Sí, recomendable

Crítica a “Golondrinas muertas en la almohada”, de Lucas Albor

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Título: Golondrinas muertas en la almohada
Autor: Lucas Albor
Género: Narrativa urbana
Fecha de su composición: 2016
Edición: 1ª Edición – Tapa blanda
Editorial: Amarante
Número de páginas: 173

Noche. Destartalados edificios carmesíes nacarados y estrechas callejuelas laberínticas. Polvo. Sombras perfilándose, alargándose hasta el infinito en las paredes (efecto óptico, el alumbrado parpadeando a veces). Una lata de Coca-Cola oxidada olvidada en el pavimento, al final de la calzada.

Lucas Albor nació en Madrid en 1987. Es licenciado en Filosofía por la UCM y realizó un estudio sobre el impacto de las relaciones comunitaria en la obra literaria del autor Charles Bukowski. Ha colaborado en dos discos del artista Elio Toffana recitando poemas. De hecho, posee una extensa colección de poesía publicada en diferentes revistas. Os invito a conocer más detalles sobre él en esta entrada publicada por Libros Prohibidos.

En Tucumán parece gobernar la desesperanza. Existe poco de tranquila cotidianidad: están desapareciendo bebés, se inicia una conflictiva revuelta en los campos de trigo, la policía está asolada por diferentes tramas de corrupción, una madre que vende almendras (las mejores de Tucumán) se ve obligada a prostituirse para dar de comer a su familia, dos borrachos cierran bares al margen de todo lo demás. Parece que la legalidad es un concepto difuminado que ha convertido esas oscuras calles en un lugar amenazante y peligroso.

Bebe un sorbo. Las cosas ya no son como antes, piensa, algo falló entremedias. Se olvidaron de Tucumán. ¿No fui yo uno de los alumnos más inteligentes de mi promoción? ¿Dónde quedó aquello? Mira el reloj en la pared. Son casi las doce. Hace una mueca, algo parecido a una sonrisa. Bebe otro trago de café. El negro debe estar a punto de abrir, piensa. Se avecina otra noche de pérdidas.

Esta ya es la penúltima crítica que tengo el gusto de publicar de una de las novelas nominadas a los Premios Guillermo de Baskerville 2016, organizado por la web Libros Prohibidos. La cuarta obra que llega a mis manos que, tal vez, juega con la desventaja de compararse con las anteriores. Sea como fuere, de eso hablaremos en otro momento. Como introducción diré que Golondrinas muertas en la almohada no es un libro común.

Está compuesta por fragmentos más o menos breves que corresponden a una gran cantidad de personajes muy variopintos, aparentemente inconexos entre sí. Además, cada una de estas partes está coronada por un día, una hora y una localización específica, lo que ayuda a que el lector no se pierda a la hora de seguir los continuados saltos.

Luces de neón parpadeando inconscientes, rotulando la entrada del local. Las puertas se abren y Chinaski sale dando pasos inseguros, moviéndose hacia los lados, camina trastabillando con un vaso de Ginebra en la mano. Le da un trago largo y sigue caminando, se apoya en una pared y después enfila el callejón.

Lucas Albor se reconoce admirador de Charles Bukowski, a quien dedica su alter ego en el personaje de Henry Chinaski, algo que anuncia por activa y por pasiva. Digamos que esa parte de la novela da un respiro a todo lo demás, pero no tiene un sentido propiamente dicho más allá de responder a un guiño literario que, por mi parte, he agradecido. De todas formas, el estilo de la narración y el tono se mantiene uniforme durante toda la obra, a excepción de puntuales fragmentos que otorgan verosimilitud (tenemos la transcripción breve de dos escenas de teatro o la declaración oficial de un juicio manipulado).

No sé bien cómo definir el estilo del que se vale al autor, pero sí que tengo a bien señalar que es el adecuado para el tipo de historia que quiere contar. Es descriptivo en su justa medida, sin abrumar, pero estableciendo una ambientación en la que el lector se introduce de inmediato sin ninguna dificultad. La pega es que utiliza fórmulas que repite de manera bastante recurrente a lo largo de las páginas, lo que a veces llega a entorpecer. Esta repetición se produce tanto, como digo, en las partes descriptivas como en los diálogos.

—¿Escribí yo eso? —dice entonces—. No lo recuerdo.
[…]
—¿Y a qué crees que me refería? —dice, alejando de sí el vaso. Sonríe—. ¿A qué crees que me refiero?
—Creo que hablas de los instintos. Los instintos por encima de la moral, el instinto de supervivencia.
—No exactamente, hijo, no exactamente. Los instintos, envueltos en la moral, subordinados a la moral, como un exoesqueleto, quizás, ¿entiendes?

Los diálogos son un punto clave, intentan imitar la voz hablada de forma estricta y, creo, que de ahí puede venir el recurso de la insistencia en una misma frase. Cuando decimos algo que nos altera o nos preocupa en una conversación, solemos repetirlo una, dos y hasta veinte veces si es preciso. Lo entiendo, es correcto, pero en gran parte de estas frases dicho recurso es tedioso e innecesario.

Y otro punto de este análisis de estilo es la manera en la que expresa los pensamientos de los personajes. El narrador en tercera persona se convierte, sin más, en una voz en primera persona que expresa una especie de monólogo interior. Este recurso suele emplearlo al final de los diferentes fragmentos, me imagino que para acercar al lector más íntimamente a la situación. Es muy interesante, muy apropiado, muy inteligente por su parte.

Sí, desde luego, Lucas Albor sabe lo que se hace. Y brilla. Es hábil con la pluma, ama su novela, la entiende y quiere que el lector la entienda como él. Por eso se vale de un gran número de personajes, al que les otorga el mismo mimo y la misma dedicación. Y, como punto a favor, diría que no existe gran diferencia entre personajes masculinos y femeninos en cuanto a relevancia se refiere. Un aplauso, porque es algo que veníamos criticando de otras obras que hemos leído últimamente.

—Anoche vi serpientes salir de la boca de Lala —insiste Héctor, dejando el vaso en la mesa—. Veo golondrinas muertas en la almohada. Pájaros que me persiguen. Tengo pesadillas. Creo que me estoy volviendo loco, Hank.

El título Golondrinas muertas en la almohada que puede llegar a invitar al lector a pensar que está ante una novela más intimista, no es más que una alusión a la alucinación del horror, como algo premonitorio. ¿Un poco pretencioso? Puede ser. Tal vez no es el título idóneo, pero he de decir que es poderoso, atractivo y original. Y, hablando de títulos, me encanta que le haya dado nombre a los diferentes capítulos de la novela con tanto acierto y elegancia. A pesar de tratarse de una novela que la editorial define como underground, Albor no rechaza en ningún momento la literariedad, a veces incluso poética, que tantas veces se deja de lado en lo que al género negro se refiere.

Los dos puntos débiles de la novela son la lentitud repetitiva en algunas partes y un final precipitado al que se siente que le faltan páginas. Diré que esta novela me despierta sentimientos contrapuestos entre calidad literaria y gustos personales. Diré que no he llegado a conectar del todo con los diferentes personajes, pero sí lo he hecho con la pluma de un escritor profesional y que siente las letras de verdad. Así que creo que es importante recomendar este libro encarecidamente, porque es una apuesta arriesgada, con sobresaliente calidad y que aporta muchas cosas diferentes. Y la originalidad, hoy día, es muy difícil de leer.

Valoración: Sí, recomendable

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