El amor era a veces maravilloso y a veces doloroso, pero el fútbol nos hacía vibrar a todas.

·Título: Los dulces años del fútbol
·Autora: Marta Català
·Género: narrativa / romántica / intimista
·Fecha de publicación: 2017
·Editorial: autopublicada
·Número de páginas: 231

Aquí debería empezar a escribir la biografía de Marta Català en una tercera persona correcta y técnica. Pero resulta que navegando en su reciente página web, he encontrado la autodefinición que hace sobre ella misma y creo que nos viene como anillo al dedo para presentar a esta escritora valenciana y a la historia de la que estoy a punto de hablaros.

Nací en Valencia, en 1978, año en que Mario Alberto Kempes, ídolo del Valencia CF y pichichi de la Liga, se proclamaba campeón del mundo con Argentina. Fue el año del estreno de Grease, Supermán, Halloween y La invasión de los ultracuerpos. Carmen Conde se convirtió en la segunda mujer en ingresar en la Real Academia Española y en China (y esto no tiene nada que ver con Carmen Conde) se levantó la prohibición sobre las obras de Aristóteles, Shakespeare y Charles Dickens!

El tiempo pasa pero continua mi idilio con la ficción, el cine y sí… el fútbol. Si todo en el Universo está en continuo cambio y movimiento, mi mente, mi escritura y mis lecturas también lo están. No sé dónde llevará este camino, ni siquiera si es lineal o avanza en espiral, pero me encantará que nos encontremos en algún punto y charlemos…

Yo no lo podría haber expresado mejor. Pero, además de esto, tengo que especificar que ya es bastante veterana en esto de autopublicar. En 2016 publicó la novela negra Vendrá la noche (de la que dejé una breve opinión en Goodreads) y participó en la antología de relatos lésbicos Cada día me gustas más (2016) publicada por HULEMS. Por cierto, en su página podéis leer en línea un guion de cortometraje titulado A Contracorriente.

Para nosotras, niñas aisladas de un colegio femenino a diez kilómetros de Valencia, visitar una escuela mixta de la capital era un acontecimiento.

Es justo el día de la caída del muro de Berlín cuando Ana Samper, de once años, atraviesa sus propios muros. Alumna de un colegio privado y religioso, disfruta de una visita a un centro público. Es en esa excursión la primera vez que ve a Zárate, una niña que juega al fútbol mejor que cualquier otro chico. De ese breve encuentro se propicia una tierna amistad que no dura mucho. Por circunstancias familiares, Ana es enviada a un internado a Suiza, demasiado lejos de Valencia.

Aquello era como lanzar un mensaje en una botella, pero lo bueno de ir a un colegio de monjas era que yo estaba entrenada en la fe.

Tengo que confesar que son pocas las ocasiones que me siento a escribir un análisis de un libro con tantas ganas. Esto es debido a que, de nuevo (como ha ocurrido con mis dos anteriores críticas) se trata de una lectura por placer sobre la que he sentido la necesidad de escribir. Supongo que es porque Ana y Zárate me han regalado tan buenos momentos que quería devolverle el gesto a estas tiernas niñas (y a Marta, claro). Empecé a leer Los dulces años del fútbol justo al terminar La isla y los demonios. Esto, de algún modo, conectó una historia con la otra y me sorprendió ver que Ana Samper tenía bastantes cosas en común con la Marta Camino de Laforet. Ahí dejo esta comparación para que os sirva de referencia, sobre todo si estáis en busca de una nueva novela de estas inolvidables. Pero no me entretengo más. Al lío.

La historia está narrada desde la perspectiva de Ana en primera persona, por lo que la unión del lector con la muchacha será plena. Los hechos transcurrirán desde 1989 hasta 1995 (más o menos). Así que podemos disfrutar de un buen bocado de unos años trascendentales de una niña que pasa a la adolescencia y, poco a poco, se va convirtiendo en mujer. Lo admito, me encantan las historias ambientadas en esta franja de edad, sobre todo cuando surgen de un espíritu que busca otorgar visibilidad a historias que también han existido, aunque relegadas a un tono más clandestino, más íntimo, más silencioso.

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FanArt de la novela (por Gemma Martínez)

El estilo que Marta Català emplea en esta novela es puramente típico de la novela intimista. Está plagado de reflexiones y de pensamientos, por lo que los sentimientos de Ana son una de las principales bazas de las que gozaremos a lo largo de toda la historia. Pero en los diálogos existe un gran atractivo. Y aunque estos suelen estar formado por intervenciones breves, dotan  a los personajes de alma sin que apenas nos demos cuenta. Con pocas pinceladas, la autora logra mucho. Algo muy complicado de conseguir, como sabéis.

Comprobé que cada tres minutos la luz de la escalera se apagaba y, entonces, allí sola, me sentía en el interior de una ballena.

Pero no se trata de una novela breve, aunque me lo ha parecido pues prácticamente la he devorado en un par de días. Es una de estas lecturas que se saborean despacio, que entran en materia poco a poco, que funcionan como una máquina del tiempo. Nos transportaremos a esa dulce edad de la adolescencia, donde la inexperiencia es lo que nos permite vivir de verdad y donde, aunque tengamos miedo, no conocemos el riesgo ni el pudor que sufrimos en la edad ya adulta.

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Esos dulces años del fútbol es a lo que ha querido referirse la autora con el título, que es toda una declaración de intenciones. Y dado el contexto y el lugar (es casi como un homenaje a la ciudad de Valencia… ¡E incluso a sus Fallas!), preparaos, porque habrá nostalgia de la buena. Y aunque la historia arranca cuando yo todavía no había tenido el placer de nacer, las referencias a lo largo de trama no me son ajenas y me hacen viajar a esos años de la infancia (como las referencias a la caída del Muro de Berlín, los Juegos Olímpicos de Barcelona o, incluso, la muerte de Antonio Flores). Pero, sobre todo, me ha recordado a los años en los que iba al colegio y veía, desde el patio, como una o dos niñas se animaban a jugar al fútbol como los niños.

Entonces la vi. Estaba entre los muchachos y se disputaba el balón con ellos. Era la primera vez que veía a una chica jugar a fútbol.

Como comentaba unos párrafos más arriba, es la visita a ese colegio lo que pondrá en marcha el mecanismo de liberación de la mente de una Ana de tan solo once años. De pronto, esa tal Zárate se convierte en una especie de sana obsesión y nuestra protagonista no cejará en su empeño de cultivar su amistad. La niña comprueba con alegría que la futbolista cuenta con el jabón que ella misma elaboró en su colegio de monjas (con un curioso mensaje de devoción religiosa), lo que la anima a intentar un acercamiento.

Yo, queriendo ser más fervorosa que transgresora, escribí: “La Virgen te ama con locura”

Pero en esos tiempos todavía no había estallado la fiebre de los móviles, así que la única manera que encontró Ana de seguir en contacto con Zárate fue la correspondencia.

Ana empieza a escribirle cartas plagadas de ilusión a Zárate. Son unas crías, y todavía no hay atisbo de romanticismo, por lo que los primeros pasos para conocerse ocurren en la más inocente y bonita amistad. En estas cartas, conoceremos la mente de las dos niñas, los diferentes estilos que tienen de escribirse y sus variopintas inquietudes. A Ana comienza a fascinarle lo diferente que es Zárate, que rompe con todos los moldes establecidos de lo que se supone que tiene que hacer una chica. Si hoy en día todavía luchamos contra los estigmas del sexismo, echad la vista atrás unos veinticinco años y ya me contaréis.

Soy una persona incompleta, esperando recuperar mi totalidad y darme cuenta de eso me asusta.

Las cartas de Zárate girarán en torno a su pasión por el fútbol, pero lo cierto es que la muchacha será prácticamente como una tabla rasa para el lector hasta bien avanzada la historia. Podría reprocharle a Marta que no nos haya dejado disfrutar más de este enigmático personaje, pero hay que reconocer el gran mérito que tiene. Con muy poco, llegamos a saber lo más vital del carácter y de la personalidad de la muchacha, apenas son necesarios unos gestos y un puñado de palabras para conocerla y, lo que es más complicado todavía, para sentirnos fascinados por ella.

Nos quedamos en silencio, tendidas allí, agotadas por el esfuerzo. Después giramos, todavía en el suelo y nos quedamos frente a frente. De pronto tenía muchas ganas de abrazarla. Nunca la había visto tan abierta a mí como en ese momento.

La novela tiene vida propia y, tal como son nuestras circunstancias cuando somos unos críos, Ana es arrancada de Valencia para ser internada en un colegio en Suiza. Aquí cabe destacar las complicadas circunstancias familiares de la joven: no tiene padre, lo que no le supone un trauma pero sí que es una ausencia plagada de silencios. Su madre es un ente lejano, más ocupada en su trabajo que en su hija a la que apenas ve. Durante el tiempo que vive en Suiza, Ana será una niña bastante feliz e independiente a pesar de esta soledad. Allí vivirá una profunda relación de dependencia con una compañera, Valeria, que empezará a despertar en ella los atisbos de la homosexualidad.

Las circunstancias, sin embargo, son caprichosas y la niña será devuelta a España cuando ella ya no deseaba volver. Pero allí la espera de nuevo Valencia, una vida bohemia con su tío Jesús y su fantástico grupo de amigas que será, os aviso, una auténtica delicia. ¡Ah! Y sí, por supuesto, el fútbol.

El fútbol no te va a llevar a ninguna parte. Es una pérdida de tiempo y solo te hará una inadaptada.

A pesar de que esta crítica está siendo extensa (¡ñam!) creed que me estoy dejando muchísimas cosas en el tintero, y sigo teniendo la impresión de no hacerle justicia. Pero no quiero seguir destapando más secretos que os podréis encontrar en las páginas de Los dulces años del fútbol, así que aquí dejo el resumen, dando fe de que está incompleto.

Temáticamente, abarca una gran multitud de temas muy importantes. Por supuesto, la homosexualidad tiene un componente fundamental: su autodescubrimiento, el difícil impacto social que podía suponer por aquel entonces y lo complicado que resulta definirse a uno mismo. Con mucho acierto, Marta Català recurrirá a diferentes referencia a La poesía de Safo, una obra que caerá en las manos de Ana gracias a Norma, una buena amiga de su tío.

Norma hablaba como si fuera lo más normal del mundo que una mujer escribiera poemas de amor a otras mujeres y yo, que no lo veía nada normal, no quería parecer tonta.

—¿Estás leyendo algo ahora mismo?
—La poesía de Safo—dije.
Emma abrió mucho los ojos.
—¿Eres lesbiana?
—¡No, claro que no! Safo canta a la amistad y al amor en general.

 

El reflejo de unas circunstancias familiares muy diferentes, tanto en el ámbito de Ana, como en el de su grupo de amigas e, incluso, Zárate, dejará entrever esta diversidad que a veces es la gran olvidada en muchos de los libros que han caído en mis manos durante todos estos años. Y, claro está, la amistad será un componente indispensable que lo moverá todo. ¿Acaso no recordáis lo que implicaba nuestro grupo de amigas en la adolescencia? Prácticamente, eran nuestro mundo, todo lo que necesitábamos día a día.

Nosotras éramos una bonita estampa con nuestros uniformes: camiseta azul eléctrico y pantalón blanco, las medias azules hasta las rodillas y nuestras zapatillas deportivas.

Hay que tener en cuenta la poderosa denuncia social que lleva a cabo Marta Català en esta novela. Como ya mencioné, la rotura de tópicos, el feminismo, el papel real de las mujeres y la libertad. Pero no solo eso, también hay espacio para hablar de las desigualdades sociales tan injustas y el cómo las clases sociales dominantes podían marcar la vida y el futuro de esas niñas.

En conclusión, Los dulces años del fútbol es una obra preciosa. La forma es correcta, y se va asentando poco a poco en un estilo pulido y concreto. La ambientación nos inunda con delicada nostalgia y nos sumergirá, de lleno, en aquellos maravillosos años que sabemos no olvidaremos jamás. El fútbol es una fórmula excepcional y original para hablarnos de mucho más: de superación, de amistad y de amor. Y todo esto, en una ciudad de Valencia que late al son del corazón de Ana y Zárate.

En el corazón de Valencia, en el serpenteante cauce que atravesaba la ciudad, en esa isla verde, yo captaba toda la vitalidad de la juventud.

Valoración: Sí, recomendable

Adquiere Los dulces años del fútbol aquí.

Ana, no pierdas estos años. Vívelos a tope, quémalos. Ama, Ana, ama. Lo mejor está pasando ahora y después… desaparecerá y solo quedará la sombra.

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