·Título:  Permafrost [Original: Permagel]
·Autora: Eva Baltasar
·Traducción: Nicole d’Amonville Alegría
·Género:  novela intimista
·Fecha: noviembre de 2018
·Editorial: Penguin Random House
·Número de páginas: 132
·Valoración: Bien, bien
·Enlace de compra

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Sonreír sin llorar funde el permafrost

Permafrost parece estar por todas partes: en cientos de fotos en Instagram, en las mesas de novedades de las librerías, en los regalos que dejaron las Reinas Magas bajo el árbol, entre las manos de las chicas que leen en el metro… Y probablemente la mayor parte de las lectoras que se han hecho con el libro y lo han sacado a pasear aquí y allá desconocían el significado de esta palabra antes de abrazarla con fuerza. ¿Eso quiere decir que Permafrost se ha convertido en un fenómeno? De hecho, ha llegado hasta el perfil de Twitter de Pilar Bellver, por mucho que ella no sea dada a las reseñas ni a las proclamas públicas y  como Pilar es una de las autoras a las que profesamos fe absoluta en esta casa, en A Librería, y a la que amo y admiro tremendamente (en singular), Permafrost se coló también en mi bolso.




Sorprende que este libro se haya hecho un hueco en todas partes de manera tan abrupta, como si no pudiera hacerlo de otra manera, cuando su autora, Eva Baltasar (Barcelona, 1978), es ya toda una veterana que ha conseguido varios reconocimientos con los diez poemarios publicados hasta la fecha. Permafrost es su primera novela, se proclama como la primera parte de un tríptico de próxima publicación en Penguin Random House y es también “esa capa de la tierra permanentemente congelada” y la membrana que cubre (metafóricamente) a la protagonista de esta novela para protegerse del exterior.


Cuando seas mayor lo entenderás, repetía sin descanso mamá. No debo de haber crecido lo suficiente.  Y eso que me esforzaba por beberme los vasos de leche, unos vasos altos y anchos que parecían bocas de animales, grandes como mi rostro, y que me dejaban la frente marcada con una diadema roja en el lugar donde la reclinaba contra la ceja de vidrio (…). Los tanques de leche de mamá me anulaban, me hacían menos persona, menos niña aún. Era como ser mitad niña mitad tanque de leche, una especie de depósito saturado.


La prosa poética de Baltasar nos atrapa en la lectura y nos conduce directos a su territorio y eso hace que Permafrost sea un libro para devorar casi con la respiración entrecortada en una tarde invernal mientras el mundo queda fuera. Es un libro que despliega su propia permafrost alrededor de una para que durante unas horas sea el relato todo cuanto importa. Y es que quién no ha sido adolescente y ha querido dejar de existir y romper con todo mientras no paran de sucederse dudas y ponerse en entredicho la propia identidad. Permafrost nos refleja y el cuidado estilo de su autora nos cautiva y hace que deseemos leer sus poemarios, entender desde dónde se llega aquí: a la escritura de este libro tan bello y sensitivo.

Además, es un libro plenamente femenino, escrito desde el cuerpo y libre de lugares comunes, que aborda los sentimientos y el sexo desde la exploración y el hedonismo. “Soy una mujer imperfecta, resistente como regaliz, arbustiva y molesta como una cuña de hueso de conejo incrustada entre dos muelas”. En ocasiones, la historia apenas se vislumbra a través de un cristal translúcido, porque así es como la protagonista percibe la historia: sin llegar a comprender del todo, lo cual dificulta su narración. De ahí que a menudo escenas se vean desdibujadas, como la propia protagonista en su juventud.

Permafrost atrapa y embelesa y supera con creces esa vomitona terrible de prosa poética que vemos venir cuando una poeta presenta su primera novela. Es más, Baltasar dedica el libro “a la poesía, por permitirlo” y lo hace muy honestamente porque sin la poesía como campo de entrenamiento no podría haber surgido una obra así. Pilar Bellver apela a la “magia” en su comentario pero lo cierto es que a mí Baltasar no me ha terminado de convencer (las pseudosuicidas intensitas me ponen nerviosa y también puede que por las circunstancias de la lectura —¡son tan importantes!—: me encontraba en medio de una terrible crisis de dolor y conectada a una bolsa irremediablemente y resistir en ocasiones es aún más duro que encarar la pérdida o crecer, lo que Baltasar llama “vivir desangrada, cabalgar hasta el horizonte una tarde amarilla, como un muerto atado a una estaca”).

Creo que hay calidad, voz propia y estilo en Permafrost. Hay una mirada íntima, femenina y corporal libre y única que merece transitar. ¿Debería ser Permafrost un fenómeno? Bueno, proporciona un buen plan alternativo para una tarde gélida con la posibilidad de que se despliegue la magia… o de disfrutar del embeleso de su prosa.


Si de lo que se trata es de sobrevivir, puede que la resistencia sea la única manera de vivir con intensidad. Es ahora, en ese límite, cuando me siento viva, viva como nunca.

Un comentario sobre “Permafrost, de Eva Baltasar

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