·Título: La mujer nueva
·Autora: Carmen Laforet
·Género: narrativa
·Fecha: enero de 2013 [original: 1955]
·Editorial: Austral
·Páginas: 320
·Valoración: Imprescindible
·Enlace de compra

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En junio de 2016, cuando comenzamos nuestra actividad en este espacio, mi compañero David Pierre publicó la crítica a la opera prima (y obra más reconocida) de Carmen Laforet: Nada (1944, Premio Nadal). Esta novela también la reseñé yo hace mucho tiempo en mi anterior blog por recomendación de David y es, probablemente, una de las obras que más me han influido como escritora.

El año pasado continuaba mi fascinante camino de letras ahondando en la literatura de poderosa y rara mujer con la maravillosa La isla y los demonios (1952), titulo que todavía no he sido capaz de sacarme de la cabeza. Ahora, casi un año después, continúo en este bucle con La Mujer Nueva coincidiendo, de algún modo, con un viaje personal de autodescubrimiento.


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Paulina, una mujer de mediana edad, se separa de su marido, cuyo matrimonio es invalidado por las coincidencias contradictorias de la guerra civil y decide independizarse y demostrar que puede valerse por sí misma, acomodándose en un piso en Madrid y, si es necesario, haciéndose cargo de su hijo. Es una nueva vida, llena de desconocidos horizontes, descubre de nuevo el amor y mantiene una apasionada relación amorosa.

Esta historia podría parecer habitual en nuestra época pero La mujer nueva está escrita en los años cincuenta, en plena posguerra y en una etapa de gran represión franquista lo que hace de esta novela una precursora en España de una literatura feminista.


En La Mujer Nueva no nos encontramos a la Carmen Laforet que hemos leído en sus dos títulos anteriores. Atrás queda esa joven universitaria, sin cargas familiares, libre y fumadora, que obtuvo el Premio Nadal. Laforet está casada con Miguel Cerezales y tuvo un total de cinco hijas (Agustín y Silvia también fueron escritoras). El matrimonio se separó en 1970, lo que dio lugar a una dura situación económica para la escritora.

Creo que es imposible separar la vida de la obra de Carmen Laforet. No tendría sentido una cosa sin la otra, es demasiado personal, demasiado íntima. Me da un poco de pena porque cada vez es más complicado encontrar este tipo de literatura tan visceral, tan poco pretenciosa, pero tan profunda y tan especial. Libros que se arraigan de una manera insólita. Y yo leí la historia de Paulina con profundo respeto y admiración, a pesar de que sabía que no me encontraría lo que antes me había encontrado.


«Yo —pensaba Paulina— tengo un deseo de sinceridad y no concibo la vida sin un amor grande. Yo soy de esas personas que sufrirían siempre. Ahora sé que sin remedio».


La narrativa que aquí leemos muestra un atisbo de madurez en la desesperanza y en el agotamiento. Se sabe que Laforet sufría en su escritura, le costaba encontrar tiempo, sentía un vacío en su vida que luchó por llenar incansablemente. Pero ese vacío a veces no se puede llenar. Paulina fue una vía de escape. Es demasiado evidente.


Era como estar envuelta en una punzante alambrada. Era como estar en un infierno.


«Estoy loca, pensó; estoy loca. Esto es que me he vuelto loca ya».


La novela comienza con un viaje en tren (como el de Andrea que llega a Barcelona, o como el que ansía hacer Marta para escapar de la isla y sus demonios). Paulina deja a su marido y a su hijo en busca de algo. La autora pierde unas páginas extrañas en describirnos a la familia de Eulogio Nives, su marido. De esta forma, se crean dos tramas que se van entrelazando: la de Paulina, que se busca desesperadamente, y la de las personas que deja atrás.

Se habla de que es una de las novelas precursoras de la literatura feminista en España pero esto, a priori, resulta sorprendente. Dado que el argumento principal nos guía a una mujer que huye de su marido, del ferviente romance que tiene con su cuñado Antonio (cuya mujer, Rita, está gravemente enferma) y de su hijo de once años, Miguel (no podemos obviar lo innovador que es esto, incluso para nuestros días), para encomendarse a la vida cristiana.


De pronto, al apagar la luz para acostarse, Paulina notó que se estaba envidiando a sí misma. Envidiaba a la mujer de otros tiempos que se había entregado sin reservas a este goce de su pensamiento que la seguía llenando.  Sintió que estaba siendo hipócrita con ella misma y se espantó. Hizo rápidamente la señal de la cruz y se tiró en la cama como un mar. Se durmió agotada.

Al otro día, no fue a misa y perdió aquel gran milagro, aquella inmensa maravilla de su comunión de todos los días.


De un modo repentino, Paulina siente que la gracia de Dios se despierta en ella y la busca con afán y desesperación. Intenta entrar en círculos religiosos, entabla conversaciones profundas para conseguir una guía, una paz, una luz. Para entender qué es lo que quiere Dios. Pero resulta curioso, porque Paulina no fue siempre creyente. Carmen Laforet quería ir más allá.

El ansia por encomendarse a una vida religiosa retirada en un convento liberaría a Paulina de un peso que arrastra y del que no puede tirar más. Esa mujer nueva no es más que una mujer rota, que soporta el duro rol de las mujeres en el franquismo, después de una guerra terrible para todos. Obtenemos una poderosa radiografía social, de esas de las que nuestra escritora nos dejó legado. Una radiografía de pluma femenina, fascinante y dura.

Muchas me habéis dicho que no habéis sido capaces de adentrarnos en este libro tosco, lleno de brumas, poco fluido. Lo comprendo. Su lectura va a trompicones, sobre todo en el inicio. No obstante, para mí es fundamental, tanto como lo es Elena Fortún, o Carmen Martín Gaite. Creo que se lo debemos. Por eso son imprescindibles.


Era una mujer sin una nube en su alma.

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