Sí, recomendable

Crítica a “El manantial”, de Ayn Rand

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Objeto 1: Ilustración de Gemma Martínez

Título: The Fountainhead
Autor: Ayn Rand
Género: Ficción contemporánea, Ensayo, Filosofía
Fecha de su composición: 1943
Edición: Sin censura
Editorial: Grito Sagrado
Número de páginas: 752

Miles de años atrás, un gran hombre descubrió cómo hacer fuego. Probablemente fue quemado en la misma estaca que había enseñado a encender a sus hermanos

Ayn Rand (Alisa Zinóvievna Rosenbaum) nació en San Petersburgo en 1905, y falleció en Nueva York a los 77 años de edad (1982).

La vida de Ayn Rand fue agitada y, desde muy pequeña, empezó a desarrollarse en ella un espíritu de inconformismo y de lucha que recuerda al de sus personajes. Fue testigo de la Revolución de Kerensky y de la Revolución Bolchevique en 1917, motivo por el cuál su familia se trasladó a Crimea, donde finalizó sus estudios de secundaria.De regreso a San Petersburgo, Rand se graduó en filosofía e historia y prosiguió con sus estudios orientados al mundo cinematográfico, por el que siempre sintió gran pasión.

La escritora, filósofa y guionista odiaba Rusia, por haber expropiado el negocio de farmacia de su madre y arrastrado a la familia a una pésima situación económica. Enamorada de Nueva York por la visión que conocía de las películas estadounidenses, Ayn Rand tenía su meta muy establecida. Después de estudiar filosofía, donde reconoce que obtuvo fuertes influencias de Nietzche y Aristóteles, consiguió un visado para abandonar el país y visitar a unos parientes establecidos en EE.UU. Llegó al continente americano con 21 años de edad.

La joven rusa consiguió trabajo en Hollywood como extra. Fruto de esta ocupación, conoció a su marido, el también actor Frank O’Connor, con quien se casó en 1929. Finalmente, en 1931, consiguió su perseguida ciudadanía de los Estados Unidos de América.

Centrándonos en su carrera literaria, Ayn Rand expresó con contundencia su entusiasmo por movimiento romántico, destacando a autores como Alejando Dumas y Walter Scott, de los que se declaraba lectora incondicional. Estas influencias podemos encontrarlas claramente en su obra y trabajo que va más allá de lo meramente literario. Las novelas de La Rebelión de Atlas El Manantial se consideran los libros más influyentes después de La Biblia. Ambas obras fueron llevadas al cine bajo la supervisión de la escritora y pensadora, quién no quedó realmente satisfecha con el resultado. Por cierto, la actriz encargada de interpretar a la heroína femenina, Dominique Francon, fue Patricia Deal, culpable de que Fannie Flagg (autora de Tomates verdes fritos) se cambiara el nombre.

El manantial se centra en la vida y carrera profesional de Howard Roark, un joven arquitecto que, expulsado de la escuela de arquitectura por luchar contra los convencionalismos. Roark es un reflejo de individualismo y la independencia, un reflejo del hombre idóneo según explica la propia autora. En el camino decidido del arquitecto, tendrá que lidiar con la sociedad, en la que se refleja el espíritu de la mediocridad del éxito; o unirse a aquellos que comprenderán y amaran la creación de sus edificios.

¿Cuál es la experiencia más horrible que pueda imaginar? Para mí es dejarme inerte en una celda sellada, con algún raro animal de rapiña o con un maniático que ha tenido alguna enfermedad que le haya comido el cerebro. No tendría más que la voz; la voz y el pensamiento. Usted le gritaría a esa criatura explicándole por qué no lo debería tocar, y tendría las palabras más elocuentes, las irrebatibles, y se habría convertido en el recipiente de la pura verdad. Y vería ojos vivos vigilándolo, sabría que la cosa no le puede oír, que no puede ser alcanzada, no puede ser alcanzada de ninguna manera, pero respira y está en movimiento, allí delante de usted, con un propósito. Eso es horror

No podía dejar pasar más la oportunidad de regresar a Ayn Rand. Hace casi dos años que La rebelión de Atlas llegó a mí, lectura que supuso una evolución personal y literaria en muchos aspectos. Al margen de la ideología de la autora, con la que podemos estar más o menos en consonancia, el dominio de las letras es fascinante y enriquecedor. También lo es el hecho de crear unos personajes únicos, bien delimitados en su rol, con descripciones muy milimétricas y con voces, a través de los diálogos, acordes con todo lo anterior. Como lectora pero, también, como escritora, volver a leer a Rand era algo inexcusable. Sabía que sería enriquecedor de cualquier forma.

Ayn Rand es fiel a su estilo en La rebelión de Atlas, de hecho, la novela recuerda a la figura de Jonh Galt y Dagny Taggart cuando nos referimos a Howard Roark y a Dominique Francon. También ha seguido fiel tipo de narración, a pies juntillas. La escritora y filósofa se basa en el narrador omnisciente que viaja de un personaje a otro, incluyendo largos capítulos con antagonistas o personajes menores siendo la voz narrativa. Esta característica de Ayn Rand permite al lector, que debe ser muy paciente y calmado con la lectura, tener una visión absoluta del universo que se nos quiere hacer llegar. Obtenemos una perspectiva exterior de lo acontecido, los pasos de cada uno de los personajes y, también, de la sociedad en su conjunto que se presenta como un ente con voluntad.

El hilo argumental avanza de forma líneal durante una parte importante de la vida de los protagonistas. Desde que Howard Roark y Peater Keating (ex compañero del primero y, podríamos decir, antagonista) terminan su formación como arquitectos hasta que culminan su vida adulta. Pretende acercarse, de esta forma, al estilo realista urbano, queriendo reflejar de forma fiel la carrera a contrarreloj de la vida profesional. El trabajo, su apoyo al capitalismo, siempre ha parecido ser muy importante para Ayn Rand, algo que refleja con mucha insistencia.

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Objeto 2: Portada Edición Sin Censura

El estilo es lento. Más de setecientas páginas de novela, que avanzan en ocasiones de forma densa. Es un libro plagado de largos discursos, en los que es necesario detenerse con detenimiento para lograr captar el mensaje. Rand defiende varios puntos de vista muy diferentes entre sí: hay hueco para sus ideologías, como para las que son contrarias a sí misma. Aún así, no es objetiva. La lectura está condicionada para inducir en el lector su visión social, abogando por el camino que el hombre debe seguir para alcanzar su plenitud y, en definitiva, la felicidad. Todo lo demás, llevará a la persona al fracaso.

Con esto, me quiero detener ahora en la gran cantidad de temas que la escritora toca en esta obra superior: la arquitectura como forma de arte y del manantial de la creatividad, el  individualismo contra el tradicionalismo, el matrimonio por conveniencia, el amor en una visión peculiar de la autora, la sociedad, la lucha por el éxito, la hipocresía y la amistad. No dedica Rand espacio para la política en esta novela, al contrario de lo ocurrido en la citada La rebelión de Atlas.

Para decir: ‘Yo te quiero’, uno debe saber primero como pronunciar ‘yo’

La trama principal se sitúa en su gran parte en la ciudad de Nueva York, amparada por sus rascacielos, por el ruido urbano, por los despachos de trabajo y la vida gris. De vez en cuando se rompe este bullicio de la Gran Manzana, y Ayn Rand ofrece pasajes colmados de belleza en parajes naturales, como el hombre que escapa de todo lo que lo mantiene prisionero. De hecho, es en estas escenas donde podemos sentir a un Howard  y a una Dominique más puros, sin máscaras, sin ataduras, sin interpretar el rol social que le corresponde.

Tras abandonar la escuela de arquitectura, Roark intenta buscarse la vida como arquitecto independiente, con bastante infortunio. No es sencillo, siguiendo su fehaciente determinación de no dejar doblegar sus ideas, encontrar proyectos que el quiera aceptar. Esta situación le lleva a encontrarse en situaciones de precariedad económica bastante importantes que no parecen generarle ningún tipo de ansiedad. Por otra parte, su compañero Peter Keating, con menos talento pero más disposición a venderse por muy poco, comienza una exitosa carrera en la firma de Guy Francon, padre de Dominique. Ambos hombres llevarán dos caminos prácticamente opuestos: mientras Roark no consigue despegar, Keating va convirtiéndose en un arquitecto de éxito.

Por otra parte, empieza a aparecer la figura de Dominique, la heroína femenina que, según palabras de la propia autora, es la mujer perfecta para un hombre como Roark. No encontramos en esta escritora de críticas voraces, periodista e inconformista, el mismo espíritu feminista y personal de Dagny al mando de la Taggart, asunto que tengo que reconocer que me ha desilusionado bastante. De hecho, se ha criticado duramente a la escritora el cierto machismo que denota la relación de Roark y Dominique y, también, la fragilidad de la mujer en la realidad que se refleja. Aún así, no deja de ser el mejor personaje de la novela, donde considero que Ayn Rand explota al máximo una técnica narrativa descriptiva muy poderosa y rica de matices. Eso sin olvidar el cargamento emocional que Dominique denota en sus estelares apariciones.

Gail Wynand es otro de los personajes que cobrarán mayor importancia a partir de la segunda mitad del libro. Desde la pobreza de los suburbios de Nueva York, pasa a controlar gran parte de los medios periodísticos de la ciudad. Termina siendo un hombre trágico que, según Rand, podría haber sido un individualista heroico como Roark, pero termina fallando en su intento de ejercer el poder.

Y, cabe citar a Ellsworth Toohey, antagonista absoluto de Roark. Toohey escribe una reconocida columna de crítica de arte. Se trata del reflejo del mal, del villano, que suele estar muy delimitado en las obras de Rand.

Cuando Howard Roark pasaba, la gente se volvía para mirarlo. Algunos se quedaban mirándolo con súbito resentimiento, aunque no habrían podido dar un motivo: era una especie de reacción instintiva que su presencia despertaba en la mayoría de las personas. Roark no veía a nadie. Para él las calles estaban desiertas. Habría podido caminar allí desnudo sin preocuparse

El manantial es una novela filosófica con una moraleja muy marcada que se recuerda de forma insistente. Abandona más el componente de ficción y las descripciones pormenorizadas de su anterior novela, para dejarse llevar más por la necesidad de hacer llegar sus ideas a la sociedad. El principal objetivo de Ayn Rand es intentar dar a conocer el camino al triunfo mediante el individualismo, el respeto por las ideas propias.

Este tema podría abarcar un gran debate. La autora apoyaba la rotura de los cánones establecidos, pretendía luchar por ese manantial de creatividad de los hombres, que necesariamente puede extrapolarse a todas las artes (incluida, por supuesto, la literatura). No deja de ser una idea absolutamente poderosa de la que no existen demasiadas obras que lo reflejen de forma clara y precisa.

El lector que se atreva a entrar en este libro debe hacerlo con la paciencia y el buen juicio que esto requiere, como siempre que se inicia con la lectura de algo mayor. Pero puedo decir que, de hacerlo, saldrá muy fortalecido por su rica literatura llena de talento, por la defensa de los ideales y, en general, por un estilo narrativo único e irrepetible de una talentosa escritora, filósofa y pensadora que quiso cambiar el mundo a través de los libros..

Valoración: Sí, recomendable

Adquiere El manantial aquí

3 thoughts on “Crítica a “El manantial”, de Ayn Rand”

  1. Me ha encantado la reseña, es buenísima 🙂
    Es increíble que, siendo Ayn Rand y sus libros toda una influencia en las generaciones literarias, conozca yo tan poca gente a la que le agrada (me imagino, la ideología objetivista tiene mucho qué ver). A veces, en la calle me encuentro estampas o grafitis preguntando quién es John Galt, y personalmente, creo que el Manantial es una obra exquisita que le llega a la altura a LRDA.

    Le gusta a 1 persona

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