Relato

Filia, fragmento VII: La sangre

La inoportuna taquicardia dibujó una fina línea que definía el límite entre dos mundos paralelos. El albor de la subjetividad enmarcaba entonces la ausencia de destino que define sin querer el abandono de ese mundo alterno. Dos realidades que se siguen con la mirada pero que jamás deben tocarse.

Filia se despertó entonces sobresaltada y llena de lágrimas, acordándose de la confusión ancestral que marca a cualquier ser que haya tenido una pesadilla. La pequeña entendió entonces que su ser más profundo había mezclado conceptos de su día a día hasta crear una combinación explosiva que la llevó a experimentar ese horrible sueño.

Filia imaginó entonces qué le había llevado a crear esa extraña experiencia interior y comprendió que su mente había permanecido alerta porque encontraba demasiadas incoherencias en el comportamiento de Veritas. Decidió permanecer atenta y se prometió que no volvería a quedarse dormida y, ya de vuelta en su realidad, escuchó los susurros del tipo de la esquina, que parecía no descansar nunca, y, a la vez, oyó como Mater y Veritas conversaban sobre algo que parecía sobrepasar el secretismo. Tanto Veritas como Mater hablaban en una extraña lengua que Filia no había oído nunca.

Al sorprenderla con los ojos abiertos, la situación se tornó todavía más extraña que en los sueños de la joven Filia. Veritas agarró un cuchillo que tenía cerca y corrió hacia el hombre de la esquina mientras gritaba:
–¡¡Mendacium!! Te he dicho que te calles.

No se lo había dicho ni una sola vez.

Veritas agarró del cuello al hombre que se había presentado como Mendacium en los sueños de Filia y él no dejaba de repetir lo mismo una y otra vez:

–Nunca mires arriba, ellos pueden venir
Nunca mires abajo, ellos pueden surgir
Huye, huye
Pero recuerda tu nombre, todos los días
con todas sus noches.
Porque ellos vendrán
y te lo arrebatarán.

Veritas arrancó entonces a llorar y cogió con fuerza el cuchillo que había casi soltado, desesperanzada. Lo clavó una vez en la espalda de Mendacium, y él ni se inmutó. La sangre brotaba de su piel como una cascada corrupta por el tiempo y el odio. Filia lo observó todo y Mater la miró, cogiéndola de la mano para indicarle que debían retroceder poco a poco y marcharse. La segunda puñalada fue mucho más vistosa, y atravesó el ojo del hombre, que lloraba a la vez y seguía recitando la poesía sin que se le entendiera del todo. Filia seguía observando, forzándose a no derrumbarse ante aquel arrebato de locura. La tercera agresión no fue una puñalada; Veritas le rebanó el cuello al que hasta ahora había sido su extraño protegido y le asestó un golpe final con el pie desnudo y negro de suciedad que acabó tirando aquel cuerpo inerte al suelo. Su piel blanca se tornó rojo carmesí.

Mater y Filia salieron entonces de nuevo al exterior y emprendieron una carrera huyendo del lugar lo más pronto posible. Estaba amaneciendo. Filia decidió hablar en primer lugar:
–¿Quiénes eran? –dijo la pequeña.
–Eran dos antiguos líderes de la resistencia. Todavía quedan dos más, a los que debemos visitar para intentar seguir con vida. Creí que Veritas y Mendacium serían los que estarían más cuerdos, pero ni me recordaron.

Filia se echó a llorar, quizá de desesperación, quizá por la alegría creciente de volver a ver salir el sol.

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