·Título: We Have Always Lived in the Castle (Siempre hemos vivido en el castillo)
·Autora: Shirley Jackson
·Traductora: Paula Kuffer
·Género: novela terror íntimo
·Fecha de publicación: septiembre 2012 (edición 2017)
·Editorial: Minúscula
·Número de páginas: 204

–¿Qué lees, querida? Qué bonita imagen, la de una mujer con un libro.

–Estoy leyendo El arte de cocinar, tío Julián.

–Excelente.

Shirley Jackson (San Francisco 1916 – Bennington 1965) estudió en la Universidad de Syracuse. En 1948 aparecieron su primera novela, The Road Through the Wall, y el cuento «La lotería», que se ha convertido en un clásico del siglo XX. Su obra -que también incluye otras novelas como Hangsaman (1951), The Bird’s Nest (1954) o La maldición de Hill House (1959) y los ensayos autobiográficos Life Among the Savages (1953) y Raising Demons (1956)- ha ejercido una gran influencia en Stephen King, Richard Matheson, Jonathan Lethem y Donna Tartt, entre otros escritores. En 1962 publicó Siempre hemos vivido en el castillo, que fue considerada por la revista Time como una de las diez mejores novelas del año. La traducción al castellano por Paula Kuffer data del año 2012.

Y, sin más dilación, os dejo con la sinopsis que figura en la contraportada:

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.» Con estas palabras se presenta Merricat, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, que lleva una vida solitaria en una gran casa apartada del pueblo. Allí pasa las horas recluida con su bella hermana mayor y su anciano tío Julian, que va en silla de ruedas y escribe y reescribe sus memorias. La buena cocina, la jardinería y el gato Jonas concentran la atención de las jóvenes. En el hogar de los Blackwood los días discurrirían apacibles si no fuera porque algo ocurrió, allí mismo, en el comedor, seis años atrás.

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Que contemos con la presencia de esta novela en A Librería es gracias a Carla, creadora del blog Café de Tinta, y a la que seguramente muchas de vosotras ya conoceréis. Y es que es una costumbre bonita entre los que nos dedicamos al honorable oficio de hablar sobre libros el hecho de intercambiar y regalarse títulos… así que, desde aquí, muchas gracias por el obsequio que guardo en mi estantería con todo mi cariño.

Hechas las presentaciones pertinentes, he de decir que no había oído hablar de esta novela ni de su autora. Y que, probablemente, no me habría lanzado a leerla, algo mal hecho por mi parte. Pero no me podéis culpar, y es que la definición del género “terror intimista” es tan extraña como extraña es la historia que se encuentra entre la preciosa portada y la correspondiente contraportada. Breve, de fácil lectura, pero compleja al mismo tiempo y con técnicas narrativas extraordinariamente astutas y modernas (o, casi mejor señalar, atemporales).

―Comeremos una ensalada primavera ―dijo.

―Nos tragamos el año.  Nos comemos la primavera y el verano y el otoño.  Estamos esperando a que crezca algo para luego comérnoslo.

La narración es una primera persona que recuerda a la tercera, desde la dirección de Mary Katherine Blackwood, también llamada Merricat. Tal y como aclara en la sinopsis, la chiquilla vive con su hermana Constance y con su tío Julián, ya de edad avanzada y con un deteriorado estado de salud. La lectora vive encerrada en esa peculiar casa, tan aislada de los hechos del pasado como Merricat se empeña en que así sea, y tan asombrada con la actitud hostil del pueblo que rodea a la familia que dan ganas de entrar en el libro y comenzar a dar bofetones (o algo peor) por doquier.

Sí. Es extraño. Y toda esa rareza está rodeada por una densa niebla que la narradora expande o contrae a placer, caprichosa, juguetona, extraña… ¿Loca? Tal vez. Pero su lenguaje suculento es hábil, los diálogos nos indican una rutina meticulosa, repetitiva, tibia, llena de sombras y de secretos. Las descripciones no son demasiado extensas, pero son insistentes y colmadas de repeticiones. Este recurso (el de repetir) es uno de los más especiales, ya que se utilizará de forma recurrente sin llegar a resultar incómodo.

Así los días pasan. Merricat solo sale al pueblo para comprar la lista de víveres que le prepara Constance dos días a la semana. Ni su hermana ni su tío salen de esa casa. A veces Merricat vive en la Luna. También tiene un gato, su único y mejor amigo, ajeno a todo lo demás. Lo que sí que está claro es que algo escabroso, duro, negro, rodea a esa familia. Nuestra protagonista piensa en que todos están muertos, se imagina caminando sobre cadáveres. ¿Pero quiénes están muertos y por qué?

El resto de mi familia ha muerto.

Las respuestas son ambiguas y el juego entre en bien y el mar recuerda, indudablemente, a la técnica del narrador engañoso que también conocí en Alias Grace de Margaret Atwood.

Pero es en la brillantez del estilo, más que en la historia en sí, lo que la convierte en una novela tan importante y magistral en cierto modo. Y aunque es complicado involucrarse entre sus páginas y empatizar con la rareza de la situación (incluso comprenderla) en un primer momento, la poesía narrativa de la pluma de Shirley no dejará escapar los ojos de las lectoras más exigentes. Y esta es una verdad innegable: desde su inicio hasta su final, fui consciente de que estaba leyendo una de estas historias mayores, inolvidables y únicas. Una pequeña joya muy recomendable.

Valoración: Si, recomendable

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