·Título: La memoria del aire [original: La mémoire de l’air]
·Autora: Caroline Lamarche
·Traductora: Raquel Vicedo
·Género: novela autobiográfica, intimista
·Fecha: 2018 [original: 2014]
·Editorial: Tránsito
·Páginas: 108
·Valoración: Sí, recomendable
·Enlace de compra

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Lo único que sigue funcionando en mí cuando nada más lo hace es la escritura y el sexo.


Volvemos a traer a la palestra a Tránsito Editorial. Qué le vamos a hacer, nos gusta, o, mejor: nos encanta. Ya reseñamos su título de lanzamiento, La Azotea, de Fernanda Trías (de la mano de Ana Castro) y yo tuve el placer de entrevistar a su editora jefa, Sol Salama. Hoy tengo en mis manos el segundo título de este sello: La memoria del Aire.

Caroline Lamarche nació en Liège y pasó su infancia y juventud en España y Francia. Viajó a África, donde enseñó francés e inglés y, finalmente, se instaló en Bruselas. Ha publicado recientemente con Gallimard Carnets d’une soumise de province (2004), Karl et Lola (2007), La Chienne de Naha (2012), La mémoire de l’air (2014) y Dans la maison un grand cerf (2017).


La memoria del aire comienza con un sueño. La narradora, la propia Caroline Lamarche, ve a una mujer muerta: es ella misma pero hace más de veinte años, «como si hubiese estado todo este tiempo muriendo». Este sueño abre una brecha hacia el pasado: desde entonces, cada día la narradora va a visitar a la muerta y conversa con ella. Los recuerdos afloran en forma de monólogo: su relación durante siete años con un hombre depresivo e iracundo, la crueldad de los juegos amorosos que vivió con él y, finalmente, la historia de cuando escuchó de otro hombre: «si lloras, te mato».

En este relato autobiográfico, tan rotundo y estremecedor como onírico y poético, Lamarche ahonda en la vulnerabilidad de la infancia, en las relaciones de poder que forman la dependencia afectiva y, sobre todo, en esa violencia que nunca debería de ser consustancial al amor y que, sin embargo, tan a menudo lo es.


No sé si lo tengo que detallar o no, pero estamos ante otro libro peculiar y especial. Un libro que es más que un libro y, al mismo tiempo, solo es un libro. Un relato, según se define en la propia sinopsis, con tintes y aires de prosa poética al uso en el que el estilo metafórico prima sobre todo lo demás.

Aun así, y entre estas brumas narrativas donde la palabra aire nos viene muy bien, se trata de una obra muy realista. Profundamente realista. Pero solo para aquellas personas a las que cierto dolor emocional, cierto conocimiento de la tristeza y de la soledad, no les sea del todo ajeno. Las que más. También solo a las que la literatura les sirva como cura de males, como viaje al más allá. Identifico La memoria del aire como una triste canción, una confesión horrenda. Un camino breve, pero lleno de entresijos. ¿Me estoy perdiendo ya? Y yo que prometí no perderme más cuando escribiera reseñas.


En la pequeña muerte, floto como en un agua muy pura, muy ligera, que se encontraría a miles de metros de la superficie.


Lo que más me gusta es poder descubrir autoras nuevas de esta manera tan delicada, tan porque sí. Eso no resulta nada sencillo, pero cada vez lo es más gracias a editoras poderosas. Por eso me siento un poco privilegiada, por tener este espacio y por dedicarme a lo que me dedico. Es curioso porque cuando me topo con mujeres que escriben cosas así, mi mundo, que es tan negro, cobra un sentido nuevo. El mismo sentido que, creo, buscó Caroline Lamarche al escribir este texto tan personal.


«¿Cuándo?» decía yo, queriendo decir: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo nos sostendrán los libros, el amor? ¿Hasta cuándo serán los libros y el amor más fuertes que esta frase: Un día acabaré por matarme?


La lectura me ha llegado muy adentro. Lamarche es una mujer poderosa, pero llena de dolor. Habla de la soledad (¿quién no conoce a la maldita soledad?), del amor y del desamor (¡condenada maldición, no hay quién se la saque de dentro!), de los sueños y de las pesadillas (las que nos visitan en sueños, las que soñamos despiertas) y, en definitiva, de un yo que se retoza en sus vivencias, tan complejas, a veces, tan difíciles de comprender otras.

La maternidad se acaricia. Lamarche habla de sus dos hijas y piensa en ellas. Son una luz, también una responsabilidad para sí misma. Del vestido rojo (¿por eso la portada es roja, para ilustrar ese momento?), de la sangre roja. Rojo que también ilustra la culpabilidad injusta con la que a veces nos cubrimos y nos martirizamos.


El aire acogió esta frase. El aire conserva su memoria. La memoria del aire conserva todos nuestros gestos, todas nuestras palabras y hasta los gestos y las palabras a los cuales terminamos por renunciar.

Un comentario sobre “La memoria del aire, de Caroline Lamarche

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