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Filia, fragmento IV: La poesía

Filia echó a correr, con torpeza, todavía aturdida por el golpe en el cráneo. El segundo en poco tiempo. El terror y el cansancio no ayudaban ni un ápice a su agilidad, pero alguna parte de su ser parecía conocer esas calles lluviosas, grises y destruidas. La horripilante visión de aquel lagarto gigante estaba grabada en sus retinas como una maldición, era la materialización de la peor de las pesadillas.

Se resguardó en una bocacalle, llena de basura, donde un tejado roto aliviaba la caída de la contaminada lluvia. Se apoyó en la pared, jadeante, y se dejó caer hasta el suelo con las rodillas gelatinosas. Entonces pensó en Mater, en su nombre. Había abandonado a la figura encapuchada, a la que conocía a la perfección. Y no solo la conocía, también la quería. Pero solo podía experimentar sentimientos, nada concreto emanaba de su mente. Comenzó a golpearse las sientes con desesperación.

Y frente a ella vio un papel arrugado, maltratado por la lluvia. Parecía escrito a mano, con tinta azul. Un arte artesanal prácticamente extinguido. La muchacha lo asió con prudencia, como si temiera que se fuera a romper.

Nunca mires arriba, ellos pueden venir
Nunca mires abajo, ellos pueden surgir
Huye, huye
Pero recuerda tu nombre, todos los días
con todas sus noches.
Porque ellos vendrán
y te lo arrebatarán

—Filia.

Era ella otra vez, encorvada otra vez, misteriosa otra vez. Nuestra protagonista intentó ponerse en pie, pero la emoción atrofiaba su cuerpo. Trajo las sombras que, en lugar de ser oscuras, otorgaban protección. La pelea la había dejado debilitada, no podía ver la sangre en sus negras ropas, pero podía olerla con agudeza.

—¿Qué sabes de mí? —inquirió la figura, con la voz rota del agotamiento.

Entonces se quitó la capucha y dejó al descubierto un rostro ajado por el sufrimiento más que por los años. El cabello era ralo, impregnado de fealdad, sin feminidad. Pero su rostro fornido y huesudo al mismo tiempo le recordó a la definición de fuerza y vitalidad.

—Sé que te necesito, sé que te conozco.

—¿No recuerdas nada? No te asustes, por favor, estoy aquí para ayudarte. —El hablar le resultaba muy trabajoso. Temió que se desmoronase ahí mismo. Tal vez sus heridas eran graves—. ¿No sabes por qué conoces mi nombre?

—No.

—Barz ya no es un lugar seguro. Pero quedan lugares seguros, aunque muy lejos de aquí. Donde estos demonios alados no nos hayan arrebatado la memoria.

—Pero tú sí que puedes recordar, ¿no?

—Sí.

—¿Entonces, quién soy?

—Filia. Pero no sé si en realidad eres tú. Tu nombre no es una garantía de nada. Todas las personas parecen haber recibido un nombre en latín.

—¿Quieres decir que Filia no es mi verdadero nombre?

—Responde a tu función en este momento, alguien se encargó de interiorizarlo en ti.

—¿Y cuál es mi función?

—Tu función es la más importante de todas. Por la que esos demonios infernales están aquí.

Normas para el siguiente fragmento:

I. Irán a una guarida donde habrá otras personas. Allí Mater se curará.

II. Se desvelará cuál es la función de Filia.

III. Volverá a mencionarse el pequeño poema leído en este fragmento.

 

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