Título: Primera persona
·Autora: Margarita García Robayo
·Género: textos intimistas
·Fecha: enero de 2019
·Editorial: Tránsito Editorial
·Ilustración: Donna Salama
·Número de páginas: 220
·Valoración: Imprescindible
·Enlace de compra

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Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) es una escritora Colombiana radicada en Buenos Aires. Es autora de las novelas Hasta que pase un huracán, Lo que no aprendí (finalista Premio Biblioteca de Narrativa  Colombiana en 2015)Tiempo Muerto. También escribió libros de cuentos, entre los que destaca Cosas Peores (galardonado con el Premio Literario Casa de las Américas en 2014) y el librito que ocupa esta crítica, Primera persona.

Su obra ha sido traducida a los siguientes idiomas: inglés, francés, portugués, italiano, hebreo, turco y chino.


«¿Cuántos pensamientos caben en un acto? ¿Cuántas mujeres caben en un cuerpo? ¿Cuántas en una vida? ¿Estoy dispuesta a abrazarlas a todas?». En este conjunto de narraciones autobiográficas, Margarita García Robayo hurga en sus recuerdos y los descose sin miedo al dolor o a la nostalgia.

En Primera persona no hay grandes tramas ni certezas. La autora divaga sobre temas como el enamoramiento, el miedo a la maternidad, las frustraciones, el hastío o la locura, posando una mirada salvaje sobre la naturaleza humana. Con un cinismo agridulce y una ironía punzante, García Robayo abre sus heridas, que bien podrían ser las de toda mujer.


Después de reseñar en este espacio los anteriores títulos de Tránsito, La Azotea (por mi querida Ana Castro) y La Memoria del Aire, creía que ya en poco podía superarse su apuesta editorial. Está claro que estaba equivocada, coronándose la que hoy nos ocupa como una de mis obras favoritas de los últimos años. Pero, ¿por qué?

Primera persona es un conjunto de textos intimistas escritos en primera persona. Y no solo como forma narrativa, sino en contenido, ya que se trata de relatos con un componente autobiográfico, enfocados en vivencias personales y, también, en los sentimientos más íntimos de la autora. Estos casi siempre vistos desde el punto de vista de un feminismo diferente, muy crítico, y muy honesto, también.

Así comienza, con un reflejo del mar, de la infancia. Tan importante para ella que ha sido la elección de Donna Salama para la portada:

El primer recuerdo es molesto: el escozor de la sal en las heridas de infancia. Primero te sacude, después te anestesia y el cuerpo queda como curado y limpio. Me caía mucho, me raspaba y encontraba gran placer en sacarme la costa seca de la herida. Mis rodillas son un mapa de cicatrices microscópicas.


De infancia y de su ausencia de tiempo llena la autora varias páginas. El sol y su libertad, su familia, tan terriblemente arraigada, pero siempre sometida a una angustia tan joven que parece saber, a ciencia cierta, que nunca la abandonará. Aunque comprendo que este relato está escrito en la edad adulta, no dejo de identificar a una Margarita García niña con una gran inteligencia emocional. Una inteligencia que, sin lugar a dudas, la llevará a estar poseída por una insatisfacción vital incurable.

Crecemos con ella a lo largo de las páginas. Vivimos sus primeros amores, hombres de los que solo conocemos sus iniciales. Pero su referente masculino es la dolorosa figura de su padre, su mejor amigo y su peor pesadilla. Esta narradora tan sincera, sin remilgos, sin tapujos, tan solo encontrará un refugio real en la literatura.


La poeta termina de cantar, hay silencio


Pero la literatura es tan imperfecta como cualquier otra cosa. Se siente seca, un poco angustiada. Incomprendida. Pasan los años tal y como pasan estas páginas. Y saltamos de relato en relato, encontrando siempre un punto en común y, al mismo tiempo, una distancia triste entre la niña que era y la mujer que llega a ser. Entonces alcanza la maternidad, y su análisis de la misma puede llegar a romper todos los esquemas. Es madre, pero sigue siendo esa hija. Esta dualidad la hace bailar en la locura del pensamiento.


Tu mamá te dijo que no eras su hija. Estaba sentada frente al espejo, haciéndose la toca. Mirabas su espalda, sus brazos levantados, sus dedos maniobrando pelos crespos y barritas.

¿Eras adoptada?

Ella dijo que no. Te había parido, como a todos los demás, pero no eras su hija.

¿Qué eras, entonces?

No sabía. No tenía una explicación.

Pero…

Algo que había crecido en su barriga por obra y gracia de alguna enfermedad y que al cabo de un tiempo había podido expulsar sin comprometer ningún órgano.

¿Un tumor?

Eso mismo, dijo. Se dio vuelta y acarició tu mejilla.


Mirarme al espejo es algo que hago con frecuencia, pero no por vanidad (o no sólo), como pensaría cualquiera que me viera por la calle buscando mi reflejo en una vidriera, sino por la necesidad de reconocerme: en mi cara estoy yo, pero también está mi papá y está mi hijo mayor que se parece mucho a mí —o yo a él, no sabría decirlo—; tanto se parece que cuando no tengo un espejo a mano lo miro a él y ya me encuentro. Su cara es un ancla a tierra.


Su condición de mujer, de madre, de esposa. De escritora. Es una batalla constante con su intimidad, con un mundo enorme que tan solo comprende desde su perspectiva. No hace falta viajar muy lejos; en lo cotidiano encuentra lo más hermoso y también lo más horrible. Apenas se vale de poesía, la autora prefiere sumergirse en la contundencia de la fealdad.

Y en algo que todas las mujeres podemos sentir y comprender:

[…]porque en mi cabeza ninguna mujer estaba a salvo. Mi peor pesadilla era —y quizás lo sigue siendo— quedarme sola en un cuarto lleno de hombres.


—La naturaleza es sabia —dice Delfi, que regresa con mis bolsitas y un gotero, a su pesar.

Meto a Vicente en el huevito, me levanto.

—La naturaleza mata gente.

Un comentario sobre “Primera persona, de Margarita García Robayo

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