Aceptable

Crítica a “El demacre”, de Juan Muñoz Flores

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Título: El Demacre
Autor: Juan Muñoz Flores
Género: Novela negra
Fecha de su composición: 2016
Edición: 1ª – Tapa Blanda
Editorial: Amarante
Número de páginas: 260

Por si incomprensiblemente no se ha notado ya, soy un tío muy inteligente. Es más, por aquel entonces yo creía ser incluso una especie de elegido, casi una mutación superior del homo sapiens común. Estaba convencido de que, intentara lo que intentara, no podía dejar de salir bien si dependía de mi cerebro, tal y como yo, en mi paranoia, entendía que llevaba sucediendo los últimos cinco años.

Juan Muñoz Flores nace en Madrid en 1980. Es Licenciado y tiene un Máster en Filología Clásica por la Universidad Computense de Madrid. Profesionalmente, ha sido profesor en esta universidad y traductor y colaborador en diversas publicaciones nacionales e internacionales. Ha obtenido diferentes reconocimientos entre los cuales destacan el Premio Extraordinario de Carrera o los concedidos anualmente por la Fundación Pastor o la SEEC a los mejores trabajos de investigación.

Además, es coautor del Diccionario literario de personajes de la comedia antigua y del libro Discursos para el recuerdo: los discursos laudatorios en honor de los fallecidos por Atenas. También es autor de relatos incluidos en varias antologías, destacando el premiado Que gracias por todo El Soñador. Sin olvidarnos por supuesto de su novela negra, El Demacre, la que ocupa esta crítica y bien podría ser una versión española y juvenil de la historia de Breaking Bad. Y si tenéis interés en saber más acerca de este peculiar escritor, os invito a pasaros por este post que le dedica Libros Prohibidos.

—A ver, pegarte te pega, pero no sé, Diego, ¿lo has pensado bien? Es que eso de las camisetas, el retrovisor colgando y que sea adicto al póker pinta un poco regular, ¿no?
—Bueno, no sé, algo bueno tendrá el pavo cuando no le han pillado nunca.
Hostia, chaval, qué argumento irrebatible. Ariadna se mostró tan entusiasmada como yo mismo.

Diego Valente es un joven buscavidas en el peligroso limbo de los treintaypico. Nunca ha trabajado y no tiene pensado hacerlo, pero la vida no es gratis y las drogas mucho menos. Roto por los problemas con su relación con su novia Deyanira y perdiendo ceros a un ritmo vertiginoso en su cuenta corriente, recurre a un antiguo compañero de colegio que se dedica al tráfico para sacar su futuro a flote. Sin embargo, sus fantásticos planes se ven torcidos cuando la muerte de una joven en el after El demacre, donde nuestro protagonista pasa droga, le salpicará de lleno.

Esta es ya mi última crítica  como miembro del jurado del Premio Guillermo de Barskerville organizado por la Web Literaria Libros Prohibidos. Así que con cierto sabor amargo a despedida por la parte que me toca, pero con la misma energía que la primera de las lecturas de estas espléndidas nominaciones, voy a contaros lo que he vivido con esta inusual lectura como broche final.

El demacre se basa en lo que podríamos definir como cuatro puntos claves, que al escritor le funcionan y en los que se siente cómodo. Basándose en esta fórmula desarrolla los hechos que sufre Diego, ofreciendo al lector una lectura muy amena, con un buen ritmo y llena de entretenimiento.

—Oye, ¿no estará abierto ya el Demacre?

Por un lado, Diego Valente es un muchacho carismático, aunque pudiera parecer todo lo contrario. Su adicción a las drogas, su predisposición a convertirse en un nini en el sentido estricto de la palabra, su figura de parásito para su madre y su querida amiga Ariadna y su particular forma de ver el mundo, forman un engranaje que funciona muy bien como personaje. Además, no nos vayamos a engañar, la figura de un joven adulto de estas características no responde a la ficción, y más de uno conoceremos o hemos conocido a un colega que responde a estos parámetros.
Otro punto muy importante es el humor. Desde luego, uno de los géneros menos explotados con calidad que existen. Y casi podríamos aventurar que es uno de los más complicados para lucirse. Pero resulta que Juan Muñoz se siente cómodo en la comicidad [dramática] que acompañará a la obra desde su principio a su final.
A los diez minutos de conversación yo ya había pasado de preocupado a aterrado. Deyanira utilizaba el futuro para referirse al pasado (“siempre estaremos”), escribía txifigooo kmiu en lugar de “te digo que no” y su argumentación no variaba ni un ápice con el paso de los mensajes. Tenía que encontrar su camino. Como Rambo. ¿Y cómo vivirás, Deyanira? Día a día. Pero, joder, no podía ser así, tan yo. No en ese momento.
En contraposición directa con lo anterior está el drama. Este drama es directo e indirecto. Para Diego, el dolor de su ruptura con su gran amor supone un absoluto desastre que lo invita, incluso, al suicidio. Esta terrible pena de desamor es muy recurrente en El demacre y pesa más en él que cualquier otro de sus problemas a los que debe enfrentarse. Y, en cuanto al indirecto, quiero referirme a la desoladora radiografía que se hace de la sociedad sumida en el mundo de la drogodependencia: la pésima calidad de vida, la adicción terrible, la pérdida de la identidad, el hundimiento individual, la violencia…
Y, por último, el reflejo de la amistad. Los amigos para Diego son sus pilares, pues sus hilos familiares no parecen tratarse de algo muy sólido. Conocemos en su círculo más íntimos compañeros de todo tipo, con los que se sentirá más o menos unido y con los que compartirá variopintas situaciones, casi todas encaramado a la barra de un bar, muy preocupado por el tipo de aperitivo que piensan regalarle con las cañitas. Sí, en efecto, a veces las preocupaciones del “joven” pecan de excesiva trivialidad.
Mis amigos y yo discutíamos a menudo sobre las causas de aquellas llagas. La opinión general del grupo que al estar “to comío”, te mordías sin parar durante horas y eran tus propios dientes los culpables del desaguisado. No obstante, tachán-tachán, solía alzarse siempre una voz discordante con aquella hipótesis mayoritaria: la mía. Yo estaba emperrado en que eran los cristalitos microscópicos de la droga los que nos desgarraban la carne.

Podríamos decir que más allá de la escabrosa trama con pequeña intriga que hay detrás, lo más importante sin lugar a dudas es la ambientación y la rutina de este peculiar mundo de la noche, el alcohol y las drogas. Gran parte de las páginas de El demacre se dedicarán a describirnos el día a día de Diego y la rotura de su corazón. Aunque, a pesar de tratarse de una novela con un gran contenido narrativo monologado (para eso le resulta muy útil el uso de la primera persona), se vale de unos diálogos al más puro estilo costumbrista que buscan imitar a rajatabla la jerga de la calle. Tanto es así que, en ocasiones, resulta hasta tediosa esa lectura.

El demacre me despierta una mezcla de sentimientos enfrentados, tal y como ocurrió con De acero y escamasSi bien el buen hacer y el talento del escritor existe y es evidente, no ha conseguido ni la trama ni su desarrollo llamar mi atención con suficiente intensidad. El motivo puede ser una temática muy enfocada a un mundo que no me despierta simpatía o, tal vez, el tono utilizado. Sea como fue, al juicio de cada lector dejo la opción de sumergirse en su lectura o no hacerlo, pudiendo asegurar que es una novela bien estructurada, escrita con cariño y saber hacer, plagada de riqueza narrativa y con un impactante sello personal.

Valoración: Aceptable

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