·Título: La mujer singular y la ciudad (Título original: The Odd Woman and the City: A Memoir)
·Autora: Vivian Gornick
·Traductora: Raquel Vicedo
·Género: memorias
·Fecha: 2018
·Editorial: Sexto Piso
·Número de páginas: 148

 

Oda a Nueva York (con la amistad de fondo)

Pasear por las calles de la ciudad también puede ser una forma de no estar solo o de encontrarse en el mundo. No se trata de tener “una cita con la ciudad” como proponía Carrie Bradshow en Sex and the city como sustitutivo del amor, sino de pensarse y sentirse en ella, como autorrealización, como explora Olivia Laing en La ciudad solitaria (Capintán Swing, 2017) y defiende ahora Vivian Gornick en su segunda novela publicada en castellano, La mujer singular y la ciudad, gracias a la maravillosa apuesta de Sexto Piso (gracias, gracias, gracias).

Muchas veces acompañada, otras en solitario, Gornick recorre Nueva York como lleva haciéndolo toda su vida y recoge porciones de vida de sus habitantes, que terminan formando parte de la suya también. Instantáneas dispares y cotidianas terminan conformando el mejor retrato coral de la ciudad, todo ello a través de la aguda y ocurrente mirada de Gornick, que es más Vivian Gornick aún que en su anterior obra, Apegos Feroces (Sexto Piso, 2017). Un tono más irreverente, rozando la sorna en ocasiones, y mordaz nos sorprende en esta obra para hacernos estallar en carcajadas y querer llamar después a nuestra madre por teléfono para compartir con ella la anécdota, como haría la propia Gornick.

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Esta oda a la ciudad (Gornick confesaba apenas hace unas semanas en el Festival Primera Persona en Madrid que podría pasar toda la vida sin salir de sus calles) es una declaración de amor expresa y ferviente, mucho más verdadera e íntima que las proposiciones de matrimonio, porque si algo detesta Gornick son los imperativos sociales establecidos.

Nueva York (…) es una forma de ser. La mayoría de la gente está en Nueva York porque necesita muestras —en grandes cantidades— de expresividad humana; y no las necesitan de vez en cuando, sino todos los días. Eso es lo que “necesitan”. Los que se van a ciudades más manejables pueden prescindir de ello; los que vienen a Nueva York, no.

O tal vez debería decir que soy yo quien no puede.

Las referencias a la ciudad en la literatura también juegan un papel fundamental en el libro. En este sentido, estamos ante una obra que nos engrandece y nos nutre, llena de hipervínculos a otros libros y autores que también han explorado su ciudad para encontrar las respuestas que no hallaban en el interior de sí mismos. Vemos pasar a Samuel Johnson, Frank O’Hara, Mary Miller o Charles Dickens, entre otros, para finalmente recalar en George Gissing, el creador del término “la mujer singular” en su obra The Odd Women, el mejor calificativo para la mujer feminista según Gornick.

Cada cincuenta años desde la época de la Revolución francesa, se había descrito a las feministas como mujeres nuevas, mujeres libres, mujeres liberadas; pero Gissing había encontrado el término adecuado. Éramos mujeres singulares.

La reivindicación feminista de la autora trasciende el título y el propio concepto de “mujer singular”. Gornick formula —con aún más ferocidad que su obra anterior— una contundente crítica a los convencionalismos sociales (la edad, las etapas de la vida, el matrimonio) y lo hace siempre desde la irreverencia y el humor.

(…) Hace cincuenta años, entrabas en un armario llamado matrimonio. En el armario había dos conjuntos de ropa, tan rígidos que se sostenían de pie. La mujer se ponía el vestido llamado esposa y el hombre, el traje llamado marido. Y eso era todo. Desaparecían dentro de la ropa. Nosotros, hoy, suspendemos. Nos quedamos aquí de pie, desnudos. Eso es todo.

La amistad es el otro gran tema de la novela como forma de alcanzar la plenitud y constituir una familia más allá de los vínculos de la sangre. Así, su gran amigo Leonard se convierte en el coprotagonista del libro, aunque sin alcanzar la centralidad de la madre de Gornick en Apegos Feroces. Se trata más de un recurso para ensalzar este valor (y, por mi parte, he de confesar que sigo echando en falta las referencias femeninas entre el elenco de amigos y colegas de Gornick).

Leonard y yo compartimos la política del daño. La sensación, en nuestro interior, de haber nacido en una injusticia social preestablecida. Nuestro tema es la vida no vivida. La pregunta que ambos nos hacemos es: ¿habríamos inventado la injusticia si no hubiera estado ahí ya —él es gay, yo soy la Mujer Singular— para regodearnos en el agravio? Nuestra amistad se centra en esa pregunta. La pregunta, de hecho, define la amistad —le otorga su carácter y su lenguaje— y me ha ayudado a comprender la misteriosa naturaleza de las relaciones humanas corrientes más que ninguna otra relación íntima que haya tenido.

La mujer singular y la ciudad es una obra imprescindible para los seguidores de la autora, que desprende aún más agudeza, suspicacia e inteligencia. De alguna forma, consigue reconciliarnos con nuestra ciudad por elección y con esa parte de nosotras mismas que se cuestiona a sí misma casi continuamente. Gornick nos demuestra que entrenar la mirada y recurrir al humor pueden ser un buen recurso para salvarse cuando pasear por la ciudad no sea suficiente.

Valoración: Imprescindible

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