·Título: Memorias de un servilleta
·Autor: Cristianxander
·Género: poesía
·Fecha: noviembre de 2018
·Editorial: Círculo Rojo
·Páginas: 112
·Valoración: Sí, recomendable
·Enlace de compra

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Cristianxander nació un 29 de febrero de 1988, algo que ya hace especial a un poeta que cumple años cada cuatro. Abrió sus ojos en A Coruña, ciudad en la que también tengo el lujo de vivir. Al poco de llegar a este mundo, fue trasladado a Canarias, después de vivir en Pola de Siero (Asturias) y  regresar a Galicia en 1995.

Es un poeta multifacético al que he tenido oportunidad de conocer personalmente. Estudia su primer año de psicología, es un hombre interesado (quedándome corta con el adjetivo) por la filosofía y también es músico y compositor.

Su vida y obra está marcada por el abismo de la pérdida, de la desolación y de la depresión. Saliendo de esta línea de meta, podremos saborear mejor este poemario.


Café en mano, llueve ante la ventana. Ya ha anochecido sin recordar en qué momento ha sucedido este encuentro con la luna.


En el prólogo se recalca una liberación al crear esta obra, que cualquier lectora de poesía puede disfrutar como si leyese una gran obra. A veces la vida te sorprende con autores que comienzan a hacer sus pinitos y te encuentras algo digno de una reseña que, espero, esté a la altura.

Cristiaxander ha encabezado sus poemas en números romanos. El libro está estructurado en seis partes, nadando desde el amor a la despedida, rozando episodios de lujuria, de pérdida, de vida. Definiendo la vida líricamente, al fin y al cabo.

Al leerlo, una ve claramente como los sentimientos se transforman en tinta, en palabras, en poemas.


…en toda mi vida, […] el amor siempre fue una jodida quimera,
[…] cuando la busqué no aparecía y cuando apareció yo ya no estaba.


Pelos de punta a cualquiera que haya sufrido un desengaño, la negativa a una realidad con la que te das de bruces ante una ilusión que se había quedado a vivir en la mente.

A pesar del dolor, el autor muestra todavía un amor sano y desinteresado:

Era fuerte y no soñaba con un príncipe azul […] sabía que la vida no era es de color de rosa y sola se cuidaba […] la admiraba. Joder, cómo me encantaba, ella no lo sabía, pero cuánto más auténtica era, más me enamoraba.


Los versos que cualquiera desearía que le dedicasen, unos versos que su destinataria, tal vez, no supo valorar. Valoro la valentía del autor ante abrir la cremallera de su alma  y compartirlo con sus lectores.

También vemos reflejado en sus líneas el momento en que creemos que nunca olvidaremos:

Hay las mismas posibilidades de que deje de amarte que de que me caiga un rayo treinta veces.


Impecable metáfora. Impecable modo de trasmitir al lector lo que se siente en esos momentos. La tinta plasma en dieciocho palabras el sentimiento de tener que comenzar un proceso de olvido.

Comienza entonces el duelo, el sentimiento de que la pérdida es algo dolorosamente real:

[delirando por un amor acabado,

desde aquel infierno de cristal,
escritos en el último vagón
por una mano firme de despedida enferma]


Los adioses forman parte de su vida. Unos adioses que transforma en versos, unos adioses cuyo dolor comparte con palabras para todas aquellas que podamos haber sentido lo mismo.

Y lamento darle un toque personal a la reseña, pero leer que alguien padece lo mismo que una misma, alivia, da paz y conecta. Hace que te sientas menos sola en este camino pedregoso de olvido, recuerdos y melancolía.

La esperanza también forma parte de este precioso poemario, el texto Por si acaso nos regala:

aún juego a la lotería
[…]
por si acaso tengo que mandarte una postal.


Ese antídoto, ese ¿y sí?, ese creer en una magia que sabemos que no existe. Entonces otra fase del duelo: la rabia, en el texto Rabia:

El apego se muere como un aborto espontáneo sin esfuerzo y me siento culpable.
Por permitirme sufrir por alguien que ya no tiene ganas por nadie.


La parte más oscura del poemario y de la existencia misma son los Pensamientos suicidas. La valentía del poeta al expresar algo tan íntimo y tan duro.  Una lectora que empatice mínimamente podrá sentir como su piel se pone de gallina.

Tras esto, leamos:

Y un día se canso de dar lo que nunca recibió.


Sus versos nos regañan ante esta forma de anteponer las necesidades de los demás ante nosotros mismos. Esa forma insana de vivir las relaciones interpersonales. Es fácil decirlo.


…todo está terminando conmigo.


Sucede la asfixia de la vida, del desengaño, del echar de menos. De sentir que la lectora también tenga ese nudo en la garganta que parece no deshacerse nunca.

Cristian nos describe esa misma sensación al final del libro:

Pero no todo es blanco o negro. Hay arena en el mar y agua en el desierto.


Un soplo de esperanza, para quien la ha perdido. La ilusión no muere, y en este texto nos lo recuerda.

Solo puedo agradecer estas palabras. Este texto que tanto he releído y subrayado.

Enhorabuena al autor. No sé a qué esperáis para adquirirlo.

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