Sí, recomendable

Crítica a “La Carne” de Rosa Montero

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Título: La Carne
Autor: Rosa Montero
Género: Narrativa contemporánea
Fecha de su composición: Septiembre 2016
Edición: 
Editorial: Alfaguara
Número de páginas: 240

Soledad iba a cumplir sesenta años. Redondos y pesados como una sentencia.

Nadie muere en realidad de amor, pensó mientras tecleaba “de acuerdo”. Sólo se muere de amor en las malditas óperas.

Rosa Montero Gayo nace en Madrid, el 3 de enero de 1951. Su padre era rehiletero (relacionado con el mundo del toreo) y su madre ama de casa.

Estudió periodismo y psicología. También colaboró en grupos de teatro independiente a la vez que comenzaba a publicar en diversos medios informativos (Fotogramas, Pueblo..). Desarrolló su carrera periodística en exclusiva para El País desde finales de 1976 y, a partir de entonces, su número de Premios Literarios y reconocimientos no dejó de crecer.

A día de hoy ha publicado 15 novelas, siendo su última obra La Carne y también la que ocupa esta entrada.

Y sin querer dedicarme a señalar la cantidad de títulos y premios publicados y concedidos, los que podéis consultar fácilmente en su página web, me gustaría tomarme la libertad de señalar que Rosa Montero, además de lo expuesto, es mujer, luchadora y animalista. Y, según se define, una superviviente. Su nombre aparece en los libros de literatura y que recuerdo muy bien por su novela Temblor, que fue mi primer acercamiento a su prosa. La admiración y el respeto que siento por esta figura de la literatura y el periodismo actual va más allá de su calidad narrativa, es su esencia y la filosofía que desprenden sus historias donde radica su principal inspiración para mí y, creo, para todos los que seguimos sus pasos muy de cerca.

Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizás risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.

La Carne, tan fugaz y humana, tiene como protagonista a una mujer llamada Soledad Alegre, comisaria de exposiciones. La trama arranca de manera insólita: a sus sesenta años, contrata a un gigoló para que la acompañe a una función de ópera y, así, poder dar celos a su ex amante. A partir de este punto, empieza a ejecutarse un argumento que ni el lector más audaz cabe esperar, navegando en temas tan trascendentales y comunes en Montero como la figura de la mujer, el paso del tiempo, el amor y la muerte.

Casi con nerviosismo comencé a leerla, incluso esperé varios días para hacerlo. Todavía no la había empezado y ya temía el momento de cerrar su última solapa. Algo que, por otra parte, es una ingenuidad… ¡Cómo si los libros tuvieran fin alguno! Es, si cabe, una de las pocas cosas eternas que existen en este universo caduco. Tuve el placer, además, de asistir y disfrutar de la presentación de la obra que tuvo lugar en A Coruña el pasado mes de septiembre. Todo un lujo, lo sé.

El amor te convertía en un ser patético.

No hay una obra de Rosa Montero igual a otra, pero todas tienen ese aroma tan suyo que es innegable y, seguramente, inimitable. Soledad Alegre es la narradora principal desde una tercera persona muy personal, totalmente involucrada en los hechos y en los sentimientos. Su mente es un barboteo constante de pensamientos que pueden ser un crudo reflejo de nosotros mismos (y, me atrevo a decir, de la propia autora). Con una mentalidad un tanto despreciable, misógina, nunca ha sido madre ni nunca ha tenido una relación duradera. Es un hervidero de terror, rabia y melancolía, atrozmente torturada por sus sesenta años, una especie de señora que no se resigna a serlo (¿alguien lo hace?).

Se vale Montero de un estilo caracterizado por las frases cortas y por un cierto dinamismo. La reflexión interior de Soledad, su fluir de la conciencia, será donde reside la mayor parte de la carga, pero los diálogos son fluidos y fundamentales. Avanza, pues, la línea temporal respetando, valga la redundancia, la linealidad, aunque recurriendo a rescatar recuerdos del pasado que serán trascendentales.

—Nunca quise tener hijos. Desde pequeña —soltó al fin, cediendo al chantaje social una vez más, siendo cobarde.

—Sí, claro. No hace falta tener hijos para ser feliz —se apresuró a decir la galerista.

Ésas eran las peores, las mujeres amables que intentaban quitar hierro a la carencia.

La carne, esa carne. La carne de gigoló joven y hermoso llamado Adam, o la carne arrugada y perecedera de Soledad. Que se mira, que intenta cuidarse, que sale a correr. La carne que, aún envejecida, es hermosa. Solo somos esa carne, o mucho más que esa carne. Ese título, y una imagen del bajo cuello y una clavícula, representan con excelente acierto el espíritu de la novela. Aunque, en realidad, no deja adivinar nada en absoluto. Porque La carne es a lo mejor una de las novelas más personales de Rosa Montero precisamente por lo que pueden esconder sus múltiples reflexiones, tan acertadas, algo ácidas y desencantadas.

Tal y como la propia autora pide en una nota al final del libro, es complicado ahondar en los sucesos sin romper al lector la magia y la intriga necesaria. Pero creo que puede mencionarse que Soledad es un personaje cautivador y odioso y su encuentro con el gigoló, Adam, es una gran excusa para ahondar en la multitud de posibilidades en las que se puede metamorfosear la pasión (que no el amor, el amor solo tiene un camino, tan difícil de encontrar).

A Soledad no le caían bien las escritoras porque le recordaban que ella no escribía. Comprendía que era una emoción mezquina por su parte, pero no podía evitarlo.

También existen varias historias intercaladas a lo largo de la novela sobre escritores malditos, que forman parte de la exposición en la que Soledad se encuentra trabajando. Todas totalmente reales y demostrables, todas… excepto una. A la habilidad propia queda adivinar la mentira que, tal vez en otra dimensión, sí que pueda ser realidad.

Porque de dimensiones también escribe Montero. Reflexiona sobre la literatura en su esplendor, de una Soledad Alegre torturada por no ser capaz de escribir. También por sentirse juzgada por no ser madre, por no encajar en esos estrictos cánones sociales. ¡Qué amarga es la amargura! Y más, todavía, cuando el tiempo empieza a pasar tan deprisa que nos olvidamos de pasar las páginas del calendario. Y, aun teniéndolo todo, ella siente que no tiene nada.

Y, sin querer adelantar ni un atisbo más de esta nueva joya, finalizamos aquí este humilde análisis, más que una crítica, con todo el cariño que siento por cada una de las composiciones de la escritora madrileña. Una delicia de viaje urbano, social, artístico y psicológico sobre las entrañas de la oscuridad de los pensamientos e ideas más humanos, más reales.

Valoración: Sí, recomendable

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