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“El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: XI. El universo de la épica

Los reyes que lucharon por Helena
se desvanecieron como fantasmas,
y todas sus guerras terminaron
junto con todas sus ambiciones;
pero los dedos del cantor de Helena
siguen tañendo las cuerdas del arpa
aunque las manos de Helena sean polvo
y sus labios hayan enmudecido para siempre.

J. U. Nicolson, Canto

En cabecera: Ulises y las sirenas (1909), obra de Herbert James Draper.

Tolkien supo entrelazar de un modo muy hábil e inteligente dos temas básicos dentro de la trama de El Señor de los Anillos. El primero, el más evidente y el que además sirve también de hilo conductor en El Hobbit es el de la misión. En ESDLA, de un modo más concreto, nos encontramos con un grupo pequeño de héroes que además son compañeros y cuyo objetivo es el de conducir el terrorífico anillo de Sauron hasta el fuego de Mordor. El segundo tema, que además ayuda a contextualizar la obra dentro de la mitología tolkieniana, es el de la guerra entre la luz y la oscuridad o, lo que es lo mismo: el de la guerra entre las hordas de Mordor y los ejércitos del Oeste.

En la literatura épica más clásica no es difícil encontrar o un tema u otro, pero suelen aparecer por separado. Es más, en detalle y hablando de la literatura clásica grecorromana, los temas bélicos que se tratan son algo más profundos que el conflicto luz-oscuridad porque suelen basarse en batallas históricas o mitológicas. Un ejemplo lo encontramos en las aclamadas obras de Homero, el creador de la tradición épica lírica. En la Ilíada (c. s. VIII a.C.), el autor clásico trata la guerra de Troya y en la Odisea (s. VII a.C.) , explica las desventuras y caminos que debe recorrer un héroe embarcado en la misión de regresar a su hogar.

Tal diciendo, en andar presuroso la diosa entre diosas

por delante marchó, fue él detrás de las huellas divinas

y llegaron varón y deidad a la cóncava gruta.

Odisea, Canto V

La definición más antigua de la literatura épica nos sitúa en los extensos poemas cargados de aventuras y hazañas contadas con un estilo magnánimo y cuya temática abarca, como ya hemos dicho, desde la misión del héroe en particular hasta las guerras y sus consecuencias a grandes rasgos. No obstante, el término que utilizamos en la actualidad para nombrar este tipo de obras proviene del vocablo latín epicus, que deriva del griego epikos o έπικος y cuyo significado original está enlazado con el de epos o έπος (narración, canción o discurso).

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Objeto 1. Ilíada (Gredos)

Para los autores clásicos de poesía épica, el significado del término era muy distinto al del que empleamos hoy en día. Para la cultura antigua y a diferencia de los llamados poemas líricos, la épica no debía ser cantada, sino recitada y se diferenciaba de las obras dramáticas en que su intención no era la de imitar el comportamiento cotidiano. Aristóteles señaló en su día que la esencia de la literatura épica radicaba en la dignidad de sus temas, en la unidad que su contexto interno lograse alcanzar y en un orden correcto y bien desarrollado de la acción.

La literatura épica llegó a su máximo esplendor en Grecia durante el siglo VIII a.C. y hasta el año 600 a.C. Según Lin Carter, “en aquella época el hombre aún vivía inmerso en el reino de su imaginación”. Con esa frase, el autor americano se refiere a que la raza humana todavía debía realizar tanto un número importante de descubrimientos como de teorías sobre la Tierra, la naturaleza y el universo y el lugar que en él ocupamos. Los seres humanos creamos, al principio de nuestra historia, una imagen del universo del mismo modo que un escritor de literatura fantástica inventa un nuevo mundo. El mundo era considerado antes plano, como lo es la hoja sobre la que se escribe. El cielo lo cubría todo, con el sol y la luna colgando de él, frágiles. Y todo el mundo estaba rodeado por un río en forma de serpiente que se mordía su propia cola.

El Sol, la Luna y las estrellas pendían en cierto modo de las cristalinas capas del cielo, que giraban unas dentro de otras, como aquellos complicados globos chinos cuyos interiores están cuidadosamente labrados en forma de una serie de círculos concéntricos.

Los dioses y los semidioses, que interactuaban entre dioses y humanos, lo plagaban todo y daban explicación a los sucesos naturales. Existía el dios del mar, el de las tormentas, el de la guerra, la del hogar… Y así hasta superar la decena. Los antiguos compartían su día a día con un gran conjunto de seres de leyenda. Los espíritus de la naturaleza eran en ocasiones inofensivos, como los que habitaban el fuego, el aire, el agua o la tierra. No obstante, los fantasmas eran considerados algo real para nuestros antepasados, vagando para algunos por el Hades y reencarnándose para otros en nuevas formas de vida. Para el pensamiento primitivo, una cucaracha podía estar habitada por la bisabuela de alguien o una margarita llevar dentro de sí a un demonio.

Tras todo esto, encontramos a los animales. En el mundo real ya contamos con peligrosas especies como los leones, los tiburones o los escorpiones, pero, además, en la imaginación de las sociedades primitivas nacieron ideas que iban mucho más allá: en cuevas y profundos bosques creían poder encontrar a horrorosas criaturas de pesadilla. Un ejemplo de ellos es el dragón, más típico de la mitología nórdica, con sus escamas fuertes como el acero y su aliento de fuego. La mitología grecorromana opta más por los llamados híbridos: el hipogrifo, la esfinge, la arpía, el sátiro, el grifo, la hidra o el basilisco son solo algunos ejemplos. Hoy en día podemos observar a muchas de estas criaturas en los escudos de armas. También, en algún lugar perdido del mundo se encontraba el temible árbol upas, tan venenoso que si la sombra de un pájaro sobrevolándolo lo rozaba, éste caía muerto al instante.

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Objeto 2. Edipo y la esfinge (1864), obra de Gustave Moreau

Como bien sabemos hoy en día, ni aquellos dioses ni semidioses, ni los espíritus ni los espectros, ni los híbridos ni los árboles de aura venenosa son algo real igual que tampoco el mundo plano guardaba ningún parecido con la realidad esférica de la Tierra. Así, varios autores y voces fueron añadiendo a esta mitología popular nuevas criaturas y teorías que engrandecieron la épica clásica. Un ejemplo de autor es el del práctico Plinio que, en su obra Historia Natural o Naturalis historia (Libro VII) —obra que, por cierto, sobrevivió al Imperio Romano y fue publicada entre los años 1848 y 1877— nos habla, de forma seria, de cíclopes (un <<pueblo muy curioso por tener un ojo en la frente>>), de los habitantes de Abarimon (<<que tienen los pies vueltos del revés detrás de las piernas>>), de los maclios (que <<desempeñan el papel de ambos sexos alternativamente>>) o de la tribu de los monocolos o <<pies de sombrilla>> (que <<cuando hace calor, se tumban boca arriba […] y se resguardan a la sombra de sus pies>>), entre otros ejemplos.

Podéis leer mis otras entradas sobre El origen de El Señor de los Anillos en los siguientes enlaces:

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: I. Introducción

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: II. John Ronald Reuel Tolkien

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: III. El proceso creativo

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: IV. El profesor tras ESDLA

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: V. La Tierra Media y El Hobbit

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: VI. El principio de la leyenda

“El Origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: VII. El nudo se entrelaza

“El Origen de El Señor de Los Anillos”, de Lin Carter: VIII. Épicas conclusiones

“El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: IX. De hadas y orcos

“El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: X. Submundos verosímiles

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