En mi catálogo sueño con reproducir buenos textos donde no tengamos que plantearnos qué pluma los escribió.


Hay editoriales que desprenden algo especial mucho antes de que sepamos identificar ese rasgo que nos lanza, inevitablemente, hacia sus libros. ¿Por qué nos seducen? ¿Cómo percibimos ese discurso encerrado en sus páginas mucho antes de devorarlas? ¿Con qué hilo invisible nos llaman hasta que somos capaces de identificar que provienen de una editorial que está construyendo un futuro mejor hoy? Sí, es esa mezcla de preciosismo e inteligencia en la selección de un catálogo editorial que solo puede ser debido a un trabajo duro bien hecho, de ahí que nuestro primer enamoramiento se transforme en admiración y defensa a ultranza de sus títulos.

A mí me pasó con Tres Hermanas sin que aún haya encontrado las palabras para identificar exactamente el porqué. Sus libros impactaron en distintas instantáneas tomadas por mi cabeza en librerías, bares, escenas de lectores anónimos en el metro e, irremediablemente, en Instagram. Allí he pasado a formar parte de ese ejército que señala que sus libros cuentan aún antes de haberlos leído, porque creen en el trabajo que hay tras ellos.

Y es que una editorial que publica los Diarios de la mismísima Virginia Woolf no puede pasar desapercibida de ninguna manera. Rescatar estas porciones de valor incalculable… es casi un sueño para las lectoras voraces que abrazan este título que nos devuelve a nuestra esencia: nuestra genealogía. Además, si sus apuestas, que también incluyen una imprescindible versión ilustrada de Cumbres borrascosas, no te arrebatan, terminará haciéndolo la belleza de sus portadas, con deliciosas fotografías y colores pastel. Su aspecto esconde delicadas piezas de un tesoro que emiten luz propia desde la estantería.

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Fotografía de Cristina Pinea por Lupe de la Vallina

Sin embargo, creo que su selección de rarezas es su indudable valor diferencial. ¿Dónde estaban antes esos títulos y por qué no los habíamos descubierto aún? Tres Hermanas nos ha hecho ese regalo al descubrirlo, de ahí que haya conseguido acomodarse en ese hueco para la literatura de calidad extranjera que son capaces de sostentar pocos sellos, entre ellos el de Nórdica Editorial. Relojes en la habitación de mi madre es una de esas delicias que Tres Hermanas coloca entre nuestras manos llegada de Croacia, proveniente de una autora del panorama actual, un libro cuya magia se encuentra en la extrañeza que esconde: cómo recomponerse a una misma a partir de esa imagen que proyectan el pasado y las madres de nosotras mismas.


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Ana calló durante mucho tiempo, y después lo dijo todo de golpe, como si viniera de algún lugar lejano en el que la había dejado olvidándome de ella, preocupada por mí.

[…] Son pocos los que están solos por ser valientes.

Fragmento de Relojes en la habitación de mi madre (Tres Hermanas, 2018).


A Librería ha entrevistado a Cristina Pineda, editora de Tres Hermanas, para ahondar en los entresijos de este sello cuya valía deslumbra y fideliza. Y que ha conseguido que le reservemos un hueco (imprescindible) en nuestra estantería.


En primer lugar, enhorabuena. Estáis conformando un catálogo de calidad que sorprende y deslumbra a la par que recupera obras tan necesarias como Cumbres borrascosas. ¿Cómo se consigue combinar títulos indispensables con algunos que se alzan como verdaderas rarezas?

Cristina Pineda: Desde los comienzos de Tres Hermanas (www.treshermanasediciones.com), sabía que lo que quería era una especie de catálogo fusión que revisara clásicos universales y, como tú dices, rarezas, textos cazados con instinto de excelencia editorial. Tengo un blog (www.eleditoresuncazadorsolitario.com) que resume lo que creo que es un buen editor, alguien siempre a la caza de la belleza y del talento. Los clásicos me servirán de pilar fundacional, pensé en su momento, y de ahí me lanzaré a la búsqueda de nuevos prodigios, de textos que pueden antojarse difíciles como Viljevo (Luca Bekavac) o Relojes en la habitación de mi madre (Tanja Stupar-Trifunóvic), aunque amparados por el sello de calidad que otorga la Unión Europea, ya que ambos están premiados. Somos operarios de esta maravillosa sinrazón que es la literatura, pero trabajamos con un sólido andamiaje, en nuestro caso las grandes obras universales, para evitar caer. Solo contemplamos el aprendizaje y la superación y, como he dicho antes, la excelencia.


¿Cómo realizáis la labor de selección de títulos para su publicación? ¿Qué elementos primáis en la calidad que os diferencia?

CP: Te agradezco que hables de calidad porque la perseguimos todos los días. Recibo ejemplares, leo, escucho a los agentes, hojeo catálogos, fisgo y hurgo constantemente. También me zambullo en librerías ajenas. Me encanta curiosear con los libreros, que me cuenten lo que buscan los lectores. En ocasiones son experiencias más allá del propio libro y que no siempre es posible ofrecer… Lo que publico tiene que ser emocional, desgarrador o liberador, pero directo a las entrañas. No me gustan las superficies. La calidad la mido por el dominio del lenguaje, el control de la sintaxis, la sencillez y claridad de lo expuesto. Finalmente, el libro tiene que distinguirse por una voz propia, cuando el escritor desaparece y solo pervive su voz a través de unos personajes bien perfilados. Personajes y tramas que podrían escenificarse. Personajes que se cuelan en la cotidianidad.


¿Quiénes forman Tres hermanas, más allá de su pertenencia al grupo Sílex? ¿Tras ella están las tres señoritas que apreciamos en su logo? ¿Cuál es vuestro referente en lo que concierne a edición?

CP: Tres Hermanas soy yo, detrás de las tres señoritas, estoy yo: la lectora, ya que antes de editora, tiene que haber una lectora; la escritora, que representa el lado pasional y la sensibilidad de una Brontë o una Bunn (hago referencia a Anna Maria Bunn, la autora de El tutor), y la científica que simboliza lo racional, lo cabal, el sentido que hay que darle a un catálogo para que tenga coherencia. Mis referentes son Jaume Vallcorba, Beatriz de Moura y Feltrinelli y mi madre, que fue editora antes que yo y me enseñó que este es un oficio muy hermoso y también muy traidor: hay que andar con pies de plomo, hay que ser cauto, aunque con mucho arrojo. No puedo dejar de mencionar a mi tía Marori, que ha hecho posible con sus consejos que yo haya llegado hasta donde estoy.

Por otro lado, para contestar con más concreción a tu pregunta, en este equipo somos tres: el fundador y editor de Sílex, Ramiro; Ana en administración y derechos de autor, y yo aparte de los colaboradores, traductores, impresores, diseñadores, fotógrafos.


Tres hermanas ya cuenta con un rodaje desde su fundación en 2015. ¿Cuál ha sido el aprendizaje más importante en estos casi 4 años de vida?

CP: El más importante ha sido que lo único que realmente vale en edición es el trabajo duro. Para cosechar éxitos hay que trabajar sin descanso casi las 24 horas del día supervisando los hilos de traducción, edición, corrección, impresión y distribución para que todo salga acorde con el esfuerzo y dinero invertidos, y también hay que cuidar el alma para no frustrarnos cuando las cosas no salen bien. He aprendido en estos cuatro años que lo más importante es afrontar el camino con luz para no perderme, a resguardarme y evitar las malas hierbas, dejándome guiar por mi instinto editorial. También he aprendido a perder oportunidades, sabiendo que después saldrán otras, y a rodearme de gente que está dispuesta a dejarse la piel como yo en aras del beneficio de la editorial y no del éxito personal.


En su momento, supisteis ver que era un buen momento para los libros ilustrados y contáis con profesionales de gran renombre en este campo. ¿Habéis apostado en los últimos meses por respaldar la creciente ola feminista publicando libros de autoras? La publicación del Diario de Virginia Woolf es una aportación indispensable en este sentido.

CP: El álbum ilustrado siempre estuvo vivo, pero durmiendo un sueño de los injustos. Ahora revive para hacernos la vida maravillosa, que es nuestro lema, como en Las tres hermanas, de Chéjov. Virginia Woolf, en el segundo volumen de su Diario, que publicamos a finales de 2018, escribió un apéndice que bien podía postularse como el manifiesto feminista por antonomasia.


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Lo reproduzco aquí porque vale la pena leerlo. La traducción es de Olivia de Miguel, Premio Nacional de Traducción:

APÉNDICE III: EL ESTATUS INTELECTUAL DE LA MUJER

La publicación, en 1920, de Our Women (Nuestras mujeres), de Arnold Bennett, y su consecuente publicidad llevó a que Virginia Woolf se plantease «escribir un artículo sobre las mujeres, como enérgico contraataque a las negativas opiniones del Sr. Bennett” (véase el 26 de septiembre). Si alguna vez lo escribió, ese artículo no ha sobrevivido, pero lo que sí logró es lanzar un enérgico rechazo lanzado desde las cartas de los lectores de The New Statesman, en el que Desmond MacCarthy, como el columnista apodado «Affable Hawk”, había discutido el libro de Bennett en unos términos que Virginia Woolf consideró una provocación y no dejó pasar por alto. Él coincidía con Bennett en que «por más educación y libertad de acción que se concediera a las mujeres, eso no alteraría sensiblemente el hecho de que ellas sean inferiores a los hombres en fuerza intelectual, y que el indiscutible deseo de ser dominadas que las mujeres sienten  es […] prueba de su inferioridad intelectual”. El ofensivo artículo, que también hacía una breve referencia a The Good Englishwoman, de Orlo Williams, apareció el 2 de octubre de 1920. La protesta de Virginia Woolf se publicó a la semana siguiente bajo el título «The Intelectual Status of Women”.

 

Señor: Como la mayoría de las mujeres, soy incapaz de afrontar la depresión y la pérdida de autoestima que la censura del Sr. Arnold Bennett y los elogios del Sr. Orlo Williams ―o tal vez sea al revés― me causarían si leyera su obra completa. Por tanto, los degusto en los bocaditos que los críticos ofrecen en sus reseñas, pero no puedo tragarme la ración que usted sirve en las columnas de su periódico de la semana pasada, firmadas por «Afable Hawk”. El hecho de que las mujeres sean inferiores a los hombres en capacidad intelectual, dice, «salta a la vista”. A continuación, acepta la conclusión alcanzada por el Sr. Bennett, según la cual, «ese hecho no se alterará perceptiblemente por más educación y libertad de acción que consigan”. ¿Cómo explica entonces Affable Hawk el hecho de que a mí, como a cualquier otro observador imparcial en el que piense, me salte a la vista que el siglo XVII produjo más mujeres notables que el XVI, el XVIII más que el XVII y el XIX más que los otros tres juntos? Cuando comparo a la duquesa de Newcastle con Jane Austen, a la incomparable Orinda con Emily Brontë, a la Sra. Heywood con George Eliot, a Aphra Behn con Charlotte Brontë o a Jane Grey con Jane Harrison, el avance en capacidad intelectual me parece no solo perceptible, sino inmenso. La comparación con los hombres no me inclina en lo más mínimo al suicidio, ni mucho menos a sobrevalorar los efectos de la educación y la libertad. En resumen, aunque el pesimismo sobre el otro sexo es siempre agradable y estimulante, parece poco optimista por parte del Sr. Bennett y de Afable Hawk caer en él con la certeza de la evidencia presentada ante ellos. Así pues, aunque las jóvenes tengan todos los motivos para pensar que el intelecto masculino disminuye irrevocablemente, sería imprudente anunciarlo como un hecho hasta que ellas no tuvieran otras pruebas además de la Gran Guerra y el Gran Acuerdo de Paz. En conclusión, si Affable Hawk desea sinceramente descubrir a una gran poetisa, ¿por qué se deja embaucar con una hipotética autora de la Odisea? Naturalmente, no puedo pretender conocer el griego de la misma manera que el Sr. Bennett y Affable Hawk, pero he escuchado con frecuencia que Safo era una mujer, y que Platón y Aristóteles la colocaban, con Homero y Arquíloco, entre sus poetas más grandes. Que el Sr. Bennett pueda nombrar cincuenta poetas hombres que son indiscutiblemente superiores a ella es, por tanto, una grata sorpresa, y si publicara sus nombres, prometo, en un acto de esa sumisión tan querida a los miembros de mi sexo, no solo comprar sus obras, sino, en la medida que mis facultades me lo permitan, aprendérmelas de memoria.

Suya, etc.,


CP: Yo siempre he vivido subida a una ola feminista. Mi madre trabajó en el Instituto de la Mujer antes de pasar por Cultura y allí se rodeó de abogadas, activistas, dirigentes, luchadoras. A veces me sorprende este renacimiento feminista, aunque me alegra porque ayuda a dar visibilidad a todas esas mujeres que todavía viven en situación de pobreza o discriminación solo por el hecho de ser mujeres; mujeres en situación de exclusión. Durante mi adolescencia y juventud nos manifestábamos contra el terrorismo, la ley de Extranjería, la de Educación… lo que ha dado lugar a prestar más atención al feminismo y a las mujeres ha sido el maltrato del que muchas son víctimas. En el XIX, Susan Gubar y Sandra M. Gilbert cuestionaron toda una tradición literaria e intentaron comprender las ansiedades en las que se originó esa tradición de locas asociales que sustituían a mujeres dóciles en paisajes congelados e interiores ardientes junto con descripciones obsesivas de enfermedades como la anorexia, la agorafobia y la claustrofobia. Las escritoras del XIX como Emily o Charlotte Brontë estaban encerradas literal y metafóricamente. Estaban atrapadas en lo que Gertrude Stein, a quien también publicamos este año, denominaba poética patriarcal.

Con mi catálogo sueño con reproducir buenos textos donde no tengamos que plantearnos qué pluma los escribió, que, como se preguntaron las feministas Gubar y Gilbert, en el pasado quizá se tratara de un pene metafórico (pen [nis], en inglés) que reproducía las descripciones y metáforas ideadas por hombres, una época en la que la literatura femenina se despreciaba. No solo la literatura, sino también la historia de las mujeres. Ahora las imágenes femeninas y las masculinas tienen su propia voz, al menos en los libros que yo publico, independientemente de quién las escriba. Nos hemos despojado de la piel poética patriarcal que envolvía a las figuras literarias.


Al igual que hace un par de años los libros ilustrados llegaron para quedarse, ¿los libros que respaldan un planteamiento feminista de la cultura también se asentarán?

CP: Vuelvo a recrear la teoría de Gubar y Gilbert: antes la cultura occidental era una cultura patriarcal, lo sigue siendo, “una cultura en la que el autor del texto es un padre, un progenitor, un patriarca estético cuya pluma es un instrumento de poder generativo igual que su pene. Más aún, el poder de su pluma, como el poder de su pene, no es solo la capacidad para generar vida, sino el poder de crear una posteridad a la cual reclama su derecho”. Esa posteridad estará creada en el futuro por hombres y mujeres y ojalá no haga falta reclamar ninguna visibilidad porque será manifiesta.


¿Cuáles son los planes de futuro de Tres Hermanas? ¿Podrías adelantarnos algo de lo que viene?

CP: El futuro está cargado de belleza, como este cuento de Gertrude Stein ilustrado por Clement Hurd, El mundo es redondo, una verdadera maravilla que nos cuenta la historia de Rosa, una niña en busca de su identidad cuyo color favorito era el azul. Rescataremos en narrativa Los otros son más felices, de Laura Freixas; publicamos una saga japonesa, Nubes sobre la colina, la historia de dos hermanos que nos trasladan a escenarios bélicos y dimensiones culturales lejanas y sorprendentes, con millares de lectores en el mundo entero y traducida por primera vez al castellano; Leonida, de la italiana Nada Malanima, una cantante italiana reconvertida en escritora que nos cuenta la vida de una mujer que se distancia de todo lo que le rodea en busca de sí misma. Eso durante este semestre. Luego habrá más sorpresas después del verano que finalizarán con la publicación del tercer volumen del Diario de Virginia Woolf.

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Un comentario sobre “Entrevista a Cristina Pineda, de Tres Hermanas

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