[Título: Cosas que no quiero saber]
Autora: Deborah Levy
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Género: autobiografía
Fecha: mayo de 2019
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 136
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[Valoración: Bien, bien]

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¿Cómo narrar lo que nos duele recordar?

¿Qué hacemos con los conocimientos con los que no soportamos vivir? ¿Qué hacemos con las cosas que no queremos saber?
No sabía cómo sacar mi trabajo, mi escritura, al mundo. No sabía cómo abrir una naranja. En todo caso, la ventana se había cerrado como un hacha en mi lengua. Si mi realidad iba a ser así, no sabía qué hacer con ella.


Devorah Levy, laureada novelista, dramaturga y poeta británica, se propone con Cosas que no quiero saber (Literatura Random House, 2019) emprender una “autobiografía en construcción”. Este es el primer volumen, porque la concibe como un tríptico. El segundo volumen, El coste de vivir, ya se encuentra disponible y próximamente se cerrará con un último volumen. Pero, ¿cómo dar cuenta de aquello que no queremos nombrar porque duele? ¿Cómo componer unas memorias sin regresar a “lugares que no quería revisitar”? Levy ha emprendido un proceso difícil y probablemente por eso lo cataloga como “en construcción”: queda a la vista todo el andamiaje.

La autora dice que este tríptico surge como respuesta al ensayo Por qué escribo, de George Orwell, aunque desde la condición femenina, pero Levy interpela mucho más a Virginia Woolf y su Una habitación propia a lo largo de este primer volumen. A menudo salpica su narración con fragmentos de esta y también apela a Adrienne Rich y a Julia Kristeva para abordar el tema de la maternidad. Sí, Cosas que no quiero saber refleja la vida desde la condición de ser mujer, pero no es el rasgo que más destacaría de esta obra como muchos críticos han hecho. Me parece que el fondo está mucho más allá y que en él somos capaces de identificarnos muchas en la actualidad: cuando nos tomamos unos segundos y reflexionamos, advertimos que nuestra vida no nos gusta y que no sabemos qué hacer con ella.

Con un carácter fragmentario, las “memorias” de Levy son incómodas, porque recogen los momentos más bajos, la vergüenza y todo aquello que duele: los recuerdos (“No quiero saber nada del resto de recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos”). Este libro es un compendio de retazos de vida de orden impreciso llenos de pensamientos y emociones. Apenas un pequeño detalle devuelve a la autora a un lugar en el paso, uno del que no quiere saber. Quizás porque todas en parte compartimos este sentimiento no nos importe que la lectura del libro genere cierta confusión. No se trata de uno de esos libros que enganchan y quieres devorar porque continuamente te sitúa en un lugar incómodo, que es el de Levy pero también un poco el tuyo.

De ahí que la pérdida y la tristeza sean las emociones que embriagan estas páginas y que la metáfora de las escaleras mecánicas (lo de metáfora es un decir por desdramatizar…) sea tan acertada para marcar el comienzo y por eso vuelve a ella para cerrar este primer volumen, en el que las últimas páginas resultan las más contundentes.


Aquella primavera en la que la vida se hacía cuesta arriba y yo andaba peleada con mi suerte y sencillamente no veía dónde ir, lloraba sobre todo en las escaleras mecánicas de las estaciones ferroviarias.


De todos modos, estaba triste, mucho más de lo que mostraban las frases que escribía. Era una chica triste que interpreta a una chica triste.


También subyace una crítica social a lo que Levy denomina “neopatriarcado del siglo veintiuno”: “Se nos exigía ser pasivas pero ambiciosas, maternales pero eróticamente enérgicas, abnegadas pero realizadas: teníamos que ser Mujeres Modernas Fuertes al tiempo que vivíamos sometidas a todo tipo de humillaciones, tanto económicas como domésticas. Si bien nos sentíamos culpables por todo casi todo el tiempo, no estábamos seguras de qué habíamos hecho mal”.

Sin duda, toda mujer del siglo XXI respaldaría semejante observación. Y es que Levy explora en el comienzo de este libro la condición de “ser mujer” a través de la reflexión sobre lo escrito por maestras como Marguerite Duras o Simone de Beauvoir (“A mí el ego de Duras, que tanto le costó ganarse, me habla todas las estaciones del año”, “El barrio residencial de la feminidad no es un lugar para vivir”) y, como Levy recoge, continuaría sintiéndose insegura, como todas las mujeres que nos han precedido a lo largo de los siglos.


No alcanzaba a oírla, pero sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él.


Para convertirme en escritora tenía que aprender a interrumpir, a hablar en voz alta, a elevar un poco la voz y luego un poco más, y luego hablar sencillamente con mi voz, que no es para nada fuerte.


Ese empoderamiento pendiente está directamente relacionado con la tristeza que inunda a Levy y a nosotras la mayor parte del tiempo. Se nos exige demasiado, nuestras vidas son precarias, hasta nuestra humanidad se ha vuelto precaria. Habrá que esperar a leer El coste de vivir para seguir encontrándonos con más interrogantes que respuestas en esta autobiografía desordenada llena de andamios y cinta de embalar.

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