·Título: La velocidad de la oscuridad [Original: The Speed of Dark]
·Autora: Elizabeth Moon
·Traductor: Rafael Marín
·Género: ciencia ficción
·Editorial: Ediciones B (colección Nova)
·Fecha: 2003
·Número de páginas: 400

 Preguntas, siempre preguntas. Ellos tampoco esperaban las respuestas.

Elizabeth Moon (Texas, EEUU, 1945) es una autora de ciencia ficción y fantasía muy conocida, sobre todo en Estados Unidos. Ha ganado varios premios, entre ellos el Nebula en 2003 por la obra que nos ocupa. De esta escritora había leído con anterioridad Restos de población (1996), una novela que me resultó sorprendente por tratar el tema de la senectud humana y las relaciones con otras especies y formas de vida de forma innovadora. De este último libro os hablé en mi blog ya hace un par de años.

En La velocidad de la oscuridad, Moon trata otro tema controvertido de forma poco habitual. Se trata del autismo y la discapacidad en adultos. La escritora es madre de una persona autista en la vida real. A través de esta novela, reflexionamos además sobre la identidad, nuestro lugar en la sociedad y su búsqueda.

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Os recuerdo brevemente que lo que llamamos autismo es en realidad un conjunto de trastornos que abarca un amplio espectro. Se cree que tiene una base o al menos cierta influencia genética y se manifiesta por dificultades de aprendizaje y deficiencias persistentes en la comunicación social y en la interacción social. El trastorno con los conocimientos actuales de la ciencia y los tratamientos existentes puede tener varios grados y afectar con diferente intensidad a quienes lo sufren. Va unido a patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Estas conductas pueden darse también en personas con otros trastornos, como los de tipo psicótico. Todo ello se refleja en la novela, que trata de hacernos ver no solo las dificultades que enfrentan estas personas, sino su forma de percibir la realidad e interpretarla.

Lou Arrendale, el narrador protagonista, es un hombre autista de unos 35 años que vive solo y trabaja como bioinformático en una compañía farmacéutica. La autora combina la visión de Lou con la de su amigo Tom y su jefe Pete Aldrin en tercera persona, si bien es el propio Lou quién nos cuenta su historia durante la mayor parte de la narración. Por ello, la manera de contar la historia es peculiar y no solamente por su enfoque particular. Nos encontramos ante el monólogo interior de Lou combinado con breves incisos de otros personajes. El lenguaje empleado es sencillo, puesto que las habilidades lingüísticas de Lou son limitadas aunque describan una realidad muy compleja.

Las personas que rodean a Lou, autistas o fuera del espectro, están mucho menos definidas que él. Tenemos a sus compañeros de trabajo y a Emmy, una mujer del centro social, que son autistas como él. Pete, su jefe, tiene un hermano autista que vive en un centro, pues tiene serias dificultades para realizar sus actividades cotidianas. Se verá muy implicado con sus subordinados y tratará de protegerlos de Crenshaw, su superior. Crenshaw cree que sus empleados discapacitados tienen demasiadas ventajas y cuestan demasiado a la compañía.

Lou tiene una vida tranquila y rutinaria. Trabaja en el ordenador de su despacho, compartiendo su tiempo con otras personas autistas con las que se entiende bien, y con todas las comodidades que necesitan; como música, espacio para aparcar y un gimnasio en el trabajo. En cuanto a su tiempo de ocio, Lou acude a clases de esgrima a casa de sus amigos Tom y Lucía. Tiene algún roce con Don, un hombre conflictivo que está celoso de él. A pesar de ello, Lou lo considera su amigo. También acude a un centro de apoyo para personas discapacitadas. Los domingos va a la iglesia, pues es una persona creyente, aunque a su manera. Tiene que ir a las citas con su psiquiatra, quién parece no comprenderle en absoluto. Esto es un fiel reflejo de las dificultades de los profesionales al tratar este tipo de situaciones y pacientes. Sus padres, ya fallecidos, han tratado de educarle y prepararle bien para la vida con sus propios medios y acudiendo a un centro específico. Lou es educado, trabajador y, aunque tiene dificultades para relacionarse y vivir día a día en sociedad, es un hombre integrado en su entorno. Algo diferente es que él se sienta así realmente.

Me preguntó cómo sería ser normal.

La acción se sitúa en un futuro no muy lejano en el que la ciencia ha conseguido evitar el autismo en los recién nacidos. También hay tratamientos para alargar la vida, si bien no están al alcance de todos los ciudadanos. En este futuro la vida ha evolucionado mucho, aunque solo se muestra en pinceladas. Vemos, por ejemplo, el avance de la sanidad, el transporte y el sistema de justicia. Pueden corregir la mala conducta de los delincuentes mediante un chip para evitar que cometan actos delictivos y no tener que encarcelarlos.

La empresa en la que Lou trabaja desarrolla un método para curar el autismo y ayudar a salir del espectro a personas autistas mayores, pues el método preventivo solo funciona antes del nacimiento. Quieren probar este tratamiento experimental con sus propios empleados y los coaccionan para que accedan. Entonces Lou se plantea todo lo que es, su forma de vivir y de sentir. No tiene la certeza de lo que va a ocurrir si se somete al nuevo tratamiento. ¿Elegirá Lou curarse del autismo? Si lo hace modificarán su cerebro y tal vez ya no sea el mismo. Tal vez no sea capaz de trabajar con las complejas pautas numéricas que desarrolla, no le guste la esgrima o pierda sus recuerdos.

En esta novela nos metemos de lleno en nuestra propia humanidad, en lo que somos. Lou va creciendo, va cambiando y comprendiendo, aunque de manera más lenta de lo que lo hacen las personas no autistas. Tendemos a ver a estas personas como dependientes, niños eternos, pero no lo son. Se desarrollan, aprenden y se enamoran como adultos. Lou cree que le gusta Marjori, una compañera de su clase de esgrima, y se plantea si tiene alguna posibilidad de tener una relación con ella siendo como es o si la tendría en el caso de aceptar el proceso de cambio y que el tratamiento funcione.

Quiero conservar los sentimientos que acompañan a los recuerdos.

Algo que llamó mi atención es que Lou parece no comprender que existe el mal, aparte de no entender la naturaleza del ser humano. No capta las ironías, ni los sarcasmos y las mentiras y reflexiona a menudo sobre lo que la gente a su alrededor le dice buscando significados, para él, ocultos. No cree que nadie pueda querer hacerle daño si él no hace algo malo. También cree que si alguien se enfada con otra persona dejan de tenerse cariño. No entiende que el bien y el mal viven en cada ser humano, pues él parece no tener maldad. Sin embargo, es capaz de aprender a convivir con otras personas.

Estamos ante una obra necesaria para comprender a muchas personas que se salen de la media, de lo común, de lo que consideramos normal en nuestra sociedad. Y para comprender el desorden en que vivimos, el caos que somos como humanos.

Ahora puedo hacer yo las preguntas.

Valoración: Imprescindible

No pongo enlace de compra. Me costó encontrar un ejemplar, pues la obra no pasó a digital y está descatalogada, como en el caso de Restos de población (1996) y las obras de tantas y tantas autoras que sería necesario pasar a digital para evitar que las engulla el olvido.

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