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“El origen de El Señor de los Anillos”, de Lin Carter: XIV. Los libros de caballerías

Muchos romances han hecho los hombres

De valientes guerreros fuertes y leales;

De Roldán y Oliveros,

Y de todos los famosos pares;

De Alejandro y Carlomagno;

Del rey Arturo y Gawain,

De la cortesía de estos caballeros,

De Turpín y Ogier el Danés.

Romance de Ricardo Corazón de León

Conocemos los romances con ese nombre porque fueron escritos en francés, italiano o español, también conocidas como lenguas romances (o derivadas del latín, la lengua de los romanos). Su composición supuso el compendio de una literatura heroica mucho más amplia que el anteriormente visto género épico grecorromano. No obstante, su calidad fue menor.

El cantar de gesta aprovechó varios elementos de la épica clásica y los transmitió a los libros de caballerías. Algunos ejemplos de esto son el héroe sobrehumano, la heroína, el villano, el fuerte contexto sobrenatural, la intervención divina en asuntos humanos y la guerra y la épica, que funcionaban como motor de los temas secundarios de la obra.

Pero, además de incluir características clásicas, el romance también incluyó nuevos personajes arquetípicos como el mago o el brujo y los hizo funcionar, en ocasiones, como ejes centrales de la composición, a diferencia de los personajes clásicos equivalentes que funcionaban como secundarios en la épica clásica (el alquimista, el astrólogo, el intérprete de sueños…).

Otra inclusión destacable fue la de la magia. La magia estaba prácticamente ausente en la épica clásica, si bien las manifestaciones sobrenaturales aparecían en forma de sucesos divinos o criaturas híbridas como la Quimera o el Minotauro. Podríamos considerar, de hecho, que la ausencia de magia en la épica clásica se deba a su marcada religiosidad (sus grandes obras eran las obras referenciales de los creyentes politeístas) y que, la posterior aparición de magia en los libros de caballerías se deba a la pérdida de esa fe clásica, pues la magia es una especie de degeneración (o evolución, según se mire) de la religión en la que el hechizo sustituye al rezo.

El Amadís de Gaula fue la obra más influyente de los romances o libros de caballerías. De hecho, lo fue tanto que introdujo el subgénero como tal y creó una fantasía tan cuidada que todavía sigue influyendo en obras actuales (aunque sea de forma indirecta). Tanto su autoría como su fecha de composición son objeto de controversia. Tampoco se sabe si su lengua original fue el portugués o el castellano.

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Edición conmemorativa del Amadís de Gaula (Espasa-Clásicos)

El mundo de Amadís es sencillamente espléndido, un abigarrado e impresionante tapiz lleno de intrincados y prodigiosos detalles; extraños palacios de un mármol tan pálido como la luna y tan blancos como el hielo labrado, se elevan en los brumosos linderos de bosques encantados envueltos en un místico resplandor purpúreo y habitado por bandidos desesperados o perversas hechiceras.

El Amadís de Gaula empezó siendo un tomo único, y terminó pudiendo ocupar medio estante de una biblioteca. Esta extensa obra debe ser, a lo sumo, tres veces más larga que la trilogía completa de Tolkien y diez veces más complicada. A parte de innumerables extensiones del relato original, el Amadís contó con imitaciones como Palmerín de Inglaterra, Felixmarte de Hircania, Belianís de Grecia, Olivante de Laura, Tirante el Blanco o Partenopex del Bosque.

Así, el género de las epopeyas caballerescas no tardó en caer en corrupción porque sus autores parecían sentir una imperiosa necesidad de superar constantemente a sus compañeros con encarnizadas hipérboles, ilógicos contextos mitológicos entremezclados y su adaptación de la obra a producto local. Esto supuso una suma de exageraciones a cada cual más surrealista y enrevesada, y terminó haciendo de los libros de caballerías un género a parodiar.

A pesar de todo, para entonces toda la tradición había perdido vitalidad y prácticamente ya no necesitaba que la rematara la espléndida sátira de Cervantes, que vio la luz poco después.

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