·Título: Desierto sonoro
·Autora: Valeria Luiselli
·Traducción: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli
·Género: ficción
·Fecha: septiembre de 2019
·Editorial: Sexto Piso
·Páginas: 464 páginas
·Cómprala aquí
[Valoración: Imprescindible]

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Mapas, cajas, niños perdidos y una familia que se viene abajo

Una familia en su road movie particular atravesando la Apachería canta a voz en grito Space Oddity, de David Bowie, conscientes ya de que habrá un final, mientras al fondo, en alguna parte, miles de niños mueren intentando cruzar la frontera. Algo así diría si tuviera que condensar todo lo que ha supuesto la lectura de Desierto sonoro (Sexto Piso), de Valeria Luiselli, además de alabarla una y otra vez por ser una obra tan magnánima y total. Cualquier cosa que pudiera escribir sobre este libro sería insuficiente, hasta si intentara explicar cómo sacude por dentro a nivel privado y público.


Algunas noches nos poníamos a estudiar el mapa inmenso entre los cuatro, decidiendo las rutas que seguiríamos, ignorando con cierto éxito el hecho de que esas rutas desembocaban, tal vez, en algún momento, en nuestra disolución como familia.


Y es que Desierto sonoro pone en primer plano el problema migratorio internacional, aunque entre sus páginas preste especial atención al existente entre Estados Unidos y Latinoamérica, de una manera tan literariamente bella como dolorosa e, incluso, da un paso más allá: hace que se convierta en nuestro propio drama personal. Ahora somos nosotras esas niñas perdidas atravesando el desierto para cruzar la frontera, suplicando que no nos cojan y nos repatríen en un avión sin poder tener derecho a un abogado. Semejante hazaña solo está reservada a las grandes narradoras que, como ella, saben condensar muchas historias que suceden paralelamente en un puñado de fotogramas.


Al escucharlos ahora, de pronto comprendo que son ellos quienes cuentan la historia de los niños perdidos. La han venido contando desde el principio, una y otra vez, en el asiento trasero del coche, durante las últimas tres semanas […]. Ahora me doy cuenta, quizá demasiado tarde, de que los juegos y las representaciones de mis hijos en el asiento de atrás tal vez sean la única manera de contar realmente la historia de los niños perdidos, una historia sobre los niños que desaparecieron en su viaje hacia el norte. Tal vez sus voces sean las única forma de registrar las huellas sonoras, los ecos que los niños perdidos han dejado a su paso.


Luiselli parte del universo cotidiano y conocido de la familia, siempre lleno de vínculos y arañazos más importantes de lo que parecen a simple vista, para ir engarzando fragmentos de Elegías para los niños perdidos, una historia secundaria que acaba fundiéndose con la principal para que al final solo queden cadáveres, ecos y el recuerdo vivaz de la infancia compartida. Para ello se vale de una estructura sólida y de su maestría técnica: busca emular aquello que Virginia Woolf logró con La señora Dalloway de cambiar el punto de vista narrativo a través de un objeto o intercambio de miradas. Así pasamos en la lectura de una voz femenina en primera persona a la de un niño, también en primera persona, sin ocultar las fuentes y referencias bibliográficas, pues Luiselli entiende la intertextualidad como método compositivo. La propia autora lo explica al citar las fuentes:

Desierto sonoro es, en parte, el resultado de un diálogo con distintos textos, así como con otras fuentes no textuales. En otras palabras, las referencias a las fuentes […] funcionan como marcadores interlineales que apuntan a la conversación polifónica que el libro mantiene con otras obras.


Pese a la complejidad formal y narrativa, en esta obra no hay artificio: cada elemento, cada giro, tiene una razón de ser que queda explícita de manera conjunta al final de la novela. En sí, Desierto sonoro son muchas novelas y todas son buenas y funcionan juntas a la perfección. Al final, Luiselli no está sino apuntando a los grandes ítems de nuestro tiempo: la problemática de los refugiados y el cruce de fronteras y el desmantelamiento de la familia y los vínculos que esta conlleva, prestando especial importancia a la relación entre hermanos.


Sé que he comenzado a distanciarme, yo también. Me alejo del núcleo familiar, del centro gravitacional que alguna vez mantuvo en órbita mi vida. Voy sentada en esta caja de hojalata, alejándome de mi hija, de mi hijo. Soy su Major Tom. Y ellos son mi Ground Control y se alejan a su vez de mí, No estoy segura de qué papel juega mi esposo en esta canción. Va callado, retraído. Persiste en su tarea, al volante.


Este aterrizaje temático tan actual es lo que hace que su obra nos sacuda por dentro de mil maneras diferentes y siempre apelando a la empatía, a lo que también contribuye el elaborado perfil de los personajes, que huyen de los roles tradicionales. Ponerse en el lugar del otro no es solo un giro narrativo, sino un intencionado cambio de perspectiva para comprender y recordar. El tono ligero de sus primeras páginas (que nos recuerdan a la película París, Texas y a tantas figuras del mundo de la música —probablemente las mejores de todos los tiempos—) da paso a un ritmo progresivamente más trepidante, con el corazón encogido.

Además, Desierto sonoro atesora entre sus páginas un codiciado tesoro: múltiples reflexiones sobre la condición de “archivo” y la acción de “documentar”, decenas de grandes lecturas y un archivo fotográfico de la autora que llama a la sonrisa y a las lágrimas al mismo tiempo. Sí, Desierto sonoro es un tesoro: una gran obra maestra que marcará un hito en el panorama narrativo de nuestro tiempo. Necesitamos novelas como esta, capaces de aunar la denuncia social con el relato intimista.

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