Helheim, Puertas del abismo

Capítulo 4: La huida

POR MAITE MOSCONI

Lee Helheim #3: El juicio aquí.


El incesante goteo le hizo fruncir el ceño.
Aquel maldito tintineo la espabiló y la obligó a despejarse del apacible sueño.
Sentía el cuerpo molido.
La sola idea de parpadear se le antojó una labor fastidiosa, pero el ansia por saber dónde se encontraba fue mayor que las ganas de descansar, así que abrió los ojos.
Pudo apreciar que la habitación era amplia y luminosa, con dos hileras de camas vacías y sábanas blancas e impolutas. El techo abovedado sobre un claristorio de ventanales y paredes altas estaba decorado con vidrieras que representaban figuras de caballería y vasallaje. El rojo predominaba en el rosetón de la ventana que había frente a su litera y, alrededor de esta, la figura se adornaba con círculos más pequeños que rodeaban escenas épicas de alguna batalla digna de mención.
La reminiscencia la invadió.
De repente, las imágenes acudieron a su memoria y se sucedieron una tras otra, de forma consecutiva, como instantáneas de una mala película impregnadas de un amargo que le perforaron el pecho y el corazón.
La explosión, la celda, el juicio. La revelación del anciano. Sus padres, su hermano, el sufrimiento y el dolor.
Cada una de ellas arrastró consigo un sabor, un olor particular, una emoción que la instó a coger aire y a agarrarse con fuerza al camastro, y que convirtió cada vivencia en un recuerdo único y nefasto que quedaría grabado para siempre en su mente.
Por eso a Syn le era imposible olvidar.
Se irguió a pesar de sus fantasmas. En algún momento, se había desmayado y la habían trasladado aquí.
Ahora le costaba horrores sentarse en la cama y se concedió unos segundos para examinarse a sí misma.
Vestía un pijama de hospital que no lograba ocultar los moretones en sus piernas y en sus brazos, y supuso que también en su vientre y en su cara.
Debía irse de allí. Cuanto antes. Y agarró las vías que la unían a la bolsa de suero y tiró de ellas para arrancárselas del brazo.
Bajó los pies. Al notar la losa fría del suelo, se encogió. Cuando se acostumbró a ella, empezó a renquear, arrastrándose hacia la puerta.
El pasillo estaba en silencio, pero puso especial precaución.
Un pitido agudo latió en su sien y se mordió el labio para contener un gemido mientras avanzaba a tientas por él.
Le dio la impresión de que estaba en un edificio rehabilitado y el olor a incienso se adentró por sus fosas nasales, como si fuera una esencia nostálgica que se entremezclaba con su aprensión.
Al final del corredor, vislumbró una luz.
Se dirigió hacia allí mientras recitaba una plegaria a los dioses en su afán de que aquella fuera una vía de escape hacia su libertad.
Pero al cruzar la compuerta, maldijo para sus adentros.
Tras ella había un nuevo habitáculo, una sala llena de objetos raros y particulares que Syn no reconoció.
Con extrañeza, accedió al interior.
Había enormes láminas rectangulares colgando a lo largo de toda la estancia. Estaban realizadas con pintura sobre lienzo y Syn las observó con fascinación.
En una se mostraba a una mujer desnuda sobre una concha gigante. En otra, el líder de un ejército hacía entrega de un objeto al cabecilla del bando contrario en señal de rendición. En una tercera se perfilaba la figura de un hombre que, de espaldas y subido a una roca, admiraba la inmensidad del mar.
Los detalles de los personajes, así como el de los paisajes, dejaron a la muchacha verdaderamente asombrada. Pero el que sin duda le resultó más inquietante fue el retrato de una mujer que, mientras deambulaba por el salón, Syn habría jurado que la perseguía con la mirada.
El lugar también contaba con una chimenea y estanterías repletas con cuadernos de diferentes tamaños y tonalidades.
Syn eligió uno con interés. En sus hojas se dibujaban líneas y líneas de garabatos sin lógica aparente, pero de trazo tan definido y elegante que intrigaron a la muchacha. Con delicadeza, pasó la yema de los dedos por encima de ellas mientras un nuevo y dulce sabor inundaba su boca.
¿Acaso entre esas páginas se guardaría algún misterio o secreto?
Escuchó un ruido y, con el alma encogida en un puño, dejó el cuaderno en su sitio y corrió hacia la chimenea para coger el atizador.
Blandió la barra en el aire y esperó.
Los minutos se suspendieron de manera angustiosa, pero nadie entró. Cuando consiguió calmar los latidos galopantes de su pecho, con el arma en la mano, por si acaso, fue hacia la esquina del salón.
Se topó con una mesa de caoba sobre la que reposaban varios utensilios de trabajo y, detrás de esta, contra la pared, Syn descubrió un viejo y raído mapa.
Tras un momento de estudio, sacudió la cabeza e hizo un gesto de incredulidad.
No era actual, pero se asemejaba bastante al terreno, pues en él aparecía también la región de Tuskai. Pero, en torno a ella, en la cartografía se exhibían otros territorios que, para Syn y su mundo, ¡simplemente no existían! ¿Cómo era eso posible?
—Dicen que, antes de que las Nieves asolaran Midgard, el planeta era así.
La joven se giró sobrecogida hacia la persona a quien pertenecía esa voz.
La mirada verde de su raptor relució al posarse sobre ella y el olor a vainilla la invadió.
Un escalofrío de anticipación y temor incontrolable recorrió el cuerpo de Syn, que levantó la vara en señal de defensa.
—Eso es imposible —objetó ella, a pesar del miedo—. Nadie tiene conocimiento de lo que pasó en ese tiempo.
Markku, se acordó ella de que ese era su nombre, entrecerró los ojos, midiéndola, antes de contestar.
—Nosotros sí lo sabemos —dijo él con altivez, acompañando su comentario con un breve ademán, para señalar lo que había en torno a ellos—. Estos son algunos de los objetos que rescatamos de la Era anterior.
Su afirmación dejó traspuesta a Syn, que entreabrió los labios con sorpresa.
Él anduvo entonces hacia ella, irradiando seguridad en cada zancada.
La joven se obligó a reaccionar y retrocedió; sin apartar la vista de su secuestrador, se movió con sigilo, haciendo un medio círculo para tratar de alcanzar la segunda puerta que se encontraba en el otro lado de la sala.
—No lo hagas —advirtió él, adivinando sus intenciones.
—Pues tú no te acerques —lo retó ella, deteniéndose para empuñar la barra.
Markku se paró también, manteniendo la distancia que ella marcaba con el atizador.
—No te vayas —exigió él.
—Pues no intentes atraparme —sus palabras también sonaron amenazantes.
Syn contuvo el aliento y observó la puerta. Luego a su secuestrador. De nuevo la salida y después a él otra vez.
Markku extendió un brazo entre ellos, para atraparla, pero la joven se alejó de sus garras.
—Debes quedarte —subrayó él.
—No me obligarás a permanecer aquí —solicitó Syn, deseosa de mostrarse tranquila; pero ya no soportó tanta pelea, tanta lucha por su supervivencia y explotó, al borde de las lágrimas—: ¡Yo no hice nada!
Se aventuró hacia la salida. Estaba muy cerca, así que se apresuró a esquivarlo, aceleró todo lo que sus fatigadas piernas le permitieron y corrió para llegar afuera.
Pero justo cuando estaba a punto de conseguirlo, cuando le faltaba poco para cruzar el umbral y largarse, de repente alguien se interpuso entre ella y su huida.
La joven ahogó un grito cuando la menta fresca se introdujo por su nariz y le atravesó los pulmones como si fuera hielo.
Era él, su torturador, y al darse cuenta, se sacudió con espanto.
—¡Markku, detenla! —oyó que ordenaba la bestia de Jostein, con un horrible siseo, pretendiendo darle alcance.
—¡No! —profirió ella con evidente repugnancia, escapando por los pelos y balanceando el hierro frente él. Luego, gritó—: ¡Quiero irme de aquí, alejarme de vosotros, de ti!
Después se giró hacia su secuestrador y añadió:
—Y también de ti.
Markku la fulminó con la mirada. Le había molestado su comentario. O así lo sintió en la piel, en el aire que los envolvía. Pero no le importó.
—No puedes irte —expuso Jostein con un tono que buscaba apaciguar sus planes de fuga—. Este es tu mundo.
—¡No lo es! —exclamó con rabia y desesperación.
Jostein, en esta ocasión y para su desconcierto, mostró ternura y amabilidad en su expresión. Puede que incluso… ¿culpabilidad?
—Este es el sitio al que perteneces —le dijo.
Pero Syn no se dejó convencer.
—¡Cállate! —exigió ella, negándose a ceder. Cambió su peso de un pie a otro para aguantar el impulso de levantar la vara y lanzársela a la cabeza.
Su verdugo se humedeció los labios.
—Debes quedarte. Hay algo importante que te ata a este sitio.
—¡No voy a escucharte! —gritó, negándose a prestarle atención.
Jostein tragó saliva, con recelo, como si estuviera eligiendo sus palabras con precaución y, cuando volvió a hablar, le tembló la voz.
—Corey Einar era mi hermano.
El tiempo se detuvo de pronto para Syn. El pánico se apoderó de la joven y el arma bailó entre sus manos.
No, pensó con espanto. Eso no era cierto. ¡No lo era!
—¡Mientes! —apostilló con rabia, y vociferó—: ¡Estás mintiendo!
Pero Markku se posicionó a su lado como si fuera el perfecto reflejo de la compasión.
Jostein se adelantó un paso hacia ella. Y otro más. Su rostro ya no era amenazante, sino cordial. Lanzó un hondo suspiro y aspiró por la nariz antes de añadir en un lánguido susurro:
—Yo soy tu tío.
El arma resbaló de entre los dedos de la joven y rebotó contra la superficie.
Regresó la presión, el vacío en su interior. Y mientras su ánimo se desvanecía, mientras su espíritu se rompía, Syn se apoyó contra la pared y se dejó caer al suelo.

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