·Título: A room of one’s own (Una habitación propia)
·Autora: Virginia Woolf 
·Traductora: Catalina Martínez Muñoz
·Género: ensayo feminista
·Fecha de publicación: 1929
·Edición: año 2012
·Editorial: Seix Barral
·Número de páginas: 160

Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse.

Creo que los rasgos más característicos de Adeline Virginia Stephen son conocidos por cualquier amante de la literatura. De Virginia Woolf (como se le conoce mundialmente) ya hablamos de manera superficial en este espacio, con la crítica que publicamos a A Virginia le gustaba Vita de Pilar Bellver. De hecho, hace poco me di cuenta de que no había ninguna crítica a una obra de Woolf en A Librería y me decidí a poner remedio a ello (pero si me seguís desde hace tiempo, sabréis que en mi anterior blog Las mentiras que escribí analicé brevemente varias obras suyas). Mi idea es rescatarlas por aquí en un futuro. ¡Permaneced atentos!

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Nació en Londres el enero de 1882 y falleció 59 años después en Lewes, como es sabido, suicidándose en el río Ouse tras arrastrar una terrible enfermedad, de la que hay una importante huella en su literatura. De buena posición, fue novelista, ensayista, editora y feminista. Es considerada una de las figuras más importantes del modernismo literario del siglo XX.

Entre sus obras más famosas que, supongo, conocemos todos se encuentran La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928) y Las Olas (1931). También me gustaría señalar como gusto personal Flush (1933), que es una novela corta y amena para iniciarse en la narrativa de esta escritora británica. En cuanto a la obra que ocupa esta crítica, Una habitación propia (1929) se trata de un largo y célebre ensayo muy citado en el movimiento feminista.

Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. Todavía estaríamos grabando la silueta de los ciervos en los restos de huesos de cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo que sedujera nuestro gusto poco sofisticado.

¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? Este fue el punto de partido que tomó Virginia Woolf cuando, en 1928, le propusieron dar unas charlas sobre las mujeres y la novela. Fruto de esto contamos con esta conocidísima cita:

Démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor

La manera que en la que se introduce en la obra es, cuánto menos, peculiar. Toma como voz narradora al personaje Mary Beton, con quien guarda inevitables similitudes. Esta acertada belleza se encuentra el lector en la primera página:

Me hallaba yo, pues (llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o cualquier nombre que os guste, no tiene la menor importancia), sentada a orillas de un río, hará cosa de una o dos semanas, un bello día de octubre, perdida en mis pensamientos. Este collar que me habíais atado, las mujeres y la novela, la necesidad de llegar a una conclusión sobre una cuestión que levanta toda clase de prejuicios y pasiones, me hacía bajar la cabeza. A derecha e izquierda, unos arbustos de no sé qué, dorados y carmesíes, ardían con el color, hasta parecían despedir el calor del fuego. En la otra orilla, los sauces sollozaban en una lamentación perpetua, el cabello desparramado sobre los hombros. El río reflejaba lo que le placía de cielo, puente y arbusto ardiente y cuando el estudiante en su bote de remos hubo cruzado los reflejos, volviéronse a cerrar tras él, completamente, como si nunca hubiera existido. Uno hubiera podido permanecer allí sentado horas y horas, perdido en sus pensamientos. El pensamiento —para darle un nombre más noble del que merecía— había hundido su caña en el río. Oscilaba, minuto tras minuto, de aquí para allá, entre los reflejos y las hierbas, subiendo y bajando con el agua, hasta —ya conocéis el pequeño tirón— la súbita conglomeración de una idea en la punta de la caña; y luego el prudente tirar de ella y el tenderla cuidadosamente en la hierba. Pero, tendido en la hierba, qué pequeño, qué insignificante parecía este pensamiento mío; la clase de pez que un buen pescador vuelve a meter en el agua para que engorde y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No os molestaré ahora con este pensamiento, aunque, si observáis con cuidado, quizá lo descubráis vosotras mismas entre todo lo que voy a decir.

Nuestra protagonista es una mujer acomodada y que goza de cierta independencia económica (recibe unas quinientas libras al mes gracias a una herencia de su tía y, además, cuenta con una habitación independiente). Me sorprendió y me deleitó el estilo que he encontrado entre estas páginas de mi admirada Virginia, pues dista de ese entramado difuso e indescifrable que nos encontramos en la mayoría de sus novelas. En Una habitación propia el lenguaje es casi cercano, irónico y puramente crítico. Parece que cuando la escritora se sentó a perfilar este ensayo estaba realmente enfadada al encontrar la poca presencia de la mujer en la novela del s. XX.

A lo largo de este extenso ensayo (que, por otro lado, se lee en una sola tarde) analizará las razones por las que, según su juicio, las mujeres escritoras han sido relegadas, invisibles y poco valoradas. Sus argumentos son complejos y es difícil resumirlos aquí, pero podemos hacernos una idea. Virginia (o, mejor dicho, Mary Beton) analiza esta situación de dependencia económica, de ser madres, de ser esclavas del hogar y de las mil y unas prohibiciones.

El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada». El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»

Por ejemplo, al inicio de la obra se cita que la mujer por fin ha conseguido el derecho a voto (un gran logro en aquel entonces, aunque ahora nos parezca escandaloso) pero, al mismo tiempo, se nos muestra cómo Mary (y todas las mujeres) tienen vetado el acceso a la formación universitaria y a otros lugares como la biblioteca. Y Virginia Woolf hace hincapié en este aspecto indignándose tanto como lo haría cualquier persona (hombre o mujer, quiero pensar) hoy en día.

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Analizando este tema, introduce un personaje que a mí, personalmente, me ha fascinado. Se trata de Judith, a la que se refiere como la hermana de ShakespeareMediante ella refleja una situación que se me antoja horrible y cruel: ella, por el mero hecho de ser mujer, está privada de desarrollar su talento dado que todas las puertas están cerradas. Esta Judith permanece enclaustrada en el hogar y sus quehaceres mientras William puede salir al colegio y pasar las horas leyendo libros. Cuando ella se niega a casarse, su padre le obligará a hacerlo con suma violencia. Al final, mientras Shakespeare sigue su vida, Judith se suicida y su legado se convierte en sombras.

Los gatos no van al cielo. Las mujeres no pueden escribir las novelas de Shakespeare.

La imagen es desesperanzadora y me enrabieta. A Virginia Woolf también le produce ira y tristeza, pero nos transmite ese mensaje con cierto sosiego, porque ella está por encima de esas consideraciones. Ella también ha sido mujer y se ha quedado en casa mientras sus hermanos iban a la escuela. Sin embargo, gracias a su posición acomodada y a que no ha tenido hijos, ha podido escribir lo que cita como un libro mejor.

También hay un espacio para la maternidad, porque existe una clara relación entre ser mujer y encargarse de criar a los hijos. Aquí Woolf hace un inciso claro y, diría, racional:

Debéis, naturalmente, seguir teniendo niños, pero dos o tres cada una, dicen, no diez o doce.

Por supuesto, deja espacio para hablar sin paños calientes del lesbianismo. Esto lo hace de la mano de la escritora ficticia Mary Carimichael. No es ningún secreto la existencia de romances con otras mujeres a lo largo de la vida de Virginia Woolf, y a esto se refiere con sencillez y honestidad:

Entonces, puedo deciros que las palabras que a continuación leí eran exactamente éstas: «A Chloe le gustaba Olivia…» No os sobresaltéis. No os ruboricéis. Admitamos en la intimidad de nuestra propia sociedad que estas cosas ocurren a veces. A veces a las mujeres les gustan las mujeres

No puedo terminar este análisis sin referirme a la multitud de referencias de otras autoras a las que Virginia Woolf admira y de las que toma cierto contenido para dar consistencia a su ensayo. No podía faltar Jane Austen a la que se refiere con insistente admiración o Emily Brontë. Vierte también opiniones sinceras, pero en tono negativo, a Lady Winchelsea y Margaret de Newcastle. Supongo que este tipo de nombres fueron elegidos por su utilidad a la hora de ilustrar al público de la época.

En conclusión, otra pequeña gran joya de la autora británica que es, sin lugar a dudas, imprescindible. Y ya no solo por su valor literario y narrativo, sino por su contenido ideológico y feminista del que todavía hoy, podemos aprender muchísimo.

Por cierto, os invito a visitar esta entrada del blog Maleducadas en la que analizan también esta obra de Virginia Woolf con mucho acierto y buen juicio. 

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

Valoración: Imprescindible 

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14 comentarios sobre ““Una habitación propia”, de Virginia Woolf

  1. Este año tenía como reto personal leer algo de esta autora pero al final no lo hice. Bueno, todavía tengo diez días para remediarlo, aunque lo veo harto difícil. Me intriga su persona y quiero saber cómo escribe y lo que escribe. No soy lectora de ensayos pero tengo esta misma novela en mi estantería esperando a que la descubra. Con tus palabras me has empujado un poquito más hacia ella.
    Un abrazo

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