·Título: Un cálido escalofrío
·Autor: LJ Salart
·Ilustraciones: Ariadna Sanz
·Traductora: Blanca Rodríguez
·Género: libro ilustrado, poesía experimental
·Fecha: junio de 2018
·Editorial: El astronauta imposible
·Número de páginas: 110


Ha dibujado a su madre y se ha acostado sobre ella. Ojalá el trazo de tiza pudiera acariciarla por última vez.


Lluis Salart, LJ Salart en Twitter, (L’Escala, 1977) afirma creer en Asimov sobre todas las cosas en su página web. Aunque simpatiza con Lovecraft, Zimmer-Bradley, Rowling, Herbert o Sánchez Piñol. También forma parte del equipo de Origen Cuántico (único lugar dónde hemos podido encontrar una biografía más extensa)

Hemos podido leer algunos relatos suyos en Supersonic (nº 11), Fantasía AustralOrigen Cuántico y la antología Dolunai I. Además de la obra que ocupa esta reseña, cuenta con su opera prima Proyecto Marte (el astronauta imposible, 2015).


Lo siento, pero no me sale. Conjuro mis fantasmas para componer relatos que no os dejen dormir cuando os acurruquéis bajos las sábanas. Pero las historias se me vuelven luminosas como la caricia de un espectro: un cálido escalofrío.
Pensé en el concepto de sunshine horror, terror luminoso—en inglés suena
mejor—, para describirlos. Pero no es terror, no dan miedo. Tengo claro que no van conmigo los fantasmas vengativos ni la sangre derramada por las paredes. Quiero creer que si alguien se queda atascado en este lado será más por amor que por odio.
Quiero creer que los que se han ido no me han abandonado del todo y que, cuando siento un escalofrío, ha sido por un abrazo suyo.


Fue Café de Tinta, colaboradora asidua y amiga de este espacio, que dirige nuestro poco a poco reconocido podcast #CaféLibrería la que me habló de esta obra. A sus recomendaciones no hay que hacerles reproches y, mucho menos, ignorarlas. Aunque eso se dice por la boca pequeña, dado que esta influencer bloguera ha superado las trescientas obras leídas antes de terminar el año. Sea como sea, he tomado esta lectura con la ternura y la delicadeza que merece, pero escribir sobre ella no es fácil.

La sinopsis que podéis leer más arriba figura en la contraportada de la edición física. Un resumen en primera persona, en el que Salart intenta definir lo que ha escrito y sus acompañamientos. Salta a la vista que se trata de una obra íntima, pero colmada de elementos paranormales, escrita con toques líricos, narrativos y dispares. Un experimento mixto, recurrente, ambiguo. Supongo que en su escritura querría transmitir muchas cosas, aunque supongo también que estaría al tanto que este tipo de composiciones sufren diversas interpretaciones. 


¿Vivimos para morir? Bien puede ser.

El resto de la cita no lo entiendo.


Aunque es verdad que apenas he reseñado libros similares por esta casa (a Ana Castro se le da mejor) sí que soy una fanática lectora de este formato, ya no digamos lo que me pirra llenar mis cuadernos de este tipo de historias, textos, frases, pensamientos, cuentos, poemas… en fin, lo de nombrar lo que tenemos aquí, si eso, lo dejamos para más adelante. Lo que quiero decir es que no es un tipo de literatura que me resulte ajena, pero hay algo que tenemos que tener en cuenta: la conexión entre la lectora y lo contado debe ser inmediata e intensa, de lo contrario se produce la dispersión. Y en una obra más o menos breve y con poco texto, eso es un problema.

Pero tranquilas, de verdad. Este no ha sido el caso en su mayor parte, solo en ciertos ramalazos. Creo que he interpretado cierta angustia en tanto desorden. A veces cuándo me abrazaba a una página, esta se acababa de repente. Me parece cruel. La mente y la pluma se iban a otra parte, como llevadas por el capricho de la necesidad del momento en lugar de mantenerse anclada a un orden preciso y necesario que la voz literaria requería. En muchas ocasiones también ocurría lo contrario: Un cálido escalofrío te abrazaba y no te soltaba. 

Escalofríos sí. De calor y de frío.


Es todo tan absurdo… Lo sé y lo sabía entonces. Pero ¿cuántas cosas hacemos
sabiendo que no tienen sentido? ¿Qué hacía persiguiendo a alguien
que había muerto cinco años antes? ¿Qué esperaba? ¿Que se formase un remolino de cenizas y Laura se presentase ante mí? No pasaría. Pero allí estaba yo, gritando al viento, de rodillas, llorando, mientras las chinas del suelo se me clavaban, qué daño hacían. Estaba enfadada. Era ridículo, pero tenía que sacármelo de dentro.

—No sé qué cojones hago aquí, gritándote. Tú no tienes la culpa, ¡rediós!
Es que no te conocí y te echo de menos y te admiro y… te quiero, coño.


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Uno de los grandes aciertos es, sin lugar a dudas, el compás de las ilustraciones, dibujos, garabatos y manchas de Ariadna Sanz (citada como un personaje más en ciertos fragmentos). La mayor parte de estos, con un espíritu abstracto que evoca, sin lugar a dudas, el mundo de los recuerdos, de los sueños y los pensamientos. Se crea así una sinergia preciosa entre poesía y cuadros. ¿Eso que escucho entre mis dedos es el latido de un corazón? Puede.

Este librito (entiéndase como un apelativo cariñoso) habla sobre muchas cosas. Dice Salart en la sinopsis que no dan miedo estos fantasmas, pero a mí en cierto modo sí que lo dan. Porque son fantasmas con significados importantes; no divertidos. Fantasmas que implican ausencia, vacío, esperanza vana e inútil. Que se fraguan en las mentes y las personas que habitan entre estas páginas. Con un componente urbano importante, aunque a veces se desdoblan de la realidad. La realidad que este autor y la ilustradora parecen entender como gris, como extraña. Confusa. Una realidad que si la tocas sí o sí te va a quemar. O te va a dejar completamente helada.


Este libro es para los que ya no están. Os sigo echando de menos. Sobre todo a ti.


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Valoración: Bien, bien

Adquiere Un cálido escalofrío aquí.

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