·Título: Otro planeta. Memorias de una adolescente en el extrarradio
·Autora: Tracey Thorn
·Traducción: Ismael Attrache
·Género: memorias
·Fecha: mayo de 2019
·Editorial: Alpha Decay
·Páginas: 224 páginas
·Valoración: Bien, bien
·Enlace a la compra

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Memorias de una joven de extrarradio a punto de abrazar el punk

Cuando intento rememorar el pasado, cuando quiero recordar lo que de verdad pasó y no lo que yo creo que sucedió, y lo que de verdad sentí, en lugar de lo que me gustaría pensar que sentí, y lo que de verdad hice, en lugar de lo que digo que hice, consulto mis diarios. En ellos, siempre me dejan anonadada todas las cosas que se cuentan y todas las cosas que no. Me retrotraigo al inicio e intento imaginarme en el día en que decidí llevar un diario: el 29 de diciembre de 1975, cuando tenía trece años.


Otro planeta no es una autobiografía más ni un libro cualquiera de esos que se aventuran a escribir los músicos en determinado momento de su vida. Aunque su autora, Tracey Thorn, sí responde a ese perfil: es una de las artistas fundamentales de la escena pop independiente británica (Everything But The Girl), que participó del nacimiento del punk. Alpha Decay recopila ahora estas memorias en las que, con un tono tierno y cercano (casi entrañable), se entremezclan sus diarios de adolescencia con letras de canciones y todo aquello que la mantuvo lejos de la abulia hasta llegar a ser la creadora de referencia que es hoy: cantante, escritora, compositora… Casi un mito.


Y, de repente, de la nada, aparecen destellos del punk, como chispas de luz que se encienden y se apagan en medio de la oscuridad, al principio apenas percibidas, sin la intensidad suficiente para que me fije bien en ellas.


Entre sus páginas, toda una exaltación de la cultura pop contemporánea, que emociona especialmente a aquellos jóvenes con inquietudes artísticas entre los 80 y los 90. Decenas de películas, una buena selección de libros y cientos de referencias musicales pueblan esta obra, haciendo que Otro planeta tenga banda sonora propia —que coincide con lo que sonó en nuestros Walkman y Discman de entonces— e hipervínculos a nosotros mismos, porque nuestra sensibilidad e identidad se conforman en ese período tan convulso de la adolescencia al que vuelve ahora la vista Thorn.

Sí, la protagonista es Thorn, pero tras la lectura de unos cuantos capítulos lo olvidamos: se trata de otra chica más, como nosotras lo fuimos, que está aprendiendo a sobrevivir en un contexto en el que no se siente cómoda. Y es que el espacio en el que se desarrolla la narración adquiere gran importancia: el extrarradio de Londres, en el que predomina el hastío y el aburrimiento, frente a esa metrópoli en ebullición y repleta de estímulos artísticos. Esta condición marca también la pertenencia a un estatus socioeconómico privilegiado, cuyo estilo de vida rechaza Thorn por entonces.

La narración se articula a través de pequeños fragmentos de los diarios de juventud de la autora, que dan cuenta del día a día de una joven a la caza de su lugar en el mundo y a medio camino entre el entorno natural y el urbano. Estos fragmentos no solo son reproducidos, sino que se reflexiona sobre ellos con la perspectiva de lo ya vivido. En este sentido, Thorn ha conseguido aunar con gran soltura estos elementos, sin restar fluidez a la lectura o al ritmo de la narración. Otro planeta se alza así como un retrato íntimo, en el que resulta fácil que el lector se vea reflejado.


A finales de 1977 había cumplido quince años, en mi interior rebosaban la frustración y la energía acumulada, y en medio de ese aburrimiento, empezaba a emocionarme. En el diario hay muchas anotaciones sobre los discos que compraba, sobre los personajes a los que había visto en la tele.


El diario como objeto físico también adquiere relevancia para dejar constancia del paso del tiempo y de la evolución del personaje, pero sin dejar a un lado el elemento nostálgico que se le presupone.


1977

Un diario Collins azul en el que cuatro días ocupan dos páginas, con espacio para cinco o seis frases por día. Yo tenía catorce años y todavía no se habían producido grandes cambios. Comía cosas propias de los años 70.


Por todo ello, da igual si conocíamos a Tracey Thorn y escuchábamos sus canciones o si vivimos o no en el extrarradio, porque estas memorias reflejan cierto sentir social de un momento y dan cuenta de la evolución de la generación de los 70 que comenzaba a explosionar artísticamente.  Esta obra supone un relato ameno y enternecedor, a medio camino entre el documental (novela social) y la autobiografía, que reafirma la arriesgada pero exitosa apuesta de Alpha Decay. En medio de la convulsión emocional, que tanto Thorn como nosotros, los de entonces, vivimos, lo que queda es lo que resulta el germen de este libro: que la música nos salva y nos define y, de fondo, una reivindicación: más protagonismo para la mujer en la escena musical.


[…] Todas esas mujeres estaban ahí fuera. Todo esto iba a suceder. Todo esto iba a llegar. Pero, por el momento, yo seguía aguardando esperanzada. Aguzando el oído para captar señales. Oteando el horizonte, escudriñando a lo lejos, esperando algo nuevo.

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