Artículo

“El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: XIII. El cantar de gesta

Dice Oliveros: «Innumerables son los infieles
Mientras que nosotros los francos somos muy pocos;
compañero mío Roldán, ¡haced sonar vuestro olifante!
Si Carlos lo oye, regresará con sus tropas».
Responde Roldán: «Me comportaría como un loco;
y perdería mi fama en la dulce Francia.
Con Durandarte repartiré duros y fieros golpes,
Su hoja se teñirá de sangre hasta la dorada empuñadura
Los fementidos infieles no bajarán a este paso;
os juro que a todos se os llevará la muerte».

El cantar de Roldán

Al caer el imperio alejandrino, Tolomeo se apropió de Egipto, y Seleuco hizo lo mismo con Babilonia. La mayoría del resto de dirigentes tuvieron problemas para asentarse y decidir un bando. A su vez, los escritores estaban tan ocupados huyendo de los ejércitos y las guerras que no pudieron emplear demasiado tiempo en escribir.

Tolomeo y sus sucesores al trono de Egipto eran aficionados a la poesía épica. Uno de estos primeros sucesores, de hecho, fundó la gran biblioteca de Alejandría, la recientemente fundada capital de Egipto. Además, el sucesor de Tolomeo se dedicó a coleccionar las obras épicas que pudo y Zenódoto, el principal bibliotecario de la Antigüedad, ordenó cronológicamente sus adquisiciones.

Después de Zenódoto, Apolonio de Rodas se encargó de dirigir la biblioteca de Alejandría. En el siglo III a.C., Apolonio y Calímaco, un poeta épico, discutieron sobre el pasado, el presente y el futuro de la lírica griega. El artista lírico opinaba que el espíritu épico había abandonado a los escritores y que ya no serían capaces de crear obras de tanto potencial como lo fueron la Odisea o la Ilíada. Apolonio de Rodas no estaba de acuerdo y escribió Las argonáuticas para rebatirle al poeta su teoría. Esta obra resultó ser demasiado corta, demasiado compleja e incluso pedante. La teoría de Apolonio parecía haber fracasado.

No obstante, su intento de repescar el estilo épico de los poetas originales dio pie a una pequeña moda pasajera en la que otros autores griegos decidieron probar suerte. Uno de ellos, y quizá el más destacado, fue Quinto de Esmirna, que escribió la Posthomérica (en ella narraba lo ocurrido tras las obras de Homero). Quinto demostró que Apolonio estaba en lo cierto pese a que no logró ejecutar su teoría, y regaló a la poesía épica griega una composición sobresaliente, llena de color y de magia e incluso capaz de atrapar al lector. La Posthomérica contenía todo lo que el género épico demanda: héroes viajando en busca de sí mismos, batallas ensangrentadas, duelos heroicos, tempestades y maldiciones marítimas, regresos sobrenaturales desde el más allá, maldiciones, profecías y elementos similares.

Guárdate, hijo mío,
del peligro de las aguas a la vuelta
de Troya u otras playas, que tantas veces
acechan a los viajeros que cabalgan
sobre las olas del mar cuando el sol abandonada
la estrella del Arquero y se reúne con la brumosa Cabra.

Posthomérica

Pese al esfuerzo y al alarde técnico de Quinto, la época de la epopeya griega estaba tocando a su fin. Livio Andrónico inició una mudanza del género a la lengua latina, traduciendo la Odisea en pleno siglo II a.C., y así logró empezar con el impacto del género en el mundo literario romano.

Pero, en realidad, fue Ennio el que, hacia el 250 a.C., escribió sus Anales y dio comienzo a la epopeya romana. En su obra detallaba la historia de Roma desde su fundación hasta su propia época.

Cuando los fieros vientos impulsaron las tormentas,
o cuando Orión por el oscuro Occidente
desciende lentamente hacia el río del océano.
Guárdate del tiempo de los días y las noches iguales,
en que los vendavales corren sobre los abismos del mar
desde lugares ignotos, y se enzarzan en fiera batalla.
Guárdate de las Pléyades que al ponerse enloquecen al mar
con su poder, y no solo de ellas
sino también de otros astros, terror de los hombres,
cuando salen o se ponen sobre el ancho golfo del mar.

Posthomérica

A partir de entonces, los poetas épicos romanos intentaron igualarse a Homero o a Virgilio, o incluso a ambos, pero no tuvieron éxito ni repercusión. Casi ninguna de sus creaciones podía compararse a las de los grandes maestros griegos, cuyo desborde de imaginación los llevaba a alcanzar grandes cotas de calidad y su soltura hacía de sus obras historias interesantes e influyentes. Las obras de los poetas romanos eran más pragmáticas y toscas, e incluso resultaban tediosas y aburridas.

Tras la caída del imperio romano y la debilitación de sus reinos, la literatura épica se perdió casi por completo. Algunas obras se destruyeron por completo y de otras solo se salvaron fragmentos contados. La épica clásica en sus formas más convencionales y como manifestación seria de arte desapareció hasta que renació en la Europa poscarolingia.

Cuando la poesía épica se empezó a propagar por Europa, esta corriente cultural renacida contribuyó al nacimiento de varias obras que demostraban cierta calidad. Pero no fue destacable hasta que Petrarca, en 1341, la revivió definitivamente con su poema África.

De entre las obras autóctonas que, pese a no estar tan influidas por la épica clásica como debería esperarse para su renacimiento, cabe citar el poema anglosajón Beowulf, que fue escrito en el dialecto propio del reino de Wessex en el siglo XI. Beowulf es un poema excelente que incluso se considera la primera obra importante de la literatura británica y es también un brillante relato lleno de aventuras, trolls, espadas, magia, armaduras mágicas, dragones alados y otros seres fantásticos. Además, se afirma que está basado en hechos reales.

Francia, entre otros, también puso su grano de arena con El cantar de Roldán, una chanson de geste (cantar de gesta) anónima que data del siglo XI. En ella podemos encontrarnos con espadas con nombre, armas mágicas y elementos fantásticos que llenan de sucesos épicos al relato.

En otros países se estaba gestando un proceso literario similar. En España fue El Cantar del Mio Cid, una obra anónima que data de mediados del siglo XII. El cantar de gesta hispánico se basaba en los sucesos posteriores a la leyenda, y en cómo la figura del Cid Campeador, un caudillo histórico llamado Rodrigo Díaz de Vivar (¿1040? – 1099) conquistó el trono de Valencia.

Los portugueses compusieron Las Lusíadas basándose también en su historia. Esta obra es una epopeya sobre el pueblo portugués y mezcla relatos acerca de las heroicas travesías de Vasco da Gama. Su autor fue Luis de Camoens (1524-1580).

Y así fue como la épica tradicional, tras pasar unos siglos en silencio, cedió el paso a los cantares de gesta, que luego degeneraron en libros de caballerías. Los poetas del Renacimiento recuperaron tópicos de la épica clásica griega como el héroe contra el mundo monstruoso o el encuentro de nuevas culturas de extrañas costumbres. Pero también emplearon elementos que Tolkien usaría en su obra: armas con nombre, como la Tizona del Cid; criaturas fantásticas como los elfos, los enanos o las apariciones fantasmales; armaduras encantadas o amuletos mágicos.

Pese a ello, ni la épica clásica ni el cantar de gesta renacentista combinaron estos elementos con materiales de pura fantasía, a diferencia de los grandes romances y libros de caballerías de finales del Medievo que veremos más adelante.

Podéis leer mis otras entradas sobre El origen de El Señor de los Anillos aquí.

1 thought on ““El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: XIII. El cantar de gesta”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s