Relato

Filia, fragmento VI: Mentira

Mendacium avanzaba por una de las zigzagueantes avenidas de Barz, muy cerca del mercado principal. El ruido de la ciudad estaba atestado de despreocupación, ocio y diversión. Ni siquiera el frío, que dolía en su piel tanto como las heridas en las plantas de sus pies descalzos, parecía importunar ese baile social distendido y alegre. El hombre, un tanto desgarbado, iba desnudo a excepción de una capa no demasiado gruesa. Estaba torturado por el hambre, la sed y el sueño.

La única riqueza que contaba en sus bolsillos era la libreta atiborrada de poesías que nadie parecía interesado en leer. El arte literario había sido olvidado, como lo habían sido los valores, como lo había sido Dios, como lo había sido el amor. Mendacium defendía una filosofía secreta que exaltaba los valores clásicos, incluso los religiosos si fuera necesario. La amoralidad se había apropiado de las personas, no existía lo sagrado, todo el susceptible de corromperse. Ni siquiera él sabía cuando tiempo tardaría en sucumbir a ese nuevo sistema de cosas.

Sin darse cuenta, llegó a una bocacalle oscura, húmeda y maloliente que nada tenía que ver con la presuntuosidad del centro urbano. Allí, abrazado a su miserable soledad de manera inconsciente, alejándose de todos esos ríos de gente gris. La debilidad se adhería a su cuerpo como la peste y tenía la absoluta certeza de que volvería a dormir sobre el terreno frío con el estómago vacío. Gimoteó como un niño, pero con un tono grave poco digno. Luego se deslizó hacia el suelo y lo vio por primera vez.

Era una criatura dos o tres veces más grande que un hombre de estatura media. En lugar de piel, relucían escamas en la superficie de su cuerpo. Los ojos eran pequeños, amarillos, rasgados, como los de una serpiente. De sus fauces entreabiertas podían adivinarse una suerte de colmillos afilados y una viperina lengua muy fina. Unas poderosas alas emergían de su espalda ancha. Era maravilloso y horripilante a partes iguales. Mendacium se quedó petrificado del terror, se hubiera orinado encima si no fuera porque estaba totalmente deshidratado.

Hombre.

El monstruo no había pronunciado palabra alguna, pero el hombre lo había oído a la perfección dentro de su mente.

Eres hombre.

Medancium rompió a llorar, asintiendo con la cabeza. De forma irracional, había sacado su libreta del bolsillo de su capa y la abrazaba con fuerza, como si de un escudo infalible se tratase. Sus piernas desnudas y huesudas temblaban  con violentas sacudidas.

Pero el diálogo no se alargó demasiado. Sin más preámbulos, el enorme reptil realizó un ágil movimiento con su cilíndrica cola en la que el poeta no había reparado. De un brusco golpe le giró el rostro que latió de dolor, para después rodearle el cuello con sus finas garras y elevarlo varios palmos del suelo. Mendacium notó en seguida la ausencia de oxígeno en su cuerpo.

¿Cómo lo haces?

—¿Cómo… cómo hago el qué? —musitó el hombre, ahogado.

Los hijos. Cómo lo haces los hijos. Necesito saber cómo creáis esa vida nueva, cuál es el proceso. Cómo lo haces. ¡Cómo!

De la terrible criatura emanó un graznido escalofriante. Mendacium a duras penas era capaz de respirar. Instintivamente, bajó sus pupilas hacia sus partes íntimas, cubiertas por la capa, pero desprotegidas en realidad. El draconiano no pareció entenderlo. El hombre estaba a punto de perder la conciencia.

—¡Son las mujeres! —chilló—¡Las mujeres! ¡Lo hacemos con las mujeres!

Cayó con agresividad al suelo y comenzó a toser. Empezó a retorcerse como un animal indefenso, en la desesperada lucha de buscar aire para respirar.

Normas para el siguiente fragmento:
I. Este fragmento responde a un sueño que tiene Filia mientras duerme.
II.  Al despertarse en medio de la noche, escucha una extraña conversación entre Mater y Veritas.
III. Deben emprender un viaje.

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