·Título: El sonido de un caracol salvaje al comer
·Autora: Elisabeth Tova Bailey
·Traductora: Violeta Arranz
·Género: ensayo
·Fecha: junio de 2019
·Editorial: Capitán Swing
·Páginas: 152
·Valoración: Bien, bien
·Enlace de compra

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Una oda vitalista sobre las pequeñas cosas

Todas nos aferramos a pequeñas cosas que nos salvan. Las circunstancias dan igual, porque ese té que mamá nos regaló, regar la única maceta del balcón, tu diario, la llamada de tu amiga, tu gata… Por muy pequeño que sea el objeto o el gesto, encierra un poder enorme: conseguir que sobrevivamos un día más. Sobre todo cuando una vive con una enfermedad crónica, como es el caso de la autora de El sonido de un caracol salvaje al comer (Capitán Swing, 2019), Elisabeth Tova Bailey, una reputada ensayista y escritora de cuentos a la que su enfermedad limita y restringe su contacto con el mundo.

La publicación de esta obra es tan arriesgada como comenzar a narrar el dolor y supone toda una constatación de valentía. Por eso la editorial Capitán Swing, siempre tan combativa y comprometida, merece una mención especial. Por romper el silencio, por poner sobre la mesa lo invisible, por hacer que solo cuente la necesidad de rescatar una historia al editar un libro. Y es que esta obra marcada por la quietud, que podría considerarse un ensayo en el que se entrelaza la propia biografía con altas dosis de biología, no es una exaltación de la superación personal más, sino una prueba de resistencia en la que el cuerpo persiste porque no queda otro remedio mientras el yo de antes mira incesantemente el paso del tiempo.


Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certidumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio.


En este contexto, el del aislamiento impuesto por el propio cuerpo (“La enfermedad aísla; la persona aislada se vuelve invisible; la persona invisible se olvida”), adquiere especial relevancia aquello que consigue que resistamos un momento más, que con su presencia silenciosa acompaña nuestras horas de dolor e impide que el espíritu se desvanezca. En ocasiones es algo tan minúsculo como un caracol.


Después de varias semanas haciéndonos mutuamente compañía las veinticuatro horas del día, no quedaba duda sobre nuestra relación: ya era oficial que el caracol y yo vivíamos juntos. Reconozco que me había encariñado con él. Me sentía un poco culpable porque lo habían sacado de su hábitat natural sin preguntarle siquiera, pero no estaba dispuesta a separarme de él. Estaba dando un nuevo y agradable enfoque a mi vida y no sabía cómo habrían pasado las horas sin él.


La experiencia de la autora con su caracol se entremezcla con una investigación exhaustiva sobre esta especie. Cientos de fragmentos y frases de artículos pueblan la narración (a menudo con detalles sobre el caracol y sobre sus movimientos y sonidos, a los que jamás habíamos prestado atención) porque, para comprender y aceptar, es necesario leer sobre ello. Esta mirada honesta nos reconcilia con nuestro lado más natural y salvaje y sin decirlo expresamente proyecta un halo de vitalidad. Al fin y al cabo, la supervivencia exige una gran dosis de paciencia y creer en la poesía; también es poesía el recorrido de un caracol junto a la mesilla de noche de la que espera sin saber muy bien por qué.

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