·Título: El barbero de Treblinka
·Autor: Santi Osakar
·Género: novela histórica
Editorial: Ediciones El Gallo de Oro
·Número de páginas: 493

Pobre, pobre barbero de Treblinka.

Santi Osakar, natural de Euskal Herria, escribe, según algunos, porque tiene algo que decir y, según otros, porque no tiene otra maldita cosa que hacer. El barbero de Treblinka es su segunda obra tras La estrella de Samarcanda.

La sinopsis que encontramos en la contraportada de la obra nos dice lo siguiente:

El 22 de julio de 1942, los nazis pusieron en marcha la mayor y más sanguinaria operación de ingeniería social de la historia: el exterminio de la población judía de Polonia. Es el comienzo de la Solución Final, que encuentra a Carl Lipman en su barbería de la varsoviana calle Gesia.

Él corta, afeita, peina y atusa de espaldas al mundo. Nunca ha dado la cara, y ahora esa cara está a punto de toparse con su cruz. Una gamada, para más señas. Deportado a Treblinka, escapará de la muerte gracias a la profesión con la que se ha ganado la vida.

Empuñando navaja y tijeras, se las apañará para sobrevivir hasta el estallido de la revuelta, con su verdugo como último cliente. Después, la fuga, el vuelo y el olvido… 

La novela que reseño hoy me ha provocado dos sentimientos encontrados: por un lado, un rechazo total pero, por otro, la obviedad de que, técnicamente, es una buena novela. Quizá por eso esta reseña sea tan difícil de hacer para mí. A continuación vais a encontraros con dos reseñas hechas por la misma persona, pero en este caso me resulta imposible aunar mi yo lector con mi yo crítico y decantarme solo por uno no sería justo.

Mi yo lector dice que es una novela insufrible. Sí, es muy duro y no me gusta ser tan rotunda en mis afirmaciones, pero como lectora que solo busca disfrutar con una novela y pasar un buen rato, no puedo definirla de otra manera. La sucesión de los hechos se me ha hecho lenta. Yo esperaba encontrar una historia de la II Guerra Mundial, un poco distinta a otras que he leído, sí, pero una novela de guerra al fin y al cabo. Sin embargo, me he encontrado con personajes que, siendo muy profundos y perfectamente construidos, mantenían largas conversación con digresiones eternas que me hacían perder el hilo de la narración.

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Estos personajes gastaban el tiempo dando pequeños discursos. Los judíos hablaban de por qué son un pueblo al que todos, hablando mal y pronto, putean. Hablaban de por qué los nazis los aborrecían, de Yahvé, de su situación en el campo… Sin apenas nada de acción. Los nazis, en cambio, solo hablaban de por qué ellos eran una raza superior y de por qué los judíos tenían que ser exterminados.

Como digo, estos discursos se me antojaban interminables, como los capítulos. Por lo general, no puedo dejar un capítulo a medias y, en caso de tener que hacerlo, busco un punto en el que luego pueda retomar la lectura. En este caso era una locura hacer esto, ya que al dejarlo, siempre había algún personaje hablando y después tenía que retroceder algunas páginas para volver a pillar el hilo de lo que se estaba diciendo.

En el avance de las páginas comienza una segunda parte en la que parece que va a haber algo más de acción, una segunda parte con un complot y en el que se nos desvela el curso que ha tomado la guerra que, por cierto, no es el curso real. Y de nuevo nos encontramos con páginas y páginas de datos históricos. Como es natural, al narrar un hecho que no sucedió realmente, nos tiene que introducir en cómo se ha llegado a ese nuevo orden mundial, pero en vez de hacerlo poco a poco lo hace con una extensísima perorata que, como le pasa al protagonista, embota nuestro cerebro. Y sí, hay algo más de acción… en las últimas cinco páginas.

Como lectora, siendo realista, la valoración que le daría sería un “No, por favor”. Pero, como he dicho, esto no sería del todo justo, ya que como crítica tengo que valorar otros aspectos de la obra, como su técnica.

En este caso, a pesar de que argumentalmente la historia no sea muy compleja, los personajes están todos perfectamente retratados gracias a esos largos monólogos que entablan (y digo monólogos porque el que escucha es el protagonista, Carl Lipman, quien, en su silencio, se dibuja a sí mismo). Por otro lado, la labor de documentación que es necesaria en una novela de este tipo es espectacular.

La técnica tampoco es del todo mala. Sí que es cierto que el aspecto descriptivo me ha parecido muy pesado, otorgando a la novela una lentitud mayor de la necesaria y bastante superflua. Creo que en una obra de este tipo, tan extensa y con una temática tan densa, se pueden prescindir de ciertos elementos, como las largas descripciones o escenas que realmente no aportan nada a la trama y que solo la entorpecen.

Si os gustan las novelas que os hacen darle muchísimo al coco, las que son densas y las que dan una cantidad exuberante de datos históricos, creo que os la puedo recomendar, mientras que si lo que buscáis es una novela de guerra, con acción, esta no es para vosotros.

—Y murieron sin las botas puestas. Pobre pueblo mío.

La valoración final sería un Aprobado, ya que la parte técnica es la que tiene más peso que la parte que valoro de manera más personal y me parece, en este caso, bastante injusto dejar a la novela con la nota de la parte más subjetiva. Sin embargo, creo que va a pasar un tiempo hasta que me atreva a volver a leer una novela histórica.

Valoración: Aprobado
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