·Título: A mí no me iba a pasar
·Autora: Laura Freixas
·Género: autobiografía novelada
·Fecha: junio de 2019
·Editorial: Ediciones B
·Páginas: 336
·Valoración: Imprescindible
·Enlace de compra

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A mí no me va a pasar. A mí no me va a pasar lo que a mi madre, lo que a mi abuela, lo que a mis tías. Eran otros tiempos. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como éstas salir de nuestra boca, de la de nuestras amigas? A mí no me va a pasar, prefiero contratar una asistenta a tener que estar peleándome con este por la limpieza. La pagaré yo, sí, pero lo haré con gusto. A mí no me va a pasar, en realidad no me cuesta nada meter su ropa en la lavadora cuando pongo la mía. Es que es un crío y luego llegan días que no tiene calcetines limpios. A mí no me va a pasar, la otra noche llegué a casa tarde del trabajo y estaba la cena sin hacer. Me dijo que no la había hecho porque no tenía hambre. Le he descargado una aplicación en el móvil donde a partir de ahora podremos registrar lo que cada uno hace en casa. Porque él dice que hace lo mismo que yo. La app va por puntos.

A mí no me iba a pasar (Ediciones B, 2019) es el último libro de Laura Freixas, una de las grandes referentes del feminismo español contemporáneo. Es, como el propio subtítulo indica, una autobiografía con perspectiva de género. Pero el concepto de autobiografía cobra aquí una dimensión distinta a la que estamos acostumbradas: normalmente, el autobiógrafo canónico debe aguardar a que un gran suceso histórico reseñable suceda cerca de él (Churchill y la II Guerra Mundial). Nos interesa su relación con lo general, con lo que la cultura dominante valora como significativo. Aquí, sin embargo, nos interesa la relación de la autora con lo particular: su vida cotidiana, sin guerras, sin grandes hitos canónicos de por medio. ¿Por qué? Porque bajo la vida cotidiana de una mujer se esconde la épica que afecta (de manera concreta) a la vida de todas las mujeres, como la guerra afecta (de manera abstracta) a las vidas de los hombres (excepto a Churchill, que sí le afectó directamente). Cuestión de ámbitos.

La épica de A mí no me iba a pasar transita fundamentalmente por un eje: la maleabilidad, la capacidad de adaptación de los modelos de género prescriptivos de la sociedad patriarcal. Esa gran cara infinita que es el sistema, que se modula, que se adapta a las resistencias como un virus; que expande entramados, subterfugios indetectables con los que seguir controlando nuestra conducta. Ese “a mí no me iba a pasar” alude a la convicción, que probablemente persuade a toda feminista, de ser lo suficientemente avezada, de estar lo suficientemente alerta como para escapar de sus garras: en este caso, de las garras del modelo de feminidad por antonomasia, del ser (socialmente) mujer. Pero el reto es titánico.

En su diario (Una vida subterránea, Errata Naturae, 2013), una Freixas de 34 años escribe:


No sé qué me pasa últimamente —¿será el embarazo?— […]. Pero sólo aspiro a estar en casa, ir de compras, hacer la casa más acogedora, dormir, cuidar las plantas; tener un jardín; leer echada en la tumbona […] cocinar; y, naturalmente, escribir.


Esta es una primera persona inevitablemente apegada a su presente. Todo el mundo anhela ser feliz y, desde luego, sería contraproducente pasarnos la vida interceptando esas breves ráfagas de perfección, de sensación de alineamiento cósmico, a cambio ¿de qué? ¿de ser coherentes? Demasiado intangible. Demasiado difícil. Y sin embargo, qué privilegio poder observarse a una misma a través de los años, más sabia y armada (la perspectiva de género es una herramienta de autoconocimiento de oro y diamantes), no con la intención de cambiar nada (sería absurdo), sino con la de comprenderlo. Comprender el porqué de aquellas sensaciones, aparentemente subjetivas, y mostrar su conexión con lo colectivo: con el sistema que opera por encima de nosotras.

El siguiente fragmento de A mí no me iba a pasar parece contestar al anterior:


Me miraba como contemplando, divertida, una extravagancia. Anda, reconócelo, eres como yo: una maruja. Maruja de lujo, eso somos las dos. ¿Por qué finges? ¿A qué juegas?


Aquí, la autora vuelve a un instante de su pasado donde no todo parecía aún tan alineado. Los resortes empezaban a flaquear. La narradora de esta primera persona se ha despegado de ese presente, lo contempla desde la distancia, y en ese espacio es capaz de captar los matices, las grietas que empiezan a socavar el bienestar. Dudas, excusas, ansiedad por justificar ciertas cosas.

Pero de vuelta a su diario encontramos el pistoletazo de salida, una primera intuición del gran proceso de toma de conciencia que supone desenmascarar nuestra sumisión a los modelos de género. Acerca de su marido:


Yo le he dicho que tenemos que ser distintos, porque si fuéramos iguales no habría pareja. Si fuéramos los dos como él, viviríamos en ciudades distintas y nos veríamos una vez al mes entre dos aviones, y muy pocos sentimientos se expresarían entre nosotros.


Mucho antes de A mí no me iba a pasar, la autora ya había llegado a la conclusión, aunque fuera inconscientemente, de que la relación con su marido no podía ser igualitaria. Pero, ¿por qué no?

Aviones y emociones. Categorías y experiencia vivida. La teórica y psicoanalista estadounidense Nancy Chodorow explica que la socialización que reciben niñas y niños en occidente padece una diferencia fundamental: los infantes de ambos sexos reciben como primer modelo el de su madre (con quien transcurren indisolublemente sus primeros años, a quien se asigna su crianza, etc.), pero, llegada una edad próxima a la adolescencia, se produce el cisma: si las niñas aprenden a ser mujeres observando e imitando lo que han visto en sus madres, los niños aprenden a ser hombres borrando a conciencia lo que han observado e imitado de sus madres, para incorporar nuevas conductas que no han aprendido mediante la experiencia. Se les aparta del hogar fundacional para introducirlos en el ámbito público, feudo de lo culturalmente masculino. Esta diferencia termina configurando los mandatos de género. En A mí no me iba a pasar, la autora observa esa progresiva diferencia de ámbitos en su pareja:


Cada día un poco más, él se ocupaba de los seguros, de las cuentas, de la hipoteca, del coche; yo de poner la lavadora, de preparar el pollo, de hacer la compra. Él de tratar con muchas personas ajenas, yo con muy pocas, muy queridas. Él de lo que se piensa, se negocia, se discute, yo de lo que se toca, se abraza, se saborea.


Desde el principio del libro, la autora rechaza el modelo de género femenino al que se presiente destinada, porque la condenaría a la dependencia económica y a una especie de ostracismo que veta cualquier acceso a la toma de decisiones (incluso sobre su propia vida). En cambio, valora el modelo masculino, asociado a la razón (no a la naturaleza, como el femenino) y ensalzado continuamente por la cultura patriarcal. De su pareja, dice:


[…] Era su lema: vivir sin estados de ánimo, sin altibajos, sin emociones. Una serenidad, una estabilidad, perfectas. Eso era lo que admiraba yo en él: que era un robot.


Así, ella aspirará a un modelo alternativo, y será cuando se tope con fuerzas culturales más difíciles de soslayar.


Yo me sentía avergonzada. Había intentado ser un hombre como los demás, pero había fallado: me había traicionado mi naturaleza carnal, mortal. Ya no pertenecía al orden superior, inmaterial y angélico de los jefes, sino al bajo y vulgar de las mujeres, las esposas, las secretarias.


La maternidad (el mandato de género femenino por antonomasia) fija ese límite, y se descubre como uno de los grandes dilemas de A mí no me iba a pasar. ¿Cómo reconciliar ese mandato con las propias ambiciones?


Yo quería ser madre porque no necesitaba razones para el sí (nadie me las pedía), pero habría necesitado razones para el no, y no estaba segura de tenerlas.


Del mismo modo que la narradora descubre la dificultad de compaginar el ser mujer con aspirar a un modelo masculino, terminará descubriendo que el modelo masculino parece irreconciliable con la vida cotidiana, con los afectos. De sus padres, dice:


Mi madre […], solo con vernos, sabía cómo nos sentíamos, cómo nos iban las cosas; no como mi padre, que tenía mucho trabajo y nunca se enteraba de nada.


Y de su propio matrimonio:


Yo, durante la cena: «No comas con los dedos», «no chupes el cuchillo», «no dejes las verduras»…

(Mi marido) comiendo en silencio, abstraído, sin vernos.


En definitiva, A mí no me iba a pasar es una minuciosa reflexión, en primera persona, acerca del fracaso de los modelos de género vigentes; no solo a la hora de procurar parejas heterosexuales igualitarias, sino a la hora de permitir que todas las opciones vitales, públicas y privadas, sean equidistantes tanto a mujeres como a hombres.

Pero A mí no me iba a pasar también es una importante vuelta de tuerca al concepto canónico de autobiografía: poner en valor la trascendencia de los temas colectivos en la vida de las mujeres (maternidad, trabas en el ámbito profesional, imperativo del ámbito doméstico, reconciliación con nuestras madres), algo que el patriarcado siempre ha devaluado y ninguneado, supone un ejercicio de subversión y honestidad cuyos pasos podremos seguir cada vez con menos dificultad.

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