Relato

Filia, fragmento V: La duda

El indecente yermo de Barz parecía no terminarse nunca. Polvo al polvo. Filia y Mater anduvieron y se dejaron llevar hasta que el tiempo parecía haber caído en un estado de creciente ambigüedad. Desesperación disimulada. Se propusieron entonces dar con algún lugar en el que reposar y en el que ambas pudieran descansar para recupersarse de sus heridas, tanto internas como externas.

Nuestras misteriosas protagonistas llegaron hasta una insólita montaña que parecía establecer los límites de aquel oscuro mundo. La rodearon y, sin mediar palabra, acariciaron a su vez su enorme cuerpo rocoso y lleno de una extraña humedad. Al rodear por completo el monte, se dieron cuenta de que una gran capa de moho cubría una parte significativa de la pared en la que se encontraban. Se miraron, decididas y entendiéndose a la perfección, y empezaron a retirar los minúsculos hongos con todas sus fuerzas. Filia empezó a rascar con sus escasas y dañadas uñas, pero Mater no tardó en entregarle una de sus dagas y ambas demostraron una habilidad que parecía innata.

Cuando acabaron de retirar el moho, encontraron una minúscula entrada a lo que parecía una cavidad interna de la montaña. Una cueva, de la que ahora se dieron cuenta que emergían susurros, se abrió ante ellas. Decidieron entrar con cautela, preparadas para cualquier cosa y, para sorpresa de ambas, encontraron una extraña situación que, sin duda, quedaría grabada para siempre en sus retinas. Un pequeño camino llegaba hasta una grandiosa cueva amueblada en la que una mujer y un hombre se encontraban totalmente desnudos. Ella corría de aquí para allá recolocando y arreglando y parecía no llegar nunca a tiempo y él, por el contrario, se encontraba en una esquina, de cara a la pared y no dejaba de susurrar lo mismo una y otra vez, otra vez y una:

-Nunca mires arriba, ellos pueden venir
Nunca mires abajo, ellos pueden surgir
Huye, huye
Pero recuerda tu nombre, todos los días
con todas sus noches.
Porque ellos vendrán
y te lo arrebatarán.

Filia reconoció al instante aquel diálogo. Lo había leído días antes en aquel extraño pergamino arrugado y seguía reflexionando sobre su contenido, pero su forma se había difuminado en su conciencia. Comprendió que gracias a aquel orate podría aprendérselo por fin de memoria; palabra por palabra, letra por letra.

El loco repitió por lo menos diez veces aquella sonora melodía hasta que la mujer se dio cuenta de la presencia de Filia y Mater, y al verlas se alegró de ello como si las conociese con anterioridad:

—¡Vaya! ¡Ya estáis aquí! Uy, uy… ¡¡Estáis hechas un cromo!! Permitidme… —La mujer cogió a Filia y a Mater por los brazos, y ambas se sintieron incómodas observando su desnudo y blanco cuerpo que se tambaleaba de un lado a otro y que, a pesar de encontrarse encerrado en ese lugar, parecía gozar de una salud absoluta. La mujer siguió hablando tras sentar a cada una en una cama:

—Una vez fui doctora. Una muy buena doctora… Pero entonces le conocí —la mujer movió su cabeza hacia la esquina en la que se encontraba el frígido poeta. Siguió hablando mientras aplicaba una pomada que apestaba horrores en la cara maltrecha de Mater:

—Y ya sabéis… El amor todo lo puede. No pude dejarle morir… Y llevamos aquí unos siete años. Mejor no os cuento de qué nos alimentamos… —La mujer dirigió su mirada de forma casi involuntaria hacia dos cavidades más que asomaban en el fondo de la cueva. Su monólogo continuó:

—Soy Veritas y él… En fin, tampoco necesitáis saberlo. Tampoco él sigue siendo él. ¿Y a vosotras, cómo os llaman? —La pequeña Filia decidió contestar, dejándose llevar por una extraña e incomprensible confianza.

—Somos Filia y Mater. —Mater se echó entonces la mano a la cara, decepcionada porque Filia se había precipitado y aprovechó para descubrir que la herida ya no le dolía. Veritas, por su parte, se quedó petrificada y abrazó a la pequeña al instante, haciéndola sentir todavía más incómoda. Y, por supuesto, arrancó de nuevo a hablar:

—Una Filia… Nunca conocí a una. Aunque también cabe decir que nos retiramos pronto de aquel apocalipsis. Debe de ser muy duro para ti pensar en tu futuro… Es decir, Mater hay muchas, Filia solo una… O eso dice la frase hecha, claro. Es un decir, pero no imagino como debes sentirte al contar con ese gen recesivo que puede volver a los Réptux inmortales, o al menos de modo parcial. Es decir, ellos normalmente cogen a las Mater y borran su código genético, usándolas como úteros vacíos para engendrar nuevos demonios alados…Proceso que, por supuesto, las mata… Pero para ese entonces ya no queda demasiada conciencia en ellas… Los Réptux son hermafroditas, pero cabe pensar que también idiotas porque han olvidado cómo procrear.

Filia obvió entonces la última parrafada de Veritas y le preguntó algo totalmente aislado mientras asimilaba todo aquello:

—Y vosotros, ¿qué esperáis conseguir estando aquí encerrados? A parte de evitar que él muera, claro. —Señaló al loco con su cabeza. Su mirada estaba perdida en una insólita confusión. Mater seguía sin hablar.

—¡Ah!, una utopía. Esperábamos que la sociedad avanzase hacia el punto de naturalizar la sexualidad de sus individuos y aceptar el nudismo como algo innato y completamente lógico. Es decir, que todos los seres vivos pudiéramos ir desnudos sin importar nada más, porque así es como corríamos de aquí para allá en un origen. Bueno, eso y que alguien se libre de los Réptux, claro, pero más que nada lo primero.

La confusión de Filia no hizo más que ascender.

Normas para el siguiente fragmento:
I. Se descubre el nombre del tipo de la esquina.
II. Se descubre el papel que los Réptux tienen reservado al género masculino (son inservibles).
III. Se describen los pensamientos de un Réptux.

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