Helheim, Puertas del abismo

Capítulo 1: Luces y tinieblas

POR MAITE MOSCONI

Syn era incapaz de mover un solo dedo.

El cristal violeta parecía moverse rápidamente ante sus ojos, de un lado a otro, y captaba por completo su atención.

Zig-zag. Zig-zag. Se balanceó rápido.

Ziiiiig-zaaaag. Ziiiiiig-zaaaaag. Luego más lento.

Un escalofrío le recorrió la espalda y cierta evocación amarga nació en su paladar.

Tal vez fuera la forma geométrica en rombo o el color morado, pero había algo en ese colgante que le impedía apartar la mirada.

—Syn. —La llamaron desde algún lugar lejano. Reconoció la voz de Einar Corey, su padre, pero no le hizo caso. No podía. El objeto requería de todo su interés.

Un rayo de sol entró por la ventana del vagón y rebotó en el cristal para luego proyectar un destello brillante que le oprimió el pecho.

—Syn —repitieron. Una mano se dejó caer sobre su hombro y la sacó de su ensoñación. Su hermano Eivor le sonreía con ese gesto peculiar tan suyo, con el que se le marcaban dos hoyuelos en las mejillas—. ¿Qué miras?

Syn se tambaleó debido al traqueteo del tren y se agarró a la manilla que colgaba junto a ella.

—A mamá —contestó, echándole el último vistazo al collar que pendía del cuello de su progenitora.

Liv dibujó una expresión encantadora a la que ella correspondió; la sensación desagradable desapareció de su boca y dejó paso a otra más suave y dulce.

Su madre, de cabello tan blanquecino como la nieve que caía sobre la ciudad, era la única que había heredado la melena de su abuela. Tanto Eivor como ella, de pelo negro y tez morena, se asemejaban más a su padre.

Iban de camino a Tuskai. La línea B19 los dejaba en la estación de Yggdrasil, cerca de los cines Garm.

Liv llevaba varias semanas insistiéndoles para que la acompañaran a ver el último filme del aclamado director Fram Pickuty, Sin Retorno. Y Corey, que en ese momento depositó un beso en la frente de su mujer, había convencido a los chicos para que los acompañaran.

La muchacha reparó en la gente que iba en el tren.

Había un anciano que leía El Boletín del Pueblo con unas gafas de pasta gruesas. Dos adolescentes, de pie junto a las puertas, se abrazaban con cariño. Y otra joven madre mecía a su bebé en el carrito.

A lo lejos, en el resto de furgones, distinguió otras estampas parecidas.

El tren se sumergió en el túnel y, durante un instante, la oscuridad fue total.

En medio de la penumbra, Syn creyó percibir una leve caricia en la nuca que la obligó a girarse en busca de algo o de alguien.

Las luces bailaron, tintineantes, y se frotó los ojos, pues el incómodo parpadeo nublaba su visión.

Cuando abandonaron el pasillo subterráneo y logró ver mejor, una imagen la sobresaltó.
Tres alta figuras habían aparecido al final del vagón.

¡Eran exactamente iguales! De tez pálida y ojos vidriosos, vestían con traje oscuro de rayas grises y los zapatos más relucientes que ella hubiera visto en su vida.

Nadie se fijó en aquellos individuos, pero Syn, a pesar de estar lejos, pudo distinguir que en sus manos portaban un reloj de bolsillo que los tres estudiaban con entusiasmo.

Un nuevo estremecimiento la sacudió y en su boca notó un horrible regusto a alimento podrido. Frunció el ceño con repugnancia y humedeció los labios intentando olvidar ese asqueroso sabor. Le resultó imposible.

Comenzó a marearse y se tapó los oídos. La traslación de las agujas dentro de las esferas del tiempo la golpeó con un sordo ruido.

Einar Corey, al que no se le escapaba ningún detalle, se giró en busca de lo que había causado semejante reacción en su hija.

Y entonces, las tres figuras toscas y sin gracia levantaron la vista hacia ellos.

—Nos bajamos en esta parada —anunció Corey, que ahora parecía preocupado.
Algo no iba bien.
—¿Por qué? —quiso saber Syn.

Su madre, que hasta ese momento no se había enterado de la situación, divisó a los tres hombres y agarró con diligencia a su hermano y a Syn del brazo. Luego los apremió a que caminaran hacia el exterior.

Fue inútil. Demasiada gente, poco tiempo y, cuando estaban a punto de poner el pie fuera del vagón, la puerta se cerró en sus narices, taponándoles la salida.

Corey maldijo y Liv se revolvió, nerviosa.

Tanto Syn como Eivor comenzaron a mostrarse inquietos. ¿Quiénes eran aquellos sujetos y por qué alteraban así a sus padres?

Tic-tac. Resonaron las manillas. Tic-tac.

El martilleo de los relojes fue atronador para Syn y el sabor acerbo le revolvió el estómago, impidiéndole respirar.

Cuando pensaba que ya no lo soportaría, el golpeteo de las agujas y la sensación amarga se detuvieron. Quietos. En un profundo silencio.

Y de repente todo se vino abajo.

El estruendo y el ruido le taladraron los tímpanos. Las ventanas estallaron y los asientos saltaron por los aires. Syn, su familia y el resto de personas de aquel maldito tren. Un montón de objetos y escombros les siguieron y fueron lanzados con ímpetu hacia la pared.

La enorme explosión hizo que el tren reventara en mil pedazos; nada pudo salvaguardarlos de aquella masacre.

La vorágine de esquirlas de los cristales se clavó en la ropa y en la piel de Syn mientras volaba en medio de un huracán de humo y llamas.

Syn quiso aferrarse a sus padres y a su hermano, pero la espiral de descontrol los empujó a cada uno de ellos en destinos opuestos contra la oscuridad del pasadizo.

No dejó de dar tumbos en el aire, sin freno ni control.

Quiso chillar, llamar por ellos. Pero los fragmentos que flotaban en aquella catástrofe se introdujeron en su boca y acallaron sus alaridos.

Al cabo de unos minutos, o puede que fueran en realidad tan solo unos segundos, Syn se vio arrastrada hacia abajo, hacia el suelo y, con un golpe fuerte impactó contra el pavimento.

Sombras, cenizas, horror.

Un destello de luz. Otra vez el reloj.

Espesura, silencio, confusión.

Y, al cabo de un momento, ya no hubo más que dolor.


Poco tiempo después…

El olor se coló por sus fosas nasales y la sacó de aquel trance.

Vainilla. A Syn le encantaba la vainilla. Era uno de sus sabores favoritos.

Quiso girar el cuello para descubrir qué era lo que provocaba esa emoción en ella, pero cada parte de su cuerpo parecía cargar con un peso enorme que le impedía realizar cualquier movimiento.

Tras luchar un rato consigo misma, lo consiguió.

Oyó una pisada cerca de donde se encontraba. Abrió levemente los párpados, aunque aquella acción le supuso un esfuerzo sobrehumano.

Alguien se acercaba.

—¿Continúa viva? —dijeron y una bota negra con punta de acero se colocó a la altura de su nariz.

Levantó la mirada y se llenó de miedo.

Ante ella aparecieron los ojos más verdes que jamás había contemplado. Pero en el rostro en que se enmarcaban había un gesto arisco que dotaba al color esmeralda de un aire malvado. Y Syn se preguntó cómo algo tan hermoso podía pertenecer a alguien tan cruel.

—Parece que sí —respondieron esos ojos con voz profunda y seca.
—¿Crees que fue ella? —preguntó otra persona.
—Es posible. —Ahora el verde esmeralda se volvió pistacho.
—¿Y qué harás? —inquirió la primera voz.

Hubo un silencio de duda, como si estuviera analizando la situación. Luego, al terminar con su examen, levantó una ceja con asombro.

—Ella nos ve —dijo con un leve tono de desconcierto y hubo una exclamación general en el grupo que lo acompañaba—. Tendremos que llevarla con nosotros.

Sus palabras hicieron que Syn entrara en pánico y se removió, horrorizada.

Pero antes de lograr decir nada, antes siquiera de lanzar una protesta, la bota se alzó sobre su cabeza e impactó con violencia contra ella y la sumió de nuevo en las tinieblas.


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2 comentarios sobre “Helheim #1: Luces y tinieblas

  1. Maite, interesante como inicias la historia. Palabras sencillas para todo lector. Narración fluida. Noto con alegría qué tienes el mapa del libro en tu cerebro. Felicitaciones. Exitos.
    Estrecho abrazo de amigo.
    Duglas Gómez Montaña.

    Le gusta a 1 persona

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