Helheim, Puertas del abismo

Capítulo 3: El juicio

POR MAITE MOSCONI

Lee Helheim #2: La celda aquí.


La luz del sol atravesaba el agujero del techo e impedía a Syn ver el rostro de sus enemigos. El halo la cegaba y no distinguía las sombras de las figuras que se ocultaban tras el círculo luminoso que caía sobre ella. Pero hacía tanto tiempo que no sentía el astro dorado que disfrutó de su calor mientras aguardaba de rodillas, con los brazos extendidos y maniatada, a que decidieran su destino.

Syn no podía verlos, pero sí los escuchaba.

Hablaban, susurraban sobre ella sin ningún tipo de compasión. Mientras, la joven se estremecía al pensar en lo que le esperaba.

Desconocía qué final tenían preparado para ella, y esa incertidumbre era un tormento en comparación con lo que había sufrido en la celda.

De golpe, se fijó en sus manos.

Tenía varias uñas rotas y un corte profundo en la palma derecha. La piel de sus muñecas estaba en carne viva a causa de la cuerda que la ceñía.

Tragó saliva y tembló al recordar el frío que había devorado poco a poco el calor de su cuerpo y de su alma hasta convertir sus heridas en llagas.

—¿Qué hacías en ese tren?

La pregunta la sobresaltó. Sabía a quién pertenecía aquella voz. La reconocería entre otras mil.

Se negó a contestar. A él no le respondería jamás, así que selló sus labios para que de su boca no saliera ni una palabra.

Ante su mutismo, el murmullo de las voces resurgió y se hizo un eco ensordecedor en la estancia.

Escuchó como sus pasos seguros y elegantes se dirigían hacia ella.

Él se agachó y en el halo de luz que la cubría, le mostró su cara.

—Di qué hacías en ese tren —repitió, amenazador.

Syn apretó los dientes mientras aquel maldito olor a menta invadía sus fosas nasales.

Estudió a su captor con detalle.

Poseía una nariz afilada y unos ojos rasgados de color verde oscuro. El mentón le sobresalía en sintonía con aquella napia. El pelo, castaño, liso y pulcramente peinado, lo llevaba recogido en una cola alta.

Por fin podía dejar de imaginar a su verdugo. Por fin podía dirigir hacia alguien real todo el odio que sentía.

Cuando el tipo dibujó una sonrisa cruel, Syn deseó partirle la cara.

—Más te vale que nos contestes, muchacha —insistió.

La joven se acordó de la recomendación de su sanadora, y se mordió los labios para reprimir el impulso de mandarlo al vasallaje de los gigantes de Jötunheim.

El golpe le llegó por la derecha en esta ocasión, y cuando la palma de la mano de él estalló contra su oído, aguantó, estoica, a pesar del dolor.

El pitido que desde la explosión del tren la había acompañado se acentuó.

Si conseguía salir de aquella situación, estaba convencida de que nunca volvería a ser capaz de oír bien.

—¡Habla! —le ordenó el torturador sin concederle un segundo de aliento.

Syn cerró los ojos y se mordió la lengua hasta que logró que le sangrara.

Se mantuvo impávida mientras el hombre la aporreaba en los brazos, en las piernas, en el estómago; en los sitios en los que también le había hecho varias magulladuras durante su estancia en la celda. Aunque peores eran las heridas del alma, pensó, y la suya, a pesar del tormento, rezó, sería un corazón indestructible, profundo y cristalino como el agua.

Él apresó su oreja y tiró de ella mientras la pobre muchacha se inclinaba con una exclamación de dolor.

—Niña idiota —rio su torturador de nuevo, disfrutando con su sufrimiento—. Me contarás la verdad. Aunque tenga que molerte a golpes.

Syn levantó la vista entonces y, llena de rabia, carraspeó, tomó impulso —el que pudo arrancar del poco arrojo que le quedaba—, y le escupió. El salivazo cayó de pleno en la tez grisácea de la cara de su verdugo que, furioso, se abalanzó sobre ella y apretó su cuello con fuerza.

Le empezó a faltar el aire y pateó desesperada para intentar soltarse de su amarre.

Una mano apareció de repente entre la penumbra, tiró del hombro de su torturador y lo empujó para que la soltara.

—¡Jostein, déjala! —El verdugo se resistió, pero la voz solicitó con tono de mando—: ¡He dicho que la sueltes!

Al cabo de unos segundos de agonía, cuando Syn estaba ya a punto de ahogarse, el tipo cedió en la sujeción y, con un aspaviento furioso, la dejó libre.

La joven se desplomó de forma estrepitosa y, mientras tosía, se revolvió en el suelo en busca del aire que le faltaba y con el que debía volver a llenar sus pulmones.

—Como predije —señaló la figura desconocida—. Tus tácticas, Jostein, no sirven de nada.

Jostein. Así se llamaba su verdugo. Ese era su maldito nombre. Ahora Syn lo conocía, y esa información era poder para ella. Poder para alimentar su odio y con el que, cuando estuviera ante los dioses de Asgard, reclamaría venganza.

Mientras se erguía, la joven ocultó una sonrisa.

En la lengua antigua, Jostein significaba caballo y, en verdad, el semblante de su verdugo representaba el animal que aquel nombre referenciaba.

Le produjo cierta satisfacción ser capaz de reír a pesar de su desgracia. Porque sí, tal vez sus enemigos le arrebatarían la vida, pero jamás le quitarían su voluntad.

Alguien la agarró del mentón y se plantó frente a ella. Cuando Syn alzó la vista, descubrió a un hombre mayor de cabello cano, nariz chata y unos labios anchos y gruesos que se dejaban apreciar bajo la barba tupida y grisácea.

El anciano metió la mano en el bolsillo y extrajo una navaja. Cuando abrió la hoja y la acercó a la muchacha, esta se asustó; temía por su vida.

Syn hizo amago de apartarse, pero el viejo la sujetó del brazo y, con un movimiento sorprendentemente ágil, cortó la atadura que rodeaba sus muñecas.

—¿Quién eres?

Tanto la pregunta como el gesto del anciano fueron amables, y hasta el paladar de Syn llegó el sabor del chocolate amargo que tanto le encantaba y le recordaba a su padre.

Al rememorar esa sensación, la joven a duras penas fue capaz de contener el llanto.

A él sí le daría una respuesta.

Levantó la cabeza con orgullo y observó a las figuras que se ocultaban, cobardes, tras la oscuridad que la envolvía.

—Soy Syn —dijo mientras se giraba para que todos escucharan con claridad cada una de sus palabras—. Hija de la mujer que da la vida y del hombre cuyo apellido significa el dirigente guerrero y solitario.

Se produjo un silencio inquietante a su alrededor, pero la muchacha, que ya no temía a nada ni a nadie, prosiguió sin un atisbo de temblor en su mensaje.

—Me llamo Syn —repitió—, y soy hija de Liv y Corey Einar, a quienes los dioses de Asgard bendijeron con dos hijos gemelos. —Levantó un dedo—. Eivor, el regalo sabio —se tocó el pecho señalándose a sí misma— y una guerrera guardiana del umbral sagrado.

Sus palabras causaron un efecto inmediato en los presentes que, para su sorpresa, empezaron a lanzar exclamaciones de desconcierto.

—¡Me llamo Syn! —volvió a incidir, vociferando—. Y soy hija de Liv y Corey Einar, que dan existencia a lo desconocido.

Hubo un cuchicheo general y cierto tumulto que la joven no comprendió.

—¡Yo no miento! —dijo, y se fijó primero en su torturador, luego en su salvador. Añadió con un susurro—: Yo nunca miento…

Ambos la miraron como si el cielo se hubiera abierto y ante ellos acabara de presentarse la mismísima diosa madre.

—Lo que afirmas es una locura —señaló Jostein, y se alejó dos pasos sin dejar de observarla con espanto.

—No lo es —afirmó ella—. Ambos iban en ese tren, conmigo y con mi hermano, y vosotros los habéis matado.

De nuevo se produjo otro silencio tenso en la sala, y Syn tragó saliva para no llorar delante de esa gente y así añadir con rabia:

—Pero a vosotros qué os importa.

El anciano se aproximó hasta el círculo luminoso y agarró su mentón por segunda vez:

—Sí nos importa —repuso el viejo con bondad y cierto afecto—. Tus padres eran dos de los mejores y más grandes guerreros que lideraban nuestro mundo y nuestra casa; y ellos también pertenecían a nuestra Nilfheim.

2 comentarios sobre “Helheim #3: El juicio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s