Helheim, Puertas del abismo

Capítulo 2: La celda

POR MAITE MOSCONI

Lee Helheim #1: Luces y tinieblas aquí.

Syn se quedó a solas con su torturador. Estaban a oscuras y la muchacha no era capaz de distinguir nada en aquella penumbra absoluta.

El tipo rio y aquel sonido espeluznante retumbó en las paredes que les rodeaban. Se burlaba de ella y de su sufrimiento.

Una sacudida atenazó el espíritu de Syn al pensar en lo que vendría a continuación.

—¿Crees que tu silencio te ayudará, idiota? —dijo él, y su aliento chocó contra las orejas de Syn—. Será mejor que me digas quién eres y por qué conoces el mundo de Heimdall.

Aquella voz sonaba elegante y olía a pasta de dientes sabor menta, lo que no evitaba que se expresara con palabras que resultaban terroríficas.

—¿Vas a reconocer por qué explotaste el maldito tren?

Syn no respondió. Lo había intentado en el pasado y la contestación no resultó beneficiosa para su integridad.

Trató de darse la vuelta, pero no logró evitar el puñetazo en su mejilla. Aún dolorida por la explosión del tren, sintió que aquel golpe como si fuese un martillazo. Luego cayó al suelo medio inconsciente.

Un agudo pitido nació en su sien y se arrastró por la superficie como el gusano aplastado que debía ser en ese instante, como si buscase un lugar en el que guarecerse.

Fue inútil. No había lugar en el que ponerse a salvo. Todo era piedra lisa en aquella maldita prisión.

El torturador se acercó otra vez y Syn olió de nuevo su hálito a dentífrico.

—¿Quién te acompañaba? —exigió saber su verdugo que, cómodo con su desfallecimiento y aflicción, le propinó una coz en el costado—. ¿Fue un plan de los thralls?

Syn desconocía de qué le hablaba y permaneció callada.

—Terminarás por contármelo —señaló él, seguro de su amenaza—. Y lamentarás haber matado a esa gente.

Su torturador levantó el pie y hundió la punta de su zapato en el estómago de la chica para así rematar la faena.

Syn se dobló y, por un momento, creyó que se partiría en dos por culpa del dolor. El sabor metálico que advirtió en su boca la instó a escupir sangre.

Arañó el piso con desesperación y se deslizó hacia una esquina de la celda. Allí se hizo un ovillo y esperó a que aquel tipo se alejara y la dejara sola de una vez.

Tras unos segundos eternos, escuchó su andar inequívoco, el cerrojo que la aprisionaba, su marcha. Y solo entonces se dejó caer abatida y rezó a los dioses de Asgard para que ese desgraciado acabara pronto con ella.

***
Cuatro paredes, un agujero que hacía de retrete, una pequeña ventana. Suelo de piedra, un vidrio roto junto a sus manos y un camastro sin ropa de cama.

Había pensado en quitarse la vida. Incluso lo intentó, pero en cuanto ponía la punta del cristal en su muñeca, sentía desfallecer sus fuerzas.

Gimoteó con desánimo en medio de la oscuridad. La noche lúgubre había abierto las puertas del abismo para traerle al demonio que terminaría con ella.

Unos pasos resonaron en el exterior. No eran los de su verdugo; las zancadas de este las conocía a la perfección, así que tembló mientras aguardaba la llegada de aquel nuevo huésped.

La puerta se abrió y la claridad del pasillo inundó la estancia, cegándola.

Reconoció la figura imponente que se dibujó en el umbral, la sombra que se aproximó a ella y se agachó a su lado. A pesar de la poca luz existente en ese agujero, sus ojos verdes relucieron con curiosidad cuando se posaron en ella, y el sabor a vainilla impregnó el paladar de Syn, así como el resto de sus sentidos.

Se revolvió para esconder su rostro. No deseaba que él la viera humillada y hundida.

—Traigo agua —indicó su secuestrador y dejó una botella cerca—. La poca que me han permitido.

La mirada esmeralda se extendió sobre su cuerpo tendido. Syn, por el rabillo del ojo, espió también el atractivo rostro de su captor.

—Diles lo que buscan —susurró él—. Así te dejarán en paz.

Ella estuvo a punto de reír sin ganas.

¿Cómo explicarle que no tenía esa respuesta? Era irónico y macabro que la acusaran del atentado que había asesinado a sus padres y a su hermano. ¡Si hasta él la consideraba culpable!

Syn solo quería largarse de aquel infierno de frío y piedra.

Se mantuvo en silencio, soportando su presencia con rabia y a la espera de que su captor se marchase.

Pero él alzó el brazo, extendió la mano hacia ella y apartó el pelo de su cara. Luego atrapó un mechón de su cabello y lo acarició entre sus dedos con extrema delicadeza.
Un estremecimiento ascendió por la espalda de Syn, que permanecía quieta y ni siquiera se atrevía a respirar.

Aquel gesto le resultó agradable y se odió a sí misma por apreciar a su secuestrador de esa manera.

Syn sopesó atravesar la garganta de aquel tipo con el cristal, pero aquella imagen le revolvió las entrañas y le impidió actuar.

—Cuéntales lo que pasó —insistió él en un murmullo apenas perceptible y luego se levantó con sigilo para salir.

Syn apretó el cristal roto en un puño y se aguantó las ganas de llorar. Pero cuando el delicioso gusto a vainilla desapareció por completo de su boca y de su celda, permitió que las lágrimas descendieran, libres, por sus mejillas.

***
Esta vez no se sobresaltó cuando la llave giró y el portón se abrió. Otra vez había llegado alguien nuevo.

La extraña silueta entró de forma modesta y suave y se acuclilló con docilidad junto a ella.

Las manos de la desconocida la recorrieron y tocaron sus extremidades y su estómago.

Tras un gemido de angustia, Syn, magullada y sin ánimo, se dejó hacer.

—Animales… —Escuchó que comentaba la desconocida figura—. ¿Cómo han podido hacerte esto? ¿Cómo pueden creer que una muchacha como tú ha matado a esa gente?

El tono de la voz y el significado de sus palabras fueron Edda poética para sus oídos. El alma de Syn se encogió de pura emoción.

La joven doctora —o eso dedujo ella por el examen exhaustivo que acababa de realizarle— sostuvo su rostro para inspeccionar las heridas.

—¡¿Pero qué te has hecho?! —exclamó la doctora con un grito—. ¡Te has rapado el pelo!

A pesar del dolor, Syn sonrió. Le costaba tragar y entreabrir los labios.

—No quería que lo volviera a tocar —masculló.

—¿Quién? —inquirió la mujer.

—El de los ojos verdes con sabor a helado —dijo—. El que me trajo a esta maldita celda.

La visitante se quedó callada durante un rato.

—Te refieres a Markku.

¿Ese era su nombre? No le importó. Por ella como si se llamaba Modgud o incluso Níðhöggr, pues bien podía ser ese lugar el infierno y él uno de sus guardianes.

La doctora pasó la palma de la mano por el cabello mal cortado de Syn. Luego agarró sus muñecas: primero la izquierda y después la derecha. De esta última sacó el punzante cristal.

—Te rapaste y de paso te cortaste los dedos y la cabeza —señaló con un chasquido de disgusto y arrojó el trozo de vidrio lejos de ella.

Syn se sintió desfallecer, así que cerró los ojos para desplomarse y tratar de descansar un poco. Pero la nueva visitante la tomó de los hombros y la zarandeó con fuerza.

—¡Escúchame!

Syn lo hizo pese a que aquella orden le llegó de forma difusa, como si la mandaran desde una distancia muy lejana. La mujer la sacudió otra vez con ganas.

—¡Despierta!

Abrir los párpados le supuso un esfuerzo titánico, pero cuando logró fijarse en ella, un olor familiar a frambuesa inundó su nariz de forma cálida y agradable.

Apenas tendría unos años más que Syn. Su pelo era del mismo color que el rojo eléctrico de las señales de tráfico de la ciudad de Tuskai. Esa chica evocó en su paladar el sabor a la misma tarta de queso con fresas que su padre preparaba los domingos en casa para desayunar y, al recordar ese momento con su familia, quiso echarse a llorar.

—Están organizando un juicio contra ti —le advirtió.

Syn lanzó un gemido de horror. ¿Por qué, si ella no había hecho nada malo? El pánico creció dentro de su pecho y comenzó a temblar de miedo.

—Por favor, sácame de aquí —suplicó—. Yo no fui la que puso la bomba en ese tren.

—Ojalá pudiera, pero no lograríamos ni cruzar la puerta —admitió la pelirroja mientras fruncía el ceño en un gesto de complicidad y lástima—. Por eso debes hacer lo que te diga.

En esta ocasión, Syn sí puso toda su atención en ella, y los ojos dorados de la otra relucieron al comprobar la silenciosa respuesta.

—Pase lo que pase durante el proceso, no admitas, bajo ninguna circunstancia, que cometiste el atentado, ¿de acuerdo? —Hizo una pausa—. O te matarán.

Syn comenzó a respirar con dificultad. Se había imaginado que algo así sucedería tarde o temprano, pero que alguien se lo confirmara en voz alta fue como estamparse de lleno contra la realidad. Apretó los dientes y estuvo a punto de ahogarse.

—No lo olvides —repitió la joven de cabello caoba antes de levantarse y dirigirse hacia la salida—. Y prepárate, porque pronto vendrán a por ti.

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