·Título: Los absurdos
·Autora: Silvia Zuleta Romano
·Género: novela de ficción
·Fecha de publicación: abril 2018
·Editorial: autopublicada
·Número de páginas: 344

La novela que voy a reseñar hoy ya es el tercer trabajo de Silvia Zuleta Romano. Nacida en Mar de Plata (Buenos Aires), es licenciada en Economía en la UBA. Trabajó en el mundo de la cultura hasta que decidió explorar la ficción. Así, publicó su primera novela Los viajes sonámbulos en 2014. Y, en el año 2017, una recopilación de relatos cortos titulada Cabeza de zanahoria y otras anécdotas. 

Además, cuenta con dos blogs: La guarida de ficción donde escribe acerca de autopublicación y literatura independiente; y el blog El Canguro Filósofo, especializado en filosofía, economía, nuevas tecnologías, bienes intangibles y consumo cultural.

Con Los absurdos vuelve a lanzarse a la autopublicación con una novela de ficción urbana, coral y compleja. Pero antes de entrar en material, ahí os dejo la sinopsis oficial:

El principio de contradicción en lógica postula que una cosa y su contraria no pueden ser verdad al mismo tiempo. Sin embargo, la vida real está plagada de absurdos.

Flavia, veinteañera tardía, antropóloga y con una moral bastante laxa, debe cumplir una misión complicada: matar a un anciano del barrio de Tetuán en Madrid. ¿Por qué una mujer sensata toma esta decisión? Muy lejos del plano de la lógica, Flavia se topará con una galería de personajes que tendrá que luchar como ella con sus propias contradicciones.

Javier, informático español, aterriza en una España devastada por la crisis que le obliga a buscarse la vida con un puñado de trasnochados que se dedican a publicar a autores noveles que no lee nadie. Su antagonista, Andersen, un “niño bien” del barrio de Chamartín que se dedica a elaborar informes desfavorables acerca de la economía española, vive su particular crisis por partida doble: debe lidiar con el divorcio de su mujer Elisa —una pelirroja, abrupta y varonil que se enamora de un cubano de identidad dudosa— y, al mismo tiempo, con la llegada al Ministerio de Economía de un economista aficionado a los gimnasios que promete salvar al país de la bancarrota.

Mientras tanto, Argentina se acerca a los últimos tiempos de una sociedad que solo se ha dedicado a consumir y Carolina, una hermosa morocha que solo vive para su trabajo, debe lidiar con su nueva conquista: un hípster adicto al consumo conspicuo que la fuerza a dedicar una buena parte de su devaluado salario a comprar cosas tan inverosímiles como trajes de buzo para ver peces en las Seychelles o entradas para la próxima Creamfields.

Los absurdos plantea una sociedad que hace una cosa y la contraria con una sonrisa en el rostro. Que defiende unos valores casi como una religión pero actúa perseguida por la inmediatez y el consumo cultural. ¿Podrán encontrar los protagonistas un lugar en una sociedad cada vez más gobernada por el cinismo? Y en un plano más concreto. ¿Será capaz Flavia de asesinar al anciano y seguir viviendo en paz consigo misma y con su entorno?

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Comencé a leer Los absurdos inmediatamente después de terminar El rincón de las cosas que faltan. Y aunque no sería muy lógico hacer una comparativa al uso entre ambas obras, dado que son profundamente diferentes, sí que tienen algo muy importante en común: ambas novelas son puras y bellas rarezas de la literatura independiente.

Aunque la sinopsis es un resumen bastante exhaustivo de lo que nos vamos a encontrar, deja entrever una realidad: la tercera obra de Silvia Zuleta es un laberinto complejo. En sus más de trescientas páginas ahonda en una diversidad de temas, la mayor parte de ellos muy polémicos, enfocados la sociedad y a la política de España y Argentina. Y dado que la trama se desarrolla en la actualidad, muchas de las referencias nos resultarán familiares.

Flavia se puso estratega. Enfrió su sangre. Su mente. Dejó llevarse por la situación. Casi viéndose a sí misma como un personaje de un videojuego que debe sobrevivir y alcanzar algún tipo de tesoro. Fue una milésima de segundo en el que ella se armó. Movió con sutileza los hombros como preparándose para el próximo envite.

—¿Has matado alguna vez? ¿Una planta? ¿Una hormiga?

Ella lo miró. ¿Hormigas? ¿Seres vivos? Bastó un segundo. Un golpe certero en medio del morro y a traición. Quería acabar con su vida. Terminar con el sufrimiento.

La protagonista femenina es Flavia, antropóloga, interesante e importante en sí misma, es el corazón latente de esta historia. En su vida se cruza un anciano que vive solo al que van a desahuciar de su casa. Junto con sus dos amigos (aunque entre ellos existe una evidente contraposición) se instalarán en la vivienda para evitar la demolición del edificio. Javier (el informático) y Andersen (el hombre divorciado con dos hijos) serán dos pilares tambaleantes en la rutina de la joven que verá cómo, a pasos agigantado, su intimidad y su vida carecen de espacio.

Las situaciones vividas entre este trío protagonistas bailan entre la comicidad dramática y el estilo más costumbrista. Valiéndose de capítulos cortos, la autora dosifica la información, aunque con cierto peligro. Y es que al manejar tantas vidas (todas desarrolladas al milímetro) y tanta información, por momentos el personaje narrador cambia, o un párrafo rompe abruptamente con el anterior. Este tipo de rupturas narrativas son un problema importante a la hora de sumergirse en la historia.

Otro punto que quiero señalar es que tiene una importante riqueza en varios sentidos: el castellano con el que escribe Silvia tiene claros componentes argentinos, con estructuras y vocabulario que no empleamos habitualmente en España. Estas influencias se unen al uso de palabras modernas y urbanas para referirse a marcas de ropa, cafeteras de última generación o teléfonos móviles. El cariz de realismo y textura en este ámbito es asombroso. Por supuesto, esta variedad forma parte de la trama: del barrio de Madrid pasaremos a un pueblo tranquilo de Asturias y, por supuesto, también volaremos hasta Buenos Aires. Me da la impresión de que Los absurdos es una novela inmensa que no deja de evolucionar.

Melancolía de tiempos mejores. Del pasado. De la ilusión de que algún día legaría a lograr todo lo que se propusiera. De que sería especial y de que el destino tenía guardado para él un futuro maravilloso. Eso le habían transmitido sus padres. Sus profesores de colegio. Sus amigos. Ahora veía que él era uno más de aquellos seres. Un tipo más. Un maldito pringado que solo servía para escribir estúpidos informes y decir “sí, chef”. La lima. La maldita lima.

En cualquier caso, no era consciente de que aún le tocaba mucho por vivir. Todavía su vida podía ir a peor.

Aunque él no lo sabía. 

El telón de fondo político es importante y de él se vale la autora para hacernos ver la hipocresía de las ideologías de izquierdas o derechas que todos podemos debatir. Una cosa es la que mostramos al mundo y otra muy diferente es lo que somos en realidad. En esa dualidad, de la que no se salva ni Flavia ni Andersen; pero de la que es más representativo Javier, es uno de los puntos claves de la novela y la principal referencia al título.

En conclusión, se trata de una novela ambiciosa y bien documentada. Abarca multitud de temas, de personajes y de situaciones, lo que la convierten en una lectura tan complicada como interesante. A su favor juega su importante papel social, la riqueza de su narrativa y la originalidad en el desarrollo de su historia. En contra, cierto caos a la hora de transmitir todo ese material que, por momentos, es difícil de digerir. No obstante, sigue siendo una obra muy a tener en cuenta y que destaca, eso sí, dentro de la literatura independiente. 

Valoración: Bien, bien

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