·Título: No son molinos. Una antología de cachava y boina
·Autoría (por orden de aparición): Juan Teso Fuentes, Juanma Santiago, Luis Besa, Cristina Jurado, Daniel Pérez Navarro, Alicia Pérez Gil, Ana Roux, Layla Martínez, Raquel Froilán, Nieves Mories, Virginia Buedo, Eduardo Vaquerizo, Mª Concepción Regueiro Digón, Alejandro Candela Rodríguez, Albert Kadmon, J. G. Mesa, Yolanda Camacho, Haizea M. Zubieta, Daniel Arévalo, Raúl Gonzálvez del Águila, Adolfina García y Enerio Dima
·Ilustración de portada: Juan Alberto Hernández
·Género: antología de relatos
·Fecha: diciembre de 2017
·Editorial: Cerbero
·Número de páginas: 624

No son molinos, son molones

Largo y tendido se ha hablado sobre el género de cachava y boina durante los meses anteriores a la publicación de esta antología. Al principio de esta convocatoria (que contó con más de medio millar de relatos presentados y con una gran participación femenina), se nos anticipó en la página web de la editorial un resumen de «El Gran Tocho», el maravilloso prólogo con el que Juanma Santiago nos ayuda a comprender los pormenores del género, sus influencias y las consecuencias que lo llevaron a desaparecer (al menos como término) del panorama literario español hace unas décadas.

El prólogo abre la antología tras un destacable poema de Juan Teso Fuentes y nos explica la necesidad de crear historias de género ambientadas en una España rural, profunda, alejada y misteriosa. Luego, nos habla de las consecuencias que llevaron al género de cachava y boina a permanecer oculto, pero insiste en que la principal es el carácter realista que siempre se le ha atribuido a la literatura española. Dos ejemplos de obras que se anticiparon al género y que, por lo tanto, influyeron directamente en él son Leyendas (1864), de Gustavo Adolfo Bécquer y Sin noticias de Gurb (1990), de Eduardo Mendoza. Podéis leer la reseña de esta última obra haciendo clic aquí.

Pero el trasfondo principal del género de cachava y boina, la batalla histórica entre ciudad y campo, no deja de ser una metáfora de esos combates que, pese a haber permanecido relevados, cuentan con siglos de antigüedad: lo céltico contra lo íbero, lo romano contra lo púnico, lo pagano contra lo cristiano… Un ejemplo claro de esta confrontación la podemos observar en la apuesta cinematográfica de Guillermo del Toro, El laberinto del fauno (2004).

El origen de la etiqueta de cachava y boina se acuñó para enmarcar al que fue y sigue siendo el más representativo de sus relatos, «Gómez Meseguer y el ogro Santaolaya», de Daniel Mares. Más tarde, este relato fue agrupado junto a otros representantes del género en una antología conocida como Cuentos fantásticos de la España profunda, que incluía, por ejemplo, obras de Elia Barceló y Javier Cuevas.

La cachava y boina murió sin haber nacido, víctima del exceso de hype.

La cachava y boina no desapareció, siguió viva en espíritu y fue etiquetada de mil formas, pero el término cayó en el olvido pese a obras como Cenital, de Emilio Bueso o El secreto del orfebre, de Elia Barceló. Y ese olvido inmerecido es el motivo principal de esta antología que reúne a algunos de los mejores autores de género de nuestro país junto a voces emergentes: la cachava y boina debe resurgir de sus cenizas de rastrojos quemados al atardecer.

El renacer de un género

Debido a la extensión de la obra, he decidido dividir esta reseña en dos partes. Cada una, como no podía ser de otro modo, incluirá el comentario de diez cuentos de la antología. En cualquier caso, son tan variadas sus formas, estilos y temáticas (pese a contar con claras similitudes basadas en nuestra España rural), que cada relato de los que componen esta primera mitad me ha maravillado de uno u otro modo. Me ha parecido un acierto la mezcla de relatos invitados y seleccionados. La calidad de estos dos grupos participantes es, en cotas generales, apabullante.

Es fácil entender el motivo por el que «Vida del Padre Lobis, el verdadero lobizón de Nueva Vizcaya», de Luis Besa, fue el relato seleccionado para inaugurar la antología. En su trato del lenguaje encontramos todo un homenaje a lo antiguo, a lo rural, a lo profundo. Se entrevé, tanto en los hechos históricos que sirven de trasfondo como en el propio uso del lenguaje que ya hemos mencionado, una gran labor de documentación y estudio. Un detalle que aporta verosimilitud al relatar de los hechos de fray Mosquete, el narrador que nos cuenta las desventuras del Padre Lobis y como este se transforma en hombre lobo o lobishome. Tras eso, y como bien anticipa su nombre, se explica la estrecha relación que guarda el cura con sus compañeros licántropos. ¿Es su propio nombre una ironía, un anticipo, una jugarreta del destino del personaje?

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La gran Cristina Jurado (CloroFilia, 2017) nos deleita con «Temblores», un relato extraño, hipnotizante y cargado del new weird que parece caracterizar gran parte de su obra. Como ya vimos en CloroFilia o en «Segunda muerte del padre» (Cuentos desde el Otro Lado, 2017), hay retazos de poesía en la escritura de Jurado y, en «Temblores», esta lírica pone de manifiesto el maltrato constante que ejercemos sobre el planeta Tierra pese a ser sus hijos. Además, se contrapone este concepto al del maltrato familiar. Esto lo logra explicando el extraño suceso tectónico que ha juntado los pueblos de Lora del Campo y Pinares hasta casi hacerlos uno solo.

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Daniel Pérez Navarro (Los príncipes de madera, 2017) nos sorprende con una estructura textual que roza lo antiliterario. «Quién, cuando yo grite, me escuchará» es un diálogo sobre un accidente en el parque temático Ruralworld (un lugar muy a lo Westworld) sin acotaciones, liberado del añadido artificial que a veces conlleva el traslado de lo oral a lo escrito, en el que, gracias al uso de repeticiones e interrupciones constantes, se logra crear un ambiente tenso en el que, como a veces sucede en nuestro día a día, uno de los dos personajes (Miguel San Miguel) no escucha al otro (Eloy Santos).
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«El Ovillo», de Alicia Pérez Gil (Inquilinos, Barro y Carne) es un relato de terror en el que una misteriosa finca que tiene vida propia llevará hasta las últimas consecuencias a Pedro y Luz, sus habitantes. De nuevo, con un estilo impecable y fascinante, que sabe mantener la tensión y maravillarnos, entrevemos entre las líneas de la autora cierta crítica social hacia la tozudez, el egoísmo y el maltrato que ejercemos sobre la naturaleza.

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–De aquí no sale nada porque solo queremos sacar, madre. Pero no le damos nada a la tierra, ni a la casa.

En «La sombra del candil», de Ana Roux, dos guardias civiles deben investigar el asesinato de un sacerdote. Tanto su premisa como su trasfondo son meritorios y están muy trabajados. Al componente histórico cabe sumarle una reinterpretación de algunos hechos del pasado (decir reinterpretación quizás es poco) y el componente mitológico con el que juega. Es destacable también su mensaje feminista y el conflicto entre el campo y la ciudad; los españoles somos lo rural y los franceses lo urbano.

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Estaba convencido de que los gendarmes recibían instrucciones explícitas de no desfruncir el ceño desde que cruzaban la frontera de los Pirineos hasta que volvieran a estar de vuelta. Y a lo mejor también les permitían sacarse el palo del culo.

«Luminarias», de Layla Martínez presenta una premisa que mezcla terror y ciencia ficción y que se enmarca dentro de un ambiente misterioso. Su estilo es bello, directo y entremezcla imágenes impactantes con diálogos ambiguos. Este relato de cachava y boina se divide en diecinueve pequeños capítulos que mezclan puntos de vista de una población distópica de extrañas costumbres. ¿Qué son esas luces en el cielo? La conspiración política se mezcla con lo esotérico pero, ¿quién tendrá razón?

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Las luminarias aparecieron a primera hora de la tarde. Rodearon las piedras escarpadas del monte y se detuvieron a media ladera. Las encinas brillaban como estrellas incandescentes.

«Deli Bal», de Raquel Froilán, es mi relato favorito de esta primera mitad. En él, observamos la vida de el Rubio, un extraño apicultor que, un día, sufre un accidente. A partir de entonces, la miel que fabrica y vende repartirá distintos efectos entre sus consumidores. Efectos tan extraños que rozan algunas situaciones que me han recordado a Bienvenidos al bizarro (2017).

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«Lemmings», de Nieves Mories (La chica descalza en la colina de los arándanos, 2017) presenta la relación entre un abuelo, su nieta y las historias sobre la destrucción de su pueblo que este le explicaba de pequeña. La magia del agua y los misterios que entrañan los rincones ocultos de la mitología ibérica son la premisa principal de este cuento.

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En «Cuidate, hija, de la Garduña», de Virginia Buedo nos ponemos en la piel de Sara, una adolescente que no soporta el pueblo de su abuela y que, además, odia que no la dejen salir por la noche. Según las viejas del lugar, la Garduña, una especie de secta que adora a un Señor Oscuro, deambula por las calles secuestrando a los pequeños. Cuentos de viejas. Destacable la tensión que sabe mantener la autora durante todo el relato.

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–En este pueblo hay cosas oscuras que se ocultan, niña. Cosas que conocemos, pero de las que no hablamos, porque es mejor no invocarlas; lo único que podemos hacer es quedarnos fuera de su camino. Por eso no salimos a la calle de noche: porque la oscuridad es su territorio.

Eduardo Vaquerizo (Dioseros, 2017) nos sorprende con «No se tira nada», un relato de terror cargado de oscuridad y de tensión en el que se nos va introduciendo en una situación de la que, al finalizar el relato, no podremos huir. Guzmán y su familia van a pasar unos días al campo con la idea de que la salud de los pequeños mejore. Destacable el tempo con el que mide la acción y la habilidad que tiene este autor para hacernos llegar las consecuencias de los actos de sus personajes. El título es un gran acierto de cuya profundidad no nos damos cuenta hasta el final.

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Quizá aquellas dimensiones megalíticas eran necesarias para defenderse del invierno, de la noche, de las avalanchas de nieve, de las hordas de hombres lobo…


Y hasta aquí el comentario de la primera mitad de No son molinos. Más adelante comentaré los diez relatos restantes de la antología y debo decir que lo haré con mucho entusiasmo, pues en esa segunda mitad se encuentran mis dos relatos favoritos.

¿Qué os han parecido las ilustraciones que ha hecho Gemma Martínez en honor a la antología? ¿Habéis leído la obra o estáis en ello?

 

2 comentarios sobre “No son molinos. Una antología de cachava y boina (I)

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