·Título: ¡Está ardiendo una papelera!
·Autora: Pilar Montero
·Género: ensayo pedagógico
·Editorial: Península
·Fecha: 2015
·Número de páginas: 303

Los alumnos siempre tienen la misma edad, pero nosotros, los profesores, envejecemos.

Cuando hace unos años, la Consellería de Educación me llamó (coincidiendo con mi cumpleaños) para sustituir a un profesor que se jubilaba en Lugo, mi amiga Lidia me regaló este libro, y dijo que me ayudaría en mi tarea como docente. Estaba bastante nervioso, puesto que era mi primera sustitución, y la verdad es que fue bastante tranquila: un pequeño centro que imparte secundaria y bachillerato a personas adultas (tuve alumnos desde 17 a más de 60 años), con muy buen ambiente entre compañeros. Al año siguiente me tocó estar 5 meses en un instituto similar al descrito por Pilar Montero, al menos en cuanto a número de alumnos (800) y profesores (unos 75), en las afueras de A Coruña, y doy fe de que se nota que la inmensa cantidad de anécdotas que cuenta mi colega de profesión son reales o están basadas en hechos ídem (las haya vivido ella o algún otro compañero).

Buena parte de las reseñas de A Librería son de obras de ficción, y aunque no lo parezca, ¡Está ardiendo una papelera! podría clasificarse como ficción autobiográfica (temática explorada por una de las responsables de esta casa). La misma Pilar Montero reconoce que resumir 9 años como directora de un instituto grande de Madrid (con todo lo que ello implica), obliga a tomarse alguna licencia, pero lo que se cuenta es real, a pesar de que la docencia es mucho más variada de lo que se refleja aquí (puede ser muy diferente en pequeños institutos rurales, Centros Públicos Integrados, colegios de infantil y primaria, los ya mencionados centros de adultos, centros penitenciarios, profesores itinerantes que acompañan a circos, Escuelas Oficiales de Idiomas, Conservatorios, centros de Formación Profesional…).

He comprobado que detrás de la mayoría de los casos de mal comportamiento y conductas inadecuadas, hay familias desestructuradas, problemas de integración, apuros económicos y muchas otras causas. Siempre me pregunto —a mí misma y también a los profesores que desean que caiga todo el peso de la ley sobre los alumnos gamberros e indisciplinados— qué habríamos hecho nosotros en su lugar.

La obra está dividida en 12 meses (capítulos) que recopilan anécdotas, en ocasiones relacionadas con el capítulo en cuestión (la antigua selectividad en junio, el reparto de grupos en septiembre…), y otras son anécdotas que pueden suceder en cualquier momento, o comentarios sobre el funcionamiento del instituto. Si tengo que destacar algo (de la amplísima variedad de temas que toca el libro), es el tratamiento de la diversidad que realiza Pilar Montero. Alumnos de todas las condiciones (con asperger, de altas capacidades, absentistas, que sufren o provocan bullying…), nacionalidades y etnias.

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Desempeñar una labor docente (que no solo implica dar clase) puede ser bueno o malo dependiendo de las circunstancias, del día, de la persona y de los apoyos que esta tenga. No es lo mismo educar a un alumno con el apoyo de sus padres o tutores legales, que con éstos desautorizándonos delante de este. La autora también habla de lo distintos que somos los profesores, no sólo en nuestra forma de vestir o de impartir la materia, sino también en cuanto a nuestra coordinación con los compañeros: a veces olvidamos que los docentes rasos, tutores de grupo, directivos, personal no docente, progenitores y tutores legales somos un equipo. No competimos contra el alumnado, sino que tenemos el deber de formarle, y de convencerle de que se deje ayudar.

Una de las cosas más difíciles es motivar, entusiasmar a los alumnos por el aprendizaje. Los profesores tenemos hoy en día mucha competencia con los distintos medios de comunicación, y los programas educativos no ayudan mucho. Estar a vueltas con el sintagma y el lexema, el antónimo y la metonimia, la oración subordinada sustantiva y las frases nominales, un curso tras otro, suele hartar a los alumnos, a los que pareciera que hay que convertir en filólogos. Con el fin de evitarlo, durante la clase el profesor tiene que ser un poco actor, un poco malabarista y un poco encantador de serpientes, para lograr la atención de todos los alumnos durante el mayor tiempo posible.

Otro punto a destacar de ¡Está ardiendo una papelera! es que consigue un equilibrio, sin decantarse por la postura naíf que asegura que dar clase es facilísimo, o por la derrotista que insiste en que la chavalada de hoy está perdida, y no hay nada que hacer. Sí, ser docente es duro, hay discusiones con padres o madres, menores conflictivos, una administración que no siempre da todos los recursos que se necesitan, falta personal… pero también es ver a tu alumnado representar una obra de teatro que ha preparado con la orientación de un compañero; es realizar con ellos excursiones al campo, a un museo o a otro país; es ayudar a integrarse a alumnado que viene a un ambiente al que no está acostumbrado; es enseñarles a enfrentarse al mundo. Y encontrarte, tiempo después, con ex-alumnos que te echan de menos, es una de las cosas que más motivan. Doy fe.

Recomiendo esta obra a docentes, progenitores, tutores legales, inspectores de educación, estudiantes de magisterio o del Máster Oficial del Profesorado, o para cualquier persona que tenga interés en saber cómo es dar clase. Y además, a todo aquel que crea que la docencia es una profesión menor que puede desempeñar cualquiera sin esfuerzo.

Valoración: Sí, recomendable
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