utilizar recursos representados a través de sus personajes y creando así una sensación de cercanía en el lector que ha perdurado hasta nuestros días.

“Quiero hacer un artículo, por ejemplo. No quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?”

Ya en El duende y el librero (1828), un joven Larra nos muestra ya su intención crítica, que deja clara la existencia del abuso de poder (injusticia, mal gobierno) y de la ridiculez que esto supone. Todo esto crea en el autor una necesidad incesante de criticar elementos que, en efecto, son criticables de forma atemporal y en cualquier lugar. Otros ejemplos de hechos que criticó Larra por considerar atrasados o ilógicos son el molesto humo de los cigarros, la crueldad de las corridas de toros, la veracidad del periodismo, la forma de hacer teatro, el mal uso de la lengua o el silencio del pueblo. Y no puede negarse que estos son objetos que suscitan debate aún hoy en día.

En el primer número de El Pobrecito Hablador (1832), Larra es incisivo: muestra el nivel de un pueblo español que contaba con un 80% de analfabetismo. No son términos equivalentes para analizar la sociedad actual, pero sí podemos tomar como base que el público, hoy en día, pierde su tiempo buscando un ideal a través del materialismo y de la falta de preocupación, del “esto es así porque ha de ser” (y volvemos a las mentalidades retrógradas del XVIII, que sorprendentemente aún hacen eco en nuestro interior sin ni siquiera cerciorarnos), del “me dejo llevar por ésta o aquella moda”; de una sociedad que, en conclusión, se preocupa por la consideración social a través del aseo, el agrado, la hermosura, el ocio, los gustos infundados por un gobierno capitalista dominante y por una vía de información publicitaria excesiva, que es caprichoso en deseos y decisiones y que habla sin fundamento sobre lo que ni siquiera comprende.

“»Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».

Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.”

Los derechos de autor son otro de los elementos que crean debate y controversia en la actualidad. Fígaro ya habló de ellos en El Pobrecito Hablador en artículos como ¿Quién es por acá el autor de una comedia? (1832), El derecho de propiedad (1832) o Reflexiones acerca del modo de resucitar el teatro español (1832). Su honda preocupación por la consideración de los escritores (llamados poetas) es símbolo de su deseo de establecer normas lógicas basadas en la igualdad y en el progreso. Y eso son utopías que todavía hoy se persiguen.

La educación para Larra se encontraba en el mismo nivel que la libertad o la justicia. Quiso en su compromiso ofrecer educación y formación al pueblo llano y reducir el analfabetismo hasta acabar con él. Así se levantaría un país con futuro de forma sólida. Todavía hoy seguimos con problemas en este ámbito: fracaso escolar, abandono, desinterés, desmotivación…

Y de aquí, pasando por un fragmento de Larra (El Pobrecito Hablador, nº 8), llegamos al conformismo:

“Piensan estos buenos batuecos que se corrigen aquí las cosas con decirlas, ni de ninguna otra manera ¡País incorregible! Los más no lo leen. Los menos se contentan con exclamar: ¡Es verdad! ¡Tiene razón! ¡Es mucho bachiller! A nadie deja en paz; ¿pero enmendarse? Que se enmienden los demás, que yo no soy más que uno. Todos quieren ser esta excepción. ¡Bien haya la impenitencia!”

Lo fácil hoy en día es, todavía, contestar con un “vuelva usted mañana” que con un remedio, con la adecuación que solucionaría de forma inmediata o pronta el supuesto problema. La pereza aún gobierna la actitud de la sociedad actual y, en consecuencia, la vuelve dócil y conformista (y es dominada, prohibida, encerrada).

Larra demostró también una nueva visión de amor a la patria: una que se acerca mucho más a la lógica de la mejoría, del bienestar, del progreso y de la innovación que cualquier nacionalismo duro y encerrado en la desigualdad y en el atraso propios de los pensamientos retrógradas y nacidos de la equivalencia infame de un gobernador ególatra con su nación.

Por lo tanto, su compromiso y su lucha por factores del día a día que han cambiado pero siguen presentando atrasos e ilógicos sistemas se centró en la crítica y el análisis, así como en la adecuación y el ataque sutil e irónico a cualquier tipo de comportamiento o situación que consideraba atrasada.

Aún hoy, en España, el progreso es la asignatura pendiente de todos sus alumnos.

Tanto en el siglo XIX como en el XXI, la libertad de expresión se ha visto envuelta en una represión constante; bien por la censura propia de la época ilustrada y de la edad romántica, bien por el control que los medios de comunicación y el capitalismo ejercen sobre el pueblo. En el caso particular de la época de Larra, la autocensura, la censura civil y la censura inquisitorial cortaban las alas de la libertad e impedían la verdad. En el caso de la actualidad, el capitalismo ha llegado a dominar el mundo occidental y, gracias al creciente desarrollo de los soportes de información y a su difusión expansiva se ha logrado crear, por culpa del primero, una necesidad de búsqueda de identidad a través del materialismo: somos marionetas de marionetas y quien realmente mueve los hilos es un billete. Esta búsqueda de identidad va ligada a la publicidad que los medios de comunicación logran de diferentes empresas capitalistas (las más poderosas, las que se benefician de más capital son las que podrán hacer sus mejores campañas publicitarias y, por lo tanto, las que dominarán los cánones del momento, así como los pensamientos). Pero la red de información va más allá, creando un sentimiento de miedo que, unido al conformismo de perseguir un ideal impuesto y para nada pleno, logra crear una cárcel de la que la sociedad del siglo XXI no ha logrado salir y, por tanto, desde donde una minoría librará una batalla contra la coerción de libertades. Pero no se le oirá. La música de la discoteca y el volumen de la televisión están al máximo.

“Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».”

Por supuesto, bajo la mirada de los poderosos, surgen la ironía y los sentidos entre líneas, recursos ya utilizados por Larra en su época. Así logramos expresarnos de forma total, pero no hacemos el ruido que nos gustaría (y, de hecho, no nos atrevemos a hacer ese ruido). Por otro lado, la insistencia de los gobiernos en nuestros derechos y en la existencia de nuestra libertad de expresión no es más que un método para que nos lo creamos y sigamos conformándonos sin cuestionar nada más:
—¿Tengo libertad de expresión?
—¡Por supuesto, mi querido ciudadano!
—Ah, entonces me basta. Si lo dice usted, será cierto.

El artículo que se ha tomado de Larra (Lo que no se puede decir, no se debe decir) es uno de los que lo definen como comprometido periodista progresista y que, a la vez, delatan su ideología liberal. Podemos compararlo con artículos distintos y contrapuestos sobre el indignante caso de las vallas de Ceuta y Melilla de hace unos años, textos en los que se cita a políticos que utilizan recursos de disimulación o eufemísticos para seguir haciendo lo que han hecho hasta ahora e intentar pasar desapercibidos, manipulando y escondiendo información sobre el cumplimiento de la Ley de Inmigración. Por lo tanto, no solo las ideas de Larra perduran en el tiempo, sino que también lo hacen su estilo y sus recursos, ya adoptados por todos los extremos políticos.

Si es cierto que se repiten esquemas en ambas épocas (relacionados con el problema de la libertad de expresión), no pueden analizarse en términos equivalentes debido a los condicionantes contextuales de cada periodo. En el siglo XIX, la sociedad está mínimamente alfabetizada y el periodismo acaba de eclosionar y en la actualidad, el periodismo ha evolucionado en función de los intereses capitalistas y ha acabado siendo banal. No obstante, podemos concretar que la represión de
libertad se da en las dos épocas en una sociedad desencantada (por distintos motivos y factores, pero con el mismo fondo). Y por este conflicto de libertad de expresión puede considerarse el pensamiento de Larra definitorio de nuestra época.

Valoración: Excelente

Lee aquí Lo que no se puede decir, no se debe decir

Adquiere aquí una selección de artículos de Mariano José de Larra de forma gratuita.

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