·Título: Crudo
·Autora: Olivia Laing
·Traducción: Albert Fuentes
·Género: ficción
·Fecha: enero de 2019
·Editorial: Alpha Decay
·Páginas: 126 páginas
·Valoración: Bien, bien
·Enlace de compra

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Crudo, un impactante y odioso plagio de la sociedad actual

Todas las que leímos La ciudad solitaria (Capitán Swing, 2017) amamos a Olivia Laing. Sentimos que forma parte de nuestra vida, que solo ella nos comprende, que hemos paseado cientos de veces juntas por Nueva York… Y recibimos Crudo (Alpha Decay, 2019), su debut en el formato de novela, con ganas y, expectantes, nos preparamos para acoger calurosamente la llegada de una de esas amigas de siempre. De hecho, las ganas crecieron cuando supimos que Crudo formó parte de la lista de los 100 mejores libros de 2018 según The New York Times.


Año 2017, fuego y fascismo, nunca lo olvidaría, la primera temporada de su matrimonio, despertando tan tarde a la vida adulta, justo cuando el mundo cerraba el tenderete.


A priori la cosa pinta bien, que Laing ha apostado fuerte y se ha atrevido a convertir a la rompedora Kathy Acker en protagonista de la ficción situándola en ese verano de 2017 en el que sentimos que estábamos abocadas a la autodestrucción como civilización dada la llegada de Trump a la presidencia de EEUU, el Brexit en ciernes y la posición de Corea del Norte en casi todo. A algunas, incluso, nos ha descubierto la figura de Acker (gracias, Olivia), una Kathy con cuarenta años que está a punto de casarse y se pregunta si está haciendo lo correcto en la ficción publicada por Alpha Decay.

Sin embargo, todo este entusiasmo inicial pronto se transforma en extrañeza. ¿Qué está haciendo la autora? ¿A qué juega? ¿Por qué nos hace eso a sus lectoras? Y una se empeña en seguir leyendo por fidelidad y compromiso y sigue sin convencerle pero, de repente, zas, lo entiende. Esta putrefacta sociedad solo podría recogerse en un libro cuyo estilo e historia reflejaran en lo que nos hemos convertido: cambiante,  histérica, llena de prejuicios, falsa, con terror al compromiso, consumista, caprichosa… Y podría seguir. El valor de Crudo no está ya en el trasfondo del mensaje, sino (en el mejor sentido de la expresión) en hacer una obra odiosa para una sociedad odiosa.

Así es: Laing lleva todo el tiempo jugando con nosotras, de ahí la extrañeza inicial. Cuando una lo advierte comprende hasta qué punto Crudo es un libro agudo y feroz: busca pisotearnos nuestra propia cara. Kathy nos da igual y es odiosa, inmadura y una consumista, todo es confuso (hasta la propia narración), desordenado, ensordecedor, frívolo en un grado máximo… Y, además, todo seguirá siendo odioso porque Kathy no hace nada al igual que nosotras no hacemos nada. Laing nos sacude para intentar despertarnos de una vez de esta histeria colectiva.


Pero lo más preocupante era Trump y Corea del Norte. La gente decía que no iba a pasar nada, pero como la gente, y por gente se refería a los expertos en la materia, no había sido capaz de predecir ni de lejos la escabechina del último año, dudaba de su fiabilidad. Decidió echar un vistazo a su Twitter para comprobarlo. Era peor de lo que esperaba.


Además, se adentra en nuestro abrumador problema con el compromiso, especialmente a la hora de establecer vínculos con los demás. El matrimonio y la amistad se vienen abajo ante una Kathy que ni conoce la lealtad ni le preocupa y retrata desde la frivolidad y la ridiculización el vacío que puede llegar a esconder la celebración de una boda.

En las últimas páginas del libro introduce un tema que está latente incluso en el propio discurso: el apropiacionismo y el plagio en la creación contemporánea. Como siempre, lo cuestiona desde la ridiculización y banalización en las palabras de Kathy, si bien hace visible al articular Crudo que es posible tomar referencias de otros en introducirlas en el discurso siempre que se cite su procedencia. Laing no lo esconde y reconoce el legado del que es depositaria. Deja constancia de ello en un apartado final bajo el título Préstamos. A su vez, esto enlaza con la verdadera Kathy Acker, cuyas obras más conocidas son Grandes esperanzas y Don Quijote que fue un sueño (es recomendable el documental acerca de su escritura realizado en 1984 y que se puede ver aquí).


[…] hablaban sobre la idea de plagio, de si de verdad tenía importancia o no un plagio, Kathy creía que no. A ver, las palabras son como la pintura, son como un suelo verde manzana de Degas. Vas recogiendo lo que te encuentras, todo son materiales, en fin, ¿qué es el arte sino un plagio del mundo?


De esta forma, al finalizar la lectura, si nos preguntan, no sabremos decir bien si el libro nos ha gustado o no, pero sin duda es un gran ejercicio de mordacidad, tenacidad y crítica social sin aparentar serlo. A Laing le ha salido bien su jugada pese a ser bastante compleja. Probablemente las reacciones a Crudo sean tan polémicas y radicales como la propia Acker.


Todo era siempre lo mismo, era el mundo hablando. No tenía sentido odiarlo, o sí lo odiabas, pero hacerlo era más de lo mismo, sumar otra vocecilla petulante a un coro indecentemente multiplicado.

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