·Título: La esclavitud de las mujeres [Original: The slavery of women]
·Autor: John Stuart Mill
Traductora: Emilia Pardo Bazán
·Género: ensayo
·Fecha: noviembre de 2018 [Original: 1869]
·Editorial: Triskel Ediciones
·Páginas: 190
·Valoración: Bien, bien
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La esclavitud de las mujeres es un ensayo político y social pionero, no en vano fue escrito en 1869, y en el que el filósofo John Stuart Mill hace una enconada defensa de los derechos de la mujer. Para el pensador británico era primordial que la mitad de la sociedad inglesa, las mujeres, dispusieran de los mismos derechos que los hombres. El autor se apoya en su pensamiento utilitarista y liberal, aunque con influencias románticas y socialistas, para acabar con las supuestas imposiciones físicas y psíquicas que maniataban políticamente a la mujer en la conservadora Inglaterra del XIX.

Además, la obra recoge el prólogo que Emilia Pardo Bazán hizo con motivo de la traducción que ella misma realizó a finales del siglo XIX, y en el que la autora coruñesa hace un fenomenal recorrido por la vida y pensamiento de John Stuart Mill.


Este es el año de los ensayos feministas. Hemos leído y reseñado unos cuántos en A Librería (tanto yo como el resto de mis compañeras nos hemos dedicado con empeño a tal labor). Desde Feminismo Terapéutico a Vestidas de Azul o Cómo acabar con la escritura de mujeres y sin olvidarnos de Roxane Gay… Son algunos de los ejemplos de lo que hemos estado hablando en esta casa. El material, como empezamos a ver, es inagotable. Y de la misma editorial, a la que tanto queremos, que ya recibimos en su día el libro De la mujer, de Concepción Arenal, nos llega este ensayo traducido por Emilia Pardo Bazán.

El libro tiene un claro componente político, por lo que su lectura resulta densa y muy teórica. Aun así, existe entre sus páginas algo que nos puede resultar muy interesante y es ese análisis exhaustivo (y con un ojo sorprendentemente moderno) de la vida de la mujer. Resulta doloroso leer como Jonh Stuart Mill compara la vida de las mujeres del momento con el de las esclavas, haciendo símiles de su tarea en el hogar y el cuidado de los hijos al del esclavismo puro y duro. Nos podemos imaginar lo revolucionario de su pensamiento por aquel entonces.


Ya no quedan esclavos legales, salvo la dueña de cada hogar.


Valiéndose de un tono serio y académico, apenas deja espacio para valoraciones que pueden ser acusadas de personales. Pero conociendo su historia, que nos llega a través el prólogo de Emilia Pardo Bazán (muy necesario para comprender su importancia y transcendencia aun en nuestros días), en el que explica cómo vivió el su relación con las mujeres, principalmente con una de ellas: su esposa, Harriet Taylor Mill.


Stuart Mill y los que como él piensan y sienten (¡cuán pocos son todavía!) han traído al terreno de la realidad lo que Dante y el caballero manchego y la infinita hueste de trovadores y soñadores de todas las edades históricas situaron en las nubes, o por mejor decir escondieron y cerraron en los interiores alcázares del alma, sedienta de venturas que nunca ha de probar.


Mill apostaba por la emancipación y educación de la mujer, ya no solo como beneficio propio femenino, sino por el bien de los propios hombres. Defiende su postura, alegando que la mayor competencia radicaría en un crecimiento intelectual de la sociedad. De este modo, incluso en el ámbito matrimonial y doméstico, la igualdad de condiciones podría mejorar las relaciones entre esposas y maridos.

Exige, desde este escrito, un cambio de leyes para permitir que las mujeres pudieran ser dueñas de sus propias propiedades (de este tema leemos también en Una habitación propia, de la siempre imprescindible Virginia Woolf). También propone que las mujeres tengan derecho a trabajar fuera de casa, lo que les ayudaría a obtener estabilidad financiera independiente del yugo de sus maridos.


La subordinación legal de un sexo a otro está mal en sí mismo, y es ahora uno de los principales obstáculos del bienestar humano; y que debe ser reemplazado por un sistema de perfecta igualdad, que no admite poder ni privilegios por un lado, ni discapacidad por el otro.


Por supuesto, el sufragio femenino es una demanda innegable. Ya que las mujeres constituyen la mitad de la población, es más que necesario que puedan ejercer su derecho a voto. Ellas tienen derecho a velar por sus propios intereses.

Este tipo de lecturas, considero, son muy importantes y necesarias, a pesar del tiempo transcurrido. Creo que, solo observando lo ocurrido en el pasado, podemos salvaguardar lo obtenido y evitar que las injusticias y el machismo vuelvan a instaurarse. Vivimos tiempos de revolución, tiempos convulsos. No está de más echar la vista atrás y ver lo que, todavía, seguimos necesitando.


Creo absolutamente imposible que al presente decidamos lo que las mujeres son o no son, y lo que pueden llegar a ser, dadas sus aptitudes naturales, pues, en vez de dejarlas desarrollar espontáneamente su actividad, las hemos mantenido en un estado tan opuesto a lo que la naturaleza dicta, que han debido de sufrir modificaciones artificiales y, digámoslo así, ‘jorobarse moralmente’. Nadie puede afirmar que, si se hubiese permitido a la mujer como se permite al hombre abrirse camino; si no se la pusiesen más cortapisas que las inherentes a las condiciones y límites de la vida humana, límites a que han de sujetarse ambos sexos, hubiese habido diferencia esencial o siquiera accidental entre el carácter y las aptitudes de los dos.

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